Match Point

Capítulo 5: Fantasmas del pasado.

La Tormenta Interior

La casa en la sierra no solo guardaba silencio; lo imponía. A las tres de la mañana, Arturo estaba tumbado en su cama, con la vista clavada en las vigas del techo.

Sin el brillo anestésico de la pantalla de su teléfono, su mente se había convertido en un proyector de sus propios fracasos. Sentía el latido rítmico de su rodilla, una pulsación sorda que parecía marcar el tiempo que le quedaba de carrera.

Se giró de costado, buscando una posición que no castigara sus tendones inflamados. El viento de la montaña golpeaba los ventanales, un silbido errático que se filtraba por las rendijas. Fue entonces cuando lo oyó.

No fue un golpe, ni el crujido de la madera. Fue un sonido que nació del fondo de la garganta de alguien: un gemido ahogado, entrecortado, seguido de un jadeo que cortó el aire del pasillo.

Arturo se incorporó, alerta. Su instinto de atleta, acostumbrado a detectar cualquier anomalía en el ambiente, lo puso en pie antes de que su cerebro terminara de procesar el sonido. Se quedó inmóvil junto a la puerta, conteniendo la respiración.

El sonido se repitió. Esta vez fue más claro: un sollozo seco, violento, como el de alguien que está luchando por salir a la superficie en medio de un naufragio. Venía de la habitación de Elena.

Arturo abrió la puerta de su cuarto con sigilo. El pasillo estaba bañado en una penumbra azulada por la luna. Caminó descalzo sobre el suelo frío, sintiendo cómo el vello de sus brazos se erizaba.

Al acercarse a la puerta de ella, la escuchó pronunciar una palabra, un susurro cargado de pánico que se rompió en un jadeo.

—No... por favor...

Había una vulnerabilidad en esa voz que Arturo no reconoció. No era la mujer que le confiscaba el azúcar o la que le gritaba en la pista. Era alguien que estaba siendo desmantelada por sus propios fantasmas.

Se detuvo con la mano a centímetros del pomo, dividido entre el respeto a la privacidad y el impulso visceral de detener el sufrimiento que emanaba de esa habitación.

En ese momento, el silencio regresó, pero era un silencio diferente: tenso, pesado, el tipo de calma que precede a un colapso total.

Arturo empujó la puerta apenas unos centímetros.

El Encuentro en la Penumbra

La puerta cedió sin resistencia. Arturo entró en la habitación, sumergida en una oscuridad rota apenas por el resplandor de la luna que se filtraba por las cortinas. Elena no estaba dormida, al menos no de la forma en que lo está alguien que descansa. Estaba atrapada.

Sus dedos se hundían en las sábanas blancas y su cabeza se movía de un lado a otro, mientras un sudor frío le brillaba en la frente.

—Elena —susurró Arturo. No hubo respuesta.

Se acercó a la cama. Ella estaba murmurando nombres, fechas, cifras que Arturo reconoció de inmediato como las del escándalo que la hundió. De cerca, Elena parecía mucho más pequeña, despojada de su sudadera técnica y de su máscara de autoridad.

—¡No fue así! —gritó ella de repente. El sonido fue tan desgarrador que Arturo dio un paso adelante sin pensarlo.

Le puso una mano en el hombro. En cuanto sus dedos tocaron su piel, Elena se incorporó de golpe, con un espasmo violento. Sus ojos estaban abiertos de par en par, pero no lo veían a él; veían los flashes de las cámaras y los rostros de los jueces. Su respiración era un silbido errático y desesperado.

—Elena, mírame. Soy Arturo. Estás en tu casa. No pasa nada.

Él mantuvo la mano firme en su hombro, sintiendo el calor excesivo de su piel y el temblor que recorría su estructura ósea. Elena parpadeó repetidamente, luchando por enfocar la realidad.

Cuando finalmente sus ojos se encontraron con los de él, el pánico crudo fue reemplazado por algo mucho más doloroso: una humillación profunda.

Ella se apartó bruscamente, refugiándose en el cabecero de la cama y abrazándose las rodillas. Sus pulmones seguían trabajando a una velocidad alarmante.

—Vete —logró decir, aunque su voz era apenas un hilo—. Sal de aquí ahora mismo.

Arturo no se movió. Se quedó allí, de pie en la penumbra, viendo cómo la mujer que lo había obligado a correr hasta el desmayo se desmoronaba frente a él.

No sintió el triunfo que esperaba; sintió un peso en el pecho, una empatía que no figuraba en su contrato.

—No me voy a ir —dijo Arturo con una calma que no sabía que poseía—. No puedes respirar. Quédate quieta y mírame.

Él se sentó en el borde de la cama, guardando la distancia justa para no invadirla, pero lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir su presencia sólida.

Por primera vez, el "Rey" no buscaba una reverencia; buscaba ser un ancla en medio de la tormenta de ella.

La Guardia Baja

El silencio regresó a la habitación, pero esta vez no era opresivo, sino frágil. Arturo permaneció sentado en el borde del colchón, observando cómo la respiración de Elena recuperaba un ritmo humano.

Ella seguía abrazada a sus rodillas, con la mirada perdida en algún punto de la pared, evitando el contacto visual con el hombre que acababa de presenciar su naufragio.



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En el texto hay: thriller, amor, deporte

Editado: 16.05.2026

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