El Retorno al Tablero
La terminal 4 de Madrid-Barajas a las seis de la mañana era una marea de luces fluorescentes, el zumbido constante de las maletas sobre el suelo de granito y el aroma espeso a café quemado.
Arturo caminaba con paso firme, obligándose a mantener la espalda recta a pesar de la rigidez residual en su pierna derecha. A su lado, Elena avanzaba con una cadencia idéntica, el raquetero negro al hombro y unas gafas de sol oscuras que le cubrían media cara, aislando su expresión del mundo exterior.
La burbuja de la sierra se había roto en el instante en que cruzaron las puertas automáticas de cristal.
—Valente, ¿un autógrafo? —lanzó un hombre con un traje arrugado, deteniéndose a medio camino.
Arturo forzó una sonrisa mecánica, firmó el reverso de un billete de avión y continuó sin detener el paso. Estaba acostumbrado al escrutinio, a los teléfonos apuntándole desde ángulos discretos y a los susurros que dejaba a su paso. Sin embargo, hoy el murmullo de la terminal tenía un tono diferente.
No eran solo miradas de admiración hacia el "Rey de la Arcilla"; eran ojos que se desviaban de él para clavarse en la mujer que lo acompañaba.
—¿Esa no es Vega? —escuchó Arturo detrás de él, un susurro sutil pero lo suficientemente nítido como para congelarle la sangre—. La del caso de las apuestas. ¿Qué hace con Valente?
Arturo tensó los hombros, el pulso acelerándosele por un motivo que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico. Miró de reojo a Elena. Ella no había disminuido la velocidad, ni un solo músculo de su mandíbula se había movido.
Caminaba con una rigidez militar, la cabeza alta, ignorando las miradas incisivas como si las paredes de la terminal estuvieran vacías. Su armadura pública era perfecta, pero Arturo notó la forma en que sus dedos apretaban la correa del raquetero.
Sabía leer la tensión en los tendones; los de ella estaban al límite.
Una punzada de una emoción nueva y molesta le recorrió el pecho. No era rabia por su reputación, era un instinto puramente defensivo. Quiso acortar la distancia, interponer su cuerpo entre ella y los curiosos de la fila de embarque, pero se contuvo.
Elena no era una víctima que necesitara ser rescatada en una fila de facturación, y demostrar debilidad frente a los ojos del aeropuerto sería el primer punto perdido antes de subir al avión.
Llegaron a la puerta de embarque de primera clase. Elena se quitó las gafas de sol con un movimiento seco, revelando unos ojos oscuros que brillaban con una frialdad defensiva.
—No mires atrás, Arturo —dijo ella, su voz baja, casi inaudible bajo el estruendo de la megafonía—. En este circo, si demuestras que te importa el ruido, ya te han ganado el set. Pasa tu billete.
Arturo obedeció en silencio, sintiendo que el aire acondicionado de la pasarela de embarque enfriaba la rabia que le quemaba por dentro. El torneo de exhibición en Niza apenas comenzaba, y el mundo exterior ya estaba cobrándose el primer precio.
La Burbuja de Primera Clase
El interior de la cabina de primera clase olía a cuero limpio, plástico nuevo y café recién hecho. Tras el despegue, el rugido sordo de los motores de la aeronave se convirtió en una barrera acústica que los aisló del resto del mundo.
Sergio no viajaba con ellos; los esperaba directamente en el club de Niza para gestionar los pases de prensa, dejando a Arturo y a Elena atrapados en el espacio confinado de dos asientos contiguos durante las próximas dos horas.
Elena le entregó el teléfono de titanio justo antes de que la señal de cinturones se apagara.
—Logística y horarios del torneo. Nada más —sentenció ella, recostando la cabeza en el asiento y cerrando los ojos.
Arturo encendió el dispositivo. En menos de diez segundos, la pantalla se inundó con un bombardeo frenético de notificaciones: sesenta mensajes de WhatsApp de su equipo de prensa, correos de su agente de patrocinios y alertas de menciones en redes sociales sobre su polémica "nueva entrenadora".
El ruido digital se sintió como un murmullo invasivo dentro de la paz de la cabina.
Miró de reojo a Elena. Ella mantenía los ojos cerrados, pero Arturo notó que su respiración era demasiado superficial para alguien que duerme. La tensión del aeropuerto seguía viajando con ella en el asiento de al lado.
Con un movimiento decidido, Arturo presionó el botón lateral del teléfono hasta que la pantalla se quedó completamente negra. Lo dejó en el compartimento central, boca abajo.
No quería saber nada del ranking, ni de las especulaciones, ni de Gabriel Sanz. En ese espacio suspendido a diez mil metros de altura, prefirió el silencio. Prefirió observarla a ella.
Elena abrió un ojo, alertada por el cese de los pitidos de notificación. Miró el teléfono apagado y luego levantó la vista hacia Arturo, arqueando una ceja con incredulidad.
—¿El Rey del Circuito desconectándose del mundo antes de un torneo? —comentó ella, con un hilo de su habitual ironía, aunque su voz sonaba cansada.
—El circuito puede esperar dos horas, Vega —respondió Arturo, cruzando los brazos sobre el pecho y acomodándose en su asiento—. Además, me dijiste que mi cortisol sube cada vez que miro una alerta. Estoy siguiendo tus órdenes.