Capítulo 4 – Refugio en la pantalla
La cena había terminado entre copas alzadas y sonrisas tan tensas que dolían en las mejillas. El último brindis aún parecía vibrar en el aire perfumado de la mansión, mezclado con el aroma dulce del postre y el vino añejo. Los padres estaban satisfechos; hablaban de “futuro”, “alianza”, “estabilidad” con ese brillo ambicioso en los ojos. Satisfechos, convencidos de que el compromiso entre los Montclair y los di Rossa era una jugada maestra.
Braulio Montclair y Valentina di Rossa, en cambio, se retiraron con un peso invisible en el pecho.
Caminaron juntos hacia la terraza para despedir a los últimos invitados. El mármol frío bajo los zapatos, la brisa nocturna levantando apenas el cabello de Valentina, el murmullo lejano de la ciudad.
—Fue una velada encantadora —dijo Braulio en voz alta, impecable, mientras ajustaba los gemelos de su camisa.
“Fue un campo minado y casi piso todos”, pensó.
Valentina sostuvo su bolso con elegancia.
—Sí, encantadora —repitió con dulzura estudiada. Nuestros padres deben estar felices.
“Si por encantadora entendemos tortura psicológica”.
Se quedaron solos un instante. Demasiado cerca. El perfume de ella —cálido, con notas especiadas— le rozó la memoria. Él olía a madera y algo más oscuro.
—Deberías practicar tu sonrisa —murmuró Braulio sin mirarla directamente—. A ratos parecía que estabas planeando mi funeral.
Valentina inclinó el rostro hacia él, sonrisa impecable.
—Créeme, si lo estuviera planeando, no lo notarías.
El comentario salió duro. Sus ojos no.
Él soltó una risa breve. Ella también.
“Insufrible.”
Ella pensó lo mismo.
—Qué alivio saber que estoy a salvo… por ahora —dijo él.
“Maldita sea, cuando sonríe así no parece la misma.”
Valentina apartó la mirada hacia el jardín iluminado.
“Ojalá que este hombre insoportable tuviera algún parecido al chico de la app.”
Braulio, observando su perfil recortado contra las luces, pensó:
“Ojalá la mujer que me irrita en la mesa tuviera un ápice del encanto de la que me hace reír detrás de una pantalla.”
Si el destino tuviera un departamento de atención al cliente, ambos habrían presentado una queja formal esa noche.
Minutos después, cada uno estaba en su propio espacio, lejos del teatro familiar.
Braulio se quitó la corbata con un tirón impaciente. El apartamento estaba en silencio; aún flotaba en el aire el olor tenue de su colonia. Se sirvió un poco de agua. Miró el teléfono.
No iba a hacerlo.
Lo hizo.
Abrió la aplicación.
ScarletV estaba en línea.
Sintió algo parecido al alivio.
—Todavía estás aquí —escribió.
En su habitación, Valentina dejaba caer los tacones al suelo. El sonido hueco contra la madera la hizo suspirar. Se soltó el cabello. Se desabrochó los pendientes frente al espejo. El reflejo le devolvía una mujer impecable… y agotada. El teléfono vibró.
MontBlaze.
Y, contra toda lógica, sonrió.
—¿No ibas a irte? —respondió mientras se dejaba caer sobre la cama.
—Lo intenté —contestó él—. Pero tuve una cena familiar que me recordó por qué necesito escapar.
Valentina soltó una risa que le aflojó el pecho.
—Yo también tuve una cena. Y digamos que fue… intensa.
Ambos pensaban en la misma cosa. En la misma tensión. En la misma persona.
Sin saberlo.
—¿Alguien arruinó tu noche? —preguntó él.
Valentina miró el techo blanco.
“El hombre más arrogante que he conocido”, pensó.
—Digamos que sí —escribió—. Hay alguien que tiene el talento especial de sacarme de quicio con solo respirar.
Braulio apoyó la espalda en el sofá.
“Bienvenida al club”, pensó, recordando la mirada afilada de Valentina.
—Te entiendo —respondió—. Yo también conozco a alguien así. Inteligente. Elegante. Y desesperante.
Valentina arqueó una ceja.
—Eso suena específico.
—Créeme, lo es.
Ella sonrió.
—¿La odias?
Braulio dudó un segundo.
“No exactamente”, admitió en silencio.
—No. Es más complicado que eso.
Valentina sintió una pequeña punzada de curiosidad.