El Despojo
La casa de entrenamiento de Elena no era un refugio; era un monasterio de hormigón, cristal y disciplina austera incrustado en la sierra madrileña. Arturo llegó a las seis de la mañana, con el maletero de su coche cargado de maletas de marca y un humor que vibraba con la misma intensidad que el motor del vehículo.
El aire de la montaña, a esa hora, era un cuchillo helado que cortaba cualquier rastro de su habitual arrogancia.
Elena lo esperaba en el umbral, recortada contra la luz tenue del recibidor. Vestía un conjunto térmico negro que parecía una armadura técnica. No se movió para ayudarlo con el equipaje.
Cuando Arturo alcanzó el último escalón, jadeando ligeramente por el esfuerzo y el frío, ella simplemente extendió la mano derecha con la palma hacia arriba. Un gesto mudo y exigente.
—Buenos días —dijo ella. Su voz no admitía negociación—. El teléfono.
Arturo se detuvo en seco, con la bolsa de deporte colgando del hombro como un escudo.
—¿Perdona?
—No hay Wi-Fi, y la cobertura aquí arriba es un mito que no pienso invocar. Dame el teléfono, el reloj inteligente y cualquier dispositivo que te conecte con Sergio, con tus patrocinadores o con los comentarios de los idiotas que creen saber de tenis en redes sociales.
—Es mi propiedad privada, Vega. Tengo negocios que atender y una vida que no se detiene porque tú lo digas —replicó Arturo, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal para intentar recuperar el mando de la situación.
Elena ni siquiera pestañeó. Sostuvo su mirada con una calma glacial que lo desquició más que un grito.
—Tus únicos "negocios" ahora son tus ligamentos. Cada vez que miras una notificación, tu cortisol sube, tu enfoque se fragmenta y tu recuperación se frena. Si quieres jugar en París, dame el maldito teléfono. Si prefieres ser un influencer retirado con una rodilla de plástico, vuelve al coche. Tú decides.
Arturo apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un chasquido en el oído. Sabía que ella tenía razón, y eso era lo que más le dolía.
Con un gesto violento, sacó el dispositivo de titanio de su bolsillo y se lo puso en la palma. La calidez del metal, que todavía conservaba el calor de su cuerpo, chocó con la frialdad de los dedos de ella.
Por un segundo, sus pieles se rozaron; una chispa de estática recorrió el brazo de Arturo, una sacudida que lo obligó a retirar la mano como si se hubiera quemado.
Elena cerró el puño sobre el aparato, lo guardó en el bolsillo de su sudadera y se hizo a un lado, dejándole el paso libre hacia su nueva celda de lujo.
—Bienvenido al silencio, Valente. Pasa.
El Exilio Gastronómico
El interior de la casa era minimalista hasta la crueldad. Arturo dejó sus maletas en el recibidor y siguió a Elena hasta una cocina de granito gris que parecía más un laboratorio que un lugar de reunión.
Tenía el estómago vacío y un hambre voraz que empezaba a nublarle el juicio; esperaba que, tras el despojo del teléfono, al menos hubiera un desayuno digno de un atleta de su nivel.
Sobre la isla central, lo esperaba un cuenco de cerámica con una mezcla de avena hidratada, semillas de chía y un puñado de bayas silvestres. Al lado, un vaso de agua con una rodaja de limón. Ni rastro de café.
—¿Dónde están los huevos benedict? ¿El café? —preguntó Arturo, señalando el cuenco con un desprecio que no se molestó en ocultar—. Necesito cafeína para que mi corazón empiece a latir, Vega.
—El café es un diurético que altera tu ciclo de cortisol y deshidrata tus tejidos. A partir de hoy, tu dieta es estrictamente antiinflamatoria —respondió ella mientras abría, con una calma exasperante, la bolsa de mano de Arturo.
Él se quedó helado cuando la vio sacar un paquete de barritas proteicas de lujo que siempre llevaba consigo para emergencias.
—Eso es azúcar procesado con un envoltorio brillante —sentenció ella.
Sin apartar la mirada de sus ojos, Elena caminó hacia el cubo de basura y dejó caer el paquete. El sonido del plástico chocando contra el fondo fue, para Arturo, el fin oficial de su última comodidad.
—¡Eso cuesta cincuenta euros la caja! —rugió, dando un paso hacia ella—. No tienes derecho a tirar mis cosas.
—Tus contratos valen millones, Arturo, y los estás tirando a la basura cada vez que ingieres eso. No me pagas para ser tu amiga, me pagas para que tu rodilla no estalle en el segundo set. —Ella le empujó el cuenco de avena unos centímetros hacia su dirección—. Siéntate y come. Tienes ocho minutos antes de que empecemos a trabajar. El azúcar te da un pico de energía que no puedes sostener; yo te estoy dando combustible para sobrevivir al día.
Arturo se sentó, sintiéndose como un león enjaulado al que acaban de quitarle la carne fresca para darle pasto. La avena estaba fría y apenas tenía sabor, pero mientras masticaba bajo la mirada gélida de Elena, comprendió que no había escapatoria.
Ella no estaba allí para cuidarlo, estaba allí para reconstruirlo pieza a pieza, aunque tuviera que matarlo de hambre en el proceso.