Match Perfecto

Capìtulo 12

Capítulo 12

La noche en Argentum se alargó más de lo previsto. Demasiado en la opinión de Valentina, que ya había perdido la cuenta de las copas de vino que había tomado.

No estaba ebria en el sentido escandaloso. No así, pero sí en ese punto entre la ebriedad y la conciencia; donde todo lo que hagas o digas se vuelve más atrevido.

Donde todo se siente más ligero, las ideas pierden filtro y la verdad… la verdad se vuelve tentadora y peligrosa.

—Creo que deberíamos irnos —dijo Braulio en voz baja, inclinándose hacia ella.

Valentina giró lentamente hacia él, sus ojos brillaban y Braulio se sintió por segundos perdido en el mar de sus ojos.

—¿Por qué? —preguntó. ¿Te estás aburriendo?

“Dime que no quieres irte. Dime que quieres quedarte conmigo.”

Braulio la observó un segundo más de lo normal.

Había algo distinto en ella. Era más suelta, más cercana e indiscutiblemente más peligrosa.

—No —respondió hasta donde la calma le permitió—. Pero tú sí deberías parar de tomar.

Valentina miró su copa medio llena.

—Estoy perfectamente bien —respondió con la terquedad del vino andando por sus venas,

Intentó dar un paso y no fue elegante. Se tambaleó hacia un lado; Braulio reaccionó al instante, sujetándola por la cintura antes de que perdiera el equilibrio.

El contacto fue inmediato, firme, cercano. Demasiado cercano para ser fingido.

“Otra vez esto.” Se reprochó ella en silencio, porque lo que sentía no era lo adecuado.

—Sí, claro —murmuró él—. Perfectamente, ¿cómo no?

Valentina alzó la mirada hacia él y por primera vez en toda la noche no fingió.

—No me sueltes —dijo en voz baja.

El aire entre ellos cambió. Braulio no respondió, pero tampoco la soltó.

Que ella le pidiera cuidado estaba lejos de lo pensado. Y sinceramente le agradaba ser su guardián; por esta noche, ante los ojos del mundo, ella le pertenecía.

El trayecto a casa en el auto de Braulio fue silencioso.

Valentina apoyó la cabeza contra la ventana, observando las luces de la ciudad desdibujarse en reflejos dorados.

—Odio estas cosas —murmuró.

—¿Las fiestas? —preguntó Braulio mirándola de reojo.

—Las apariencias.

Odio lo fácil que es fingir contigo”.

Braulio mantuvo la vista al frente.

—Para ser alguien que lo odia, eres bastante buena en eso.

Valentina soltó una pequeña risa.

—Tú también —se quejó ella—. Me gustaría que todo fuera diferente.

—Diferente, ¿cómo?

—No lo sé… —Valentina arrastraba las palabras—. Quizá que fueras…

“otra persona” pero no lo dijo.

—Menos cortante contigo —dijo Braulio terminando la oración.

—Sí eso ayudaría.

El silencio se instaló entre ellos. El tipo de silencio que no incomoda, pero que tampoco deja respirar del todo.

Cuando el auto se detuvo, Valentina dudó al salir del coche.

Miró el edificio, luego a él y nada de lo que veía encajaba.

—¿Este es tu apartamento?

—Sí.

Ella asintió lentamente.

—Claro, tiene sentido, nunca te dije dónde vivo.

“Todo en ti tiene sentido. Eso es lo que me molesta”.

Subieron al ascensor en silencio; el espacio parecía más pequeño de lo normal. O tal vez era la cercanía:

El reflejo en el espejo los mostraba… demasiado juntos. Demasiado íntimos.

—No te acostumbres —murmuró Valentina.

—¿A qué?

—A que te deje cuidarme.

Porque podría empezar a gustarme”.

Braulio giró la cabeza apenas hacia ella.

—Tranquila, hoy es una excepción.

“Miento, ya me está gustando.

La puerta del ascensor se abrió justo frente a la puerta del apartamento de Braulio.

El apartamento era sobrio, elegante… y silencioso.

Valentina caminó unos pasos, observando aquí y allá.

—Es muy… tú —anotó.

—¿Eso es bueno o es malo?

Ella se encogió de hombros.

—Aún no decido.

Se quitó los zapatos con torpeza. Braulio la observaba, demasiado atento.

—Deberías descansar.




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