Match Point

Capítulo 2: El ultimátum.

La Espera Hostil

El gimnasio privado de Arturo no era un lugar para el bienestar; era un santuario clínico de alta tecnología. Paredes de hormigón visto, espejos que cubrían cada ángulo muerto y una iluminación LED blanca que no permitía esconder ninguna imperfección.

A las 7:52 AM, el aire ya era denso, cargado con el olor metálico del magnesio y el calor irradiado por un cuerpo llevado al límite.

Arturo estaba sin camiseta, con los pies descalzos hundidos en el suelo de goma técnica. El sudor le trazaba caminos brillantes por el pecho y los abdominales, resaltando cada fibra muscular como un mapa de anatomía en tensión.

Estaba concentrado en una serie de sentadillas búlgaras con una mancuerna pesada. Cada vez que bajaba, el mundo se reducía al temblor de su cuádriceps y al crujido casi inaudible de su rodilla derecha, donde una cicatriz fina y pálida cruzaba la articulación como un recordatorio de su mortalidad.

—Uno más —gruñó, con los dientes apretados.

Quería que, cuando ella entrara, se encontrara con el atleta, no con el paciente. Quería que Elena Vega recordara que, aunque él estuviera herido, seguía siendo un depredador en su territorio.

En la última repetición, el tendón le falló. No fue un colapso, sino un desplazamiento milimétrico que envió una descarga eléctrica directo a su columna. Arturo soltó un rugido ahogado y soltó la pesa.

El impacto del acero contra el suelo acolchado retumbó en la sala vacía como un disparo.

Se quedó doblado, con las manos en las rodillas y el pelo pegado a la frente por el sudor. Jadeaba, sintiendo el sabor del hierro en la garganta. Odiaba lo que el espejo le devolvía: un hombre de treinta y dos años luchando contra su propia decadencia.

Con un gesto brusco, agarró una toalla y se frotó la cara, tratando de borrar la evidencia de su dolor.

Miró el reloj digital en la pared. 7:58 AM.

Se obligó a erguirse, controlando el espasmo de su pierna con una disciplina puramente mental. Se sentó en un banco de pesas, adoptando una postura de indiferencia estudiada, con los codos apoyados en las rodillas.

Había pasado la noche imaginando a una mujer oportunista, alguien que intentaría usar su nombre para limpiar el barro de su propia reputación.

Estaba listo para despedirla antes de que cruzara el umbral. Estaba listo para el desprecio. Pero mientras clavaba la vista en la puerta de cristal, Arturo no podía ignorar que su pulso se aceleraba por un motivo que no tenía nada que ver con el ejercicio.

La Entrada

A las 8:00 en punto, la puerta de cristal esmerilado se deslizó con un zumbido neumático. Arturo no se movió; mantuvo la vista fija en sus propios nudillos, esperando que Sergio entrara primero para hacer el teatro de las presentaciones.

No fue así.

Unos pasos rápidos, rítmicos y decididos —el sonido seco de suela técnica contra el suelo de goma— marcaron una cadencia que no pedía permiso. Arturo levantó la cabeza, con una frase cáustica ya en los labios, pero el aire se le quedó trabado en los pulmones.

Elena Vega no era la figura derrotada que él recordaba de los tabloides. Vestía mallas de compresión negras y una sudadera técnica gris grafito que delineaba un cuerpo tan fibroso y preparado como el suyo.

Llevaba el pelo recogido en una coleta tan tirante que acentuaba sus pómulos afilados y una mandíbula que parecía diseñada para aguantar impactos.

Ella no lo saludó. Ni siquiera le sostuvo la mirada al principio. Se detuvo a dos metros, cruzando los brazos, y clavó su vista analítica directamente en su rodilla derecha, donde la piel aún estaba irritada por el frío del gel.

—Estás compensando el ángulo de carga con el psoas izquierdo para proteger el rotuliano —soltó ella. Su voz era clara, gélida y carente de la más mínima pizca de admiración—. Si sigues haciendo esas sentadillas con ese peso, te vas a romper la cadera antes de aterrizar en París. Es biomecánica básica, Valente. No sé qué clase de aficionados te han estado entrenando.

Arturo sintió un calor punzante subirle por el cuello. Se puso de pie con una lentitud amenazante, usando sus casi diecinueve centímetros de ventaja física para proyectar una sombra sobre ella.

—No recuerdo haberte dado permiso para evaluar mi técnica, Vega —dijo él, su voz vibrando con una advertencia peligrosa.

—No necesito tu permiso para ver lo obvio —respondió ella, levantando por fin la mirada. Sus ojos eran oscuros, inteligentes y tan profundos que Arturo sintió una sacudida de irritación pura—. Sergio me paga para que te arregle, no para que admire tus vitrinas. Tus trofeos no van a regenerar tu cartílago.

Sergio entró en ese momento, con las manos alzadas en un gesto de paz que nadie pidió.
—Arturo, veo que ya has conocido a Elena...

—He conocido a una mujer que entra en mi gimnasio a dar lecciones que no he pedido —le cortó Arturo, sin apartar la vista de ella—. No me importa lo que te haya prometido, Sergio. No voy a dejar que alguien con su... reputación toque mi carrera. El tenis es un juego de caballeros, y ella perdió ese título hace mucho tiempo.



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En el texto hay: thriller, amor, deporte

Editado: 16.05.2026

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