Capítulo 5. Conversaciones cruzadas.
Braulio llegó quince minutos tarde a una reunión convocada por él mismo en su propia empresa.
No porque el tráfico estuviera imposible. No porque hubiera olvidado la hora.
Si no, porque estaba terminando una conversación.
MontBlaze.
El mensaje seguía abierto en la pantalla como una confesión imprudente.
“Me caes mejor de lo que debería.”
Lo había enviado hacía treinta segundos. Treinta eternos segundos en los que el pequeño indicador de “en línea” desapareció y volvió como una burla. Se quedó mirando la pantalla como si fuera una bomba a punto de explotar. El aire en su oficina olía a café recién hecho y a la madera pulida del escritorio. Su pulgar rozó el borde del teléfono.
“¿Desde cuándo digo ese tipo de cosas?”, pensó.
Guardó el móvil en el bolsillo interior del saco y salió.
Cuando entró a la sala de juntas, Valentina ya estaba sentada. Perfecta. Impecable. Fría. La luz blanca del techo resaltaba el corte limpio de su traje. Frente a ella, una tablet con gráficos abiertos. En su mano, el teléfono, programando mensajes que debían enviarse en los próximos minutos.
Al verlo, lo dejó bocabajo sobre la mesa con un gesto rápido.
Braulio lo notó. Y le molestó haberlo notado.
—Pensé que la puntualidad era parte de tu encanto empresarial —dijo ella sin levantar la vista del informe. Su voz era seda… con vidrio molido debajo.
“Llegas tarde hasta a tu propia vida”, pensó.
—Pensé que la amabilidad era parte de lema empresarial —respondió él mientras tomaba asiento a su lado. Demasiado cerca. Como exigían las apariencias.
“Y pensé que no me afectaría verte así de bien.”
Ella alzó los ojos. Directos. Oscuros.
—Qué gracioso.
“Qué insoportable.”
El silencio cayó espeso entre ambos. Se escuchaba el zumbido leve del aire acondicionado y el tic casi imperceptible del reloj digital en la pared.
El teléfono de Valentina vibró. Una vez. Breve. Íntimo.
Braulio lo notó.
Odiaba haberlo notado.
Ella intentó ignorarlo. No pudo. Sus dedos, finos y seguros, giraron el teléfono apenas lo suficiente para ver la pantalla iluminada.
MontBlaze.
“¿Sigues ahí o ya te aburrí?”
Su corazón dio un salto pequeño y traicionero.
“Idiota”, pensó. “No me aburres.”
—¿Algo urgente? —preguntó Braulio con tono neutro. Demasiado neutro.
—Nada que te incumba.
“Todo lo que me importa”, quiso decirle.
Él apoyó los codos en la mesa, inclinándose apenas hacia ella. Percibió su perfume: algo cálido, ligeramente especiado.
—Me incumbe todo lo que pueda afectar esta alianza.
—¿Mi teléfono afecta la alianza?
—Depende de quién esté al otro lado.
Ella levantó la barbilla.
—No sabía que eras celoso.
“No sabía que me importaba”, pensó él.
—No lo soy.
Mentía. Y el calor en la mandíbula lo delataba.
Valentina sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario. Luego sonrió con suavidad calculada.
—Es inteligente. Divertido. No intenta decirme qué hacer.
El golpe fue limpio.
Braulio sintió la tensión en los hombros.
“Claro que no intenta decirte qué hacer. Porque no sabe cómo eres.”
—Qué bien por ti —respondió, seco.
El teléfono de él vibró.
Ahora fue el turno de ella de notarlo.
ScarletV.
“Solo estaba pensando si debería huir mientras puedo.”
Braulio no pudo evitar la microsonrisa que le cruzó el rostro. Casi imperceptible.
No para ella.
Valentina sintió una punzada absurda en el estómago.
—¿Una amiga misteriosa? —preguntó con una dulzura que no era dulzura.
“Dime que no te importa”, se retó a sí misma.
—Tal vez.
—Te recomiendo terminar lo que sea que tengas con esa. No toleraré habladurías sobre las aventuras de mi futuro esposo.
La palabra esposo quedó suspendida entre ambos, más pesada que el contrato que los unía.
Braulio ladeó la cabeza.