Territorio Neutral
A las 4:55 AM, Madrid era un esqueleto de luces amarillas y un frío que se colaba por las costuras de la chaqueta técnica de Arturo. El GPS lo había guiado hasta un club municipal en las afueras, un lugar que olía a pino húmedo y a caucho viejo.
No había recepción de mármol ni fuentes de agua ionizada. Solo una verja de metal que chirrió al abrirse y el eco de sus propios pasos sobre el pavimento agrietado.
Arturo llegó a la pista secundaria con la mandíbula tensa, esperando ser el primero. Quería saborear esos minutos de superioridad, obligarla a ella a entrar en su espera. Pero se detuvo en seco al borde de la alambrada.
Elena ya estaba allí.
Bajo los focos mortecinos de la cancha, ella parecía una sombra eléctrica. Llevaba una sudadera con capucha que le ocultaba parte del rostro, pero Arturo pudo ver el vaho de su respiración saliendo rítmicamente.
No estaba sentada esperando; estaba de rodillas en la arcilla, marcando zonas específicas con cinta adhesiva de colores fosforescentes. Había un canasto de pelotas a su lado, viejas y desgastadas, muy lejos de las latas presurizadas que Arturo abría cada mañana.
—Llegas tarde, Valente —dijo ella sin levantarse. Su voz cortó el aire frío como un bisturí—. Te quedan cuatro minutos de ventaja. Aprovéchalos para calentar si no quieres que tu rodilla explote en el primer saque.
Arturo apretó el asa de su bolsa de raquetas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Entró en la pista, y el sonido de sus zapatillas sobre la tierra batida sonó demasiado fuerte, demasiado intrusivo.
—Este lugar es una ruina, Vega —soltó él, mirando con desprecio la red ligeramente destensada—. Mis articulaciones necesitan una superficie estable, no este descampado. Sergio me dijo que eras una profesional, no una monitora de campamento de verano.
Elena se puso en pie con una lentitud deliberada. Se bajó la capucha, dejando ver esa coleta tirante que parecía tirar de sus facciones hacia una expresión de absoluta disciplina.
—Tus articulaciones necesitan dejar de ser mimadas, Arturo. En Roland Garros la tierra no es perfecta; está viva, se mueve, se ensucia. —Caminó hacia el centro de la pista, ignorando el aura de hostilidad que él proyectaba—. En tu gimnasio de un millón de euros, eres un cliente. Aquí, eres un superviviente. Y por ahora, vas perdiendo la batalla.
Se quedaron frente a frente en la penumbra. El frío de la madrugada parecía congelar la tensión entre ellos. Arturo la observó: no había ni un rastro de maquillaje, solo una determinación cruda que lo hacía sentir extrañamente expuesto.
Ella no estaba allí para admirar su servicio; estaba allí para diseccionarlo.
—Saca las raquetas —ordenó ella, señalando el fondo de la pista—. Vamos a ver si todavía queda algo de ese "Rey" debajo de tanta capa de orgullo.
El Desafío del Ego
Arturo dejó caer su raquetero sobre el banco de madera desconchado con un golpe seco que hizo saltar astillas.
El frío de la madrugada le mordía los huesos, pero el calor que emanaba de Elena —una mezcla de desafío y control absoluto— le irritaba más que los cinco grados bajo cero.
—He sacado contra los mejores restadores del mundo, Vega —dijo Arturo, acercándose a la red hasta que el cordaje de nailon fue lo único que los separó—. No necesito cintas de colores en el suelo para saber dónde poner la bola. Esto parece una clase de iniciación para infantiles.
Elena no se inmutó. Estaba rebotando una pelota contra el suelo de arcilla, un sonido rítmico y hueco que parecía marcar los latidos del pulso de Arturo. Tac. Tac. Tac.
—Los mejores restadores del mundo juegan contra tu técnica, Arturo. Yo juego contra tu cabeza —respondió ella sin levantar la vista de la pelota—. Sergio dice que tu saque es un arma. Yo creo que es un escudo. Te escondes detrás de la potencia porque te aterra que, si el punto se alarga, tu rodilla te traicione delante de miles de personas.
Arturo tensó la mandíbula, sus facciones endureciéndose bajo la luz mortecina de los focos. La mención de su miedo fue un golpe bajo, preciso y doloroso.
—¿Quieres ver potencia? Pruébame.
Elena atrapó la pelota con una mano y se giró hacia él. Sus ojos oscuros, casi negros bajo la sombra de la red, brillaron con una determinación depredadora.
—Hagámoslo interesante. Si tanto confías en tu "arma", apostemos.
Caminó hacia el lado opuesto de la pista, cruzando la línea de fondo con una elegancia atlética que Arturo no pudo ignorar.
Se colocó en posición de resto, las piernas flexionadas y el centro de gravedad bajo, lista para explotar hacia cualquier dirección.
—Tres saques, Valente. Tu mejor repertorio. Si logro devolverte tres servicios seguidos dentro de esas marcas fosforescentes, firmas mi contrato de exclusividad. Te sometes a mi disciplina sin una sola queja, sin peros y, sobre todo, sin ese ego que te está asfixiando el juego.
Arturo soltó una carcajada cargada de incredulidad. —¿Y si fallas uno solo?
—Entonces desaparezco —dijo ella con una frialdad que helaba más que la escarcha del suelo—. Le diré a tu manager que el problema soy yo, que no tengo la capacidad de entrenar a una "leyenda". Te libras de mi contrato gratis y puedes seguir hundiéndote solo con tu orgullo intacto.