Match Perfecto

Capítulo 3

Capítulo 3 – El reencuentro

La conversación virtual había terminado con una nota inesperadamente cálida.

—Quizás algún día nos veamos, aunque no lo creas.

Braulio Montclair —alias MontBlaze— leyó aquella frase con el ceño apenas fruncido. El estudio olía a madera encerada y a whisky reciente; el hielo, ya derretido, había dejado un anillo húmedo sobre el escritorio. Cerró la aplicación sin borrar la cuenta. No quiso admitir que la frase le había dejado una vibración incómoda en el pecho, como una nota sostenida demasiado tiempo.

“Ni en un millón de años”, pensó. Pero el pensamiento no tenía convicción.

Días después, el destino decidió reírse.

El salón principal de la mansión Montclair brillaba bajo las lámparas de cristal. El aroma a flores blancas se mezclaba con el perfume denso de las velas y el leve olor metálico de la cubertería recién pulida. Todo estaba dispuesto para una cena formal. Los padres de Braulio habían organizado un encuentro con la familia di Rossa, reforzando la alianza comercial que los unía desde generaciones.

Y sellando, de paso, un compromiso no del todo consultado.

Cuando Valentina di Rossa cruzó el umbral, el sonido de sus tacones sobre el mármol resonó con una seguridad medida. Braulio levantó la vista por pura cortesía automática… y se quedó un segundo más de lo previsto.

Ella ya no era la joven altiva que recordaba. El vestido oscuro delineaba su figura con elegancia precisa; su postura era recta, su mirada firme. Y cuando sonrió —apenas, lo justo—, el gesto tuvo filo.

Ha aprendido a usar su belleza como un arma”, pensó él, sintiendo una mezcla irritante de admiración y fastidio. “Y le queda bien.”

Valentina también lo evaluó en silencio. El traje impecable, el nudo perfecto de la corbata, la seguridad con la que ocupaba el espacio. Había madurado. Se notaba en la forma en que sostenía la mirada, en la calma casi calculada de sus movimientos.

“Ahora parece un príncipe de hierro”, se dijo. “Y sigue sin caerme bien.”

Sus padres hablaban animadamente de negocios, inversiones, expansión internacional. Las risas adultas llenaban el aire como si todo estuviera decidido desde hacía décadas.

Para ellos, aquella noche era una celebración.

Para Valentina y Braulio, era una tregua obligada.

—Hola, Braulio —saludó ella con una sonrisa diplomática que no alcanzó sus ojos.

Hola, arrogante insoportable”, pensó al mismo tiempo.

Braulio respondió con un beso protocolario en la mejilla. La piel de ella estaba fría y olía a un perfume sutil, con notas especiadas.

—Hola, Valentina. Qué gusto verte.

“Mentira. Hoy será una noche eterna, gracias a ti”.

Ella sostuvo la sonrisa.

—Por favor. Tú y yo sabemos que podemos sentir cualquier cosa menos gusto.

La frase salió suave, casi dulce. El contraste era delicioso.

Él alzó apenas una ceja.

—Vaya, sigues igual de agria como siempre.

Y peligrosamente atractiva cuando atacas”, pensó, molesto consigo mismo.

—Y tú, igual de arrogante.

“Y molesto. Y seguro. Y… malditamente interesante.”

La tensión se instaló entre ellos como electricidad estática. Sonrieron hacia afuera. Se apuñalaron con cortesía.

El padre de Braulio interrumpió el intercambio con voz entusiasta.

—¡Muchachos! Vengan, necesitamos una foto familiar.

Braulio se inclinó apenas hacia Valentina mientras caminaban juntos. El roce de sus hombros fue mínimo, pero suficiente para que ambos lo notaran.

—Te sugiero que cambies esa cara de rottweiler —murmuró él, con una sonrisa perfecta hacia los invitados—. Recuerda que somos los payasos de este circo.

Valentina mantuvo la vista al frente, labios impecables.

—Cómo olvidarlo, cosita.

“Si me obligan a casarme contigo, pediré cláusula de alejamiento.”

Se colocaron uno al lado del otro para la fotografía. El fotógrafo pidió que se acercaran más.

Más.

Un poco más.

El brazo de Braulio rodeó la cintura de Valentina. La tela del vestido era suave; debajo, la tensión de sus músculos era evidente.

“Ni se te ocurra disfrutar esto”, se dijo ella.

“Ni se te ocurra notar que huele increíble”, se ordenó él.

—Sonrían —pidió el fotógrafo.

Ambos mostraron la versión más impecable de sí mismos.

Flash.

Durante la cena, compartieron mesa. Las copas tintineaban, el vino tenía un aroma profundo y afrutado. Las conversaciones de negocios flotaban por encima como un telón de fondo constante.




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