Fricción en la Pista
El sol del mediodía caía como una losa de plomo sobre la arcilla del Foro Itálico en Roma. El aire, saturado de un calor húmedo que evaporaba el agua de riego, vibraba con el zumbido distante de la megafonía del complejo deportivo.
Arturo Valente botaba la pelota contra la cal de la línea de fondo de la pista de entrenamiento. Tac. Tac. Tac. El eco del grafito contra el suelo se sentía pesado, acompasado con el latigazo de irritación que le recorría las sienes.
Lanzó la esfera amarilla al aire y descargó el brazo en un servicio plano. La pelota se estrelló directamente contra la banda superior de la red y salió despedida con violencia.
—El arrastre, Arturo —la voz de Elena llegó desde el lateral de la red, cortante, desprovista de cualquier rastro de la complicidad de la noche en Niza—. Estás dejando el pie trasero anclado. Eso te obliga a forzar la rotación del hombro sano para compensar la falta de empuje de la rodilla. Corrige la zancada de aproximación.
Arturo no respondió. Pidió otra pelota al recogepelotas con un gesto brusco de la mano y volvió a colocarse en posición. Ignoró deliberadamente la indicación técnica.
En su mente de animal competitivo, la única forma de intimidar a Gabriel Sanz en el cuadro principal del torneo de Roma era recuperando su antigua potencia bruta, esa que no entendía de ángulos de seguridad ni de transiciones medidas.
Lanzó la bola de nuevo. Volvió a golpear plano, estirando el cuerpo al límite. La pelota entró, limpia y rápida, rozando la cruceta.
—Ahí lo tienes —soltó Arturo, girándose hacia ella con la raqueta apoyada en la cadera y una sonrisa arrogante dibujada en el rostro sudado—. Eso es un servicio de verdad, Vega. No un ejercicio de rehabilitación de clínica de tercera.
Elena no sonrió. Tampoco anotó el acierto en su Tablet. Caminó con paso firme hacia el centro de la pista, cruzando la red por el lateral, y se plantó a dos metros de él.
Llevaba el pelo recogido en su habitual coleta tirante, pero sus ojos oscuros chispeaban con una furia contenida que Arturo reconoció al instante.
—Ese servicio ha tenido un impacto de carga de ciento veinte kilos sobre un tendón rotuliano que apenas tiene un mes de cicatrización —dijo ella, con una calma gélida que resultaba más amenazante que un grito—. Has ganado el punto, sí. Y has sumado un dos por ciento de probabilidad de que el ligamento se deshilache antes de los octavos de final. El entrenamiento ha terminado. Suelta la raqueta.
Arturo sintió que la sangre le hervía en el cuello. Su orgullo de atleta de élite, el mismo que lo había llevado a ganar quince títulos del circuito, se rebeló ante la orden dictatorial de la mujer.
Dio un paso adelante, recortando la distancia, usando su físico para intentar obligarla a bajar la mirada.
—He ganado el último torneo confiando en mi instinto, Elena. No voy a jugar en Roma como si fuera un robot programado por tus estadísticas —le espetó, con la voz ronca por el esfuerzo y el enfado—. Sé perfectamente dónde está el límite de mi cuerpo.
—No tienes la menor idea de dónde está tu límite, Arturo. Porque si lo supieras, no estarías arrastrándote por los torneos de exhibición para que no te borren del mapa —le devolvió ella, sin retroceder un milímetro.
La distancia entre ambos era tan corta que Arturo podía ver el rastro de sudor fino en la mandíbula de Elena—. Te di una orden técnica. La has desobedecido por puro ego. Recoge tus cosas y entra en los vestuarios. Ahora.
Se quedaron congelados bajo el sol abrasador de Roma, dos fuerzas indomables midiéndose en mitad de la pista de arcilla. El respeto que había nacido en las colinas de Niza no había desaparecido, pero en el terreno de juego, la competitividad de ambos funcionaba como gasolina sobre una llama.
Arturo apretó el mango de la raqueta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, pero la fijeza clínica de la mirada de Elena terminó por doblar su resistencia. Dio un giro brusco, recogió su raquetero del banco con una violencia contenida y se enfiló hacia el túnel de vestuarios, sabiendo que la tormenta que acababa de desatarse en la pista estaba a punto de estallar entre cuatro paredes.
La Encerrona
Las entrañas del complejo deportivo de Roma eran un laberinto de pasillos de hormigón pintado de blanco, húmedos y refrigerados por un aire acondicionado industrial que zumbaba con monotonía.
Arturo avanzaba a zancadas pesadas, el eco de sus zapatillas sobre el linóleo sonando como una advertencia. Elena caminaba un paso por detrás de él, con la tablet bajo el brazo y una rigidez militar que cortaba el paso de los asistentes del torneo que se cruzaban en su camino.
Se detuvieron ante la puerta de la pequeña sala de fisioterapia asignada a los jugadores del cuadro principal. Sergio, el mánager de Arturo, los esperaba allí con un fajo de acreditaciones en la mano y cara de pocos amigos.
—Arturo, Nike quiere confirmar la sesión de fotos de mañana y la prensa italiana está presionando por—
—Ahora no, Sergio —lo cortó Elena, su voz era una hoja de afeitar. Abrió la puerta de la sala de un manotazo—. Necesito revisar esa articulación antes de que el tendón se enfríe y comience la fase de acortamiento muscular. Déjanos solos.