Capítulo 8– Escondidos a plena vista.
Valentina entró primero a la terraza.
Respiró profundo antes de pedir un trago en la barra, como si el aire pudiera organizarle las ideas.
Escaneó el lugar con calma, casi milimétricamente.
Y entonces lo vio.
La persona que había ido a buscar estaba de espaldas, a unos metros del bar. Frente a él, de pie, con un vaso apoyado sobre la mesa alta… Braulio.
Impecable. Irritantemente atractivo. Concentrado en su teléfono como si el mundo no existiera.
El corazón le dio un vuelco.
No puede ser.
—Genial —murmuró para sí—. El universo tiene un sentido del humor bastante cuestionable.
Se movió instintivamente detrás de una columna decorativa, como si estuviera en una operación encubierta y no en una cita que técnicamente no existía.
Del otro lado de la terraza, Braulio levantó la vista del celular.
Y la vio.
Primero vio el azul con lunares blancos. Su cita, tal como le había dicho.
Salía del salón hacia la terraza.
Pero entonces la vio a ella también. Vestido rojo. Cabello suelto.
Y él no podía hacer nada sin que, al pasar, Valentina lo notara, porque estaba justo en el camino, distraída con el teléfono en la mano. De pronto ella se movió, caminando hacia la terraza contigua. Esa forma de caminar que parecía no pedir permiso para ocupar espacio.
“Me pregunto,¿ qué clase de sal seré? Mi suerte no puede ser peor”
Se quedó congelado medio segundo.
¿Qué demonios hacía ella ahí? ¿Lo estaba siguiendo?
El teléfono vibró en su mano.
Scarlet V:
“Estoy aquí. Pero creo que hay un problema. Mi novio está aquí.”
Braulio casi se atragantó con su propia respiración.
MontBlaze: ¿Te está siguiendo?
ScarletV:
No lo sé. Pero si me ve aquí, hará un drama innecesario.
—Drama innecesario —murmuró, con ironía amarga—. Yo jamás.
El teléfono vibró otra vez.
ScarletV:
Es insoportable. Controlador. Cree que todo gira en torno a él.
Braulio apretó la mandíbula.
El vaso crujió ligeramente bajo sus dedos.
—Fantástico.
Escribió.
MontBlaze:
Entonces claramente no te merece.
Scarlet V:
Lo siento. Creo que será otro día.
La conversación se cerró sin esperar respuesta.
Braulio levantó la vista, recorrió el lugar con cautela. Miró discretamente hacia donde la había visto. Y la imagen fue como un golpe bajo. Un hombre acababa de posar su brazo sobre los hombros de su cita.
“Así o más claro”, pensó con resignación.
El camarero dejó otro trago frente a él.
—Una señorita le invita este trago, a manera de disculpa —dijo con media sonrisa.
Braulio asintió distraído. Cuando levantó la mirada, Valentina estaba frente a él.
—Hola —saludó, dejando su vaso junto al suyo, como si el gesto fuera casual y no estratégicamente calculado—. No sabía que frecuentabas este tipo de lugares.
Braulio sostuvo su mirada apenas un segundo más de lo necesario.
—Hola —respondió, con esa calma que solo usaba cuando estaba a punto de perderla—. Tampoco sabía que salías de tu cueva de vez en cuando.
Ella alzó una ceja.
“Dios, está impresionante. No lo digas. No alimentes su ego.”
Ella sonrió apenas.
—Vine por curiosidad.
“Vine porque iba a conocer a otro hombre y tú arruinaste el plan con solo existir.”
—Interesante —dijo él—. Yo también.
“Yo vine a conocer a una mujer misteriosa y terminé recordando que mi prometida es peligrosamente atractiva.”
El silencio se tensó.
A lo lejos, el hombre de gris —la supuesta cita— salió hacia el interior del salón.
Ninguno de los dos lo notó.
—¿Esperas a alguien? —preguntó ella con tono casual.
"Di que no. Di que sí. No sé cuál prefiero.”
—No exactamente —respondió él.
“Sí. Pero ya no importa.”