Match Point

Capítulo 10: La mañana siguiente.

La Resaca del Control

El vestíbulo del hotel de concentración en Roma, a las seis de la mañana, estaba sumergido en una penumbra grisácea que apenas empezaba a disiparse por los grandes ventanales. El aire olía a café recién molido y al sutil aroma a cera para madera de la recepción.

El silencio solo se rompía por el murmullo amortiguado de las cafeteras y el trasiego silencioso de algunos ciclistas que salían a entrenar temprano. Arturo bajó en el ascensor antes de la hora acordada, incapaz de pasar un minuto más en su habitación.

El sabor a mentol de la camilla y el peso del cuerpo de Elena sobre el suyo lo habían perseguido durante cada una de las pocas horas que había logrado cerrar los ojos.

Tenía los músculos rígidos y la mandíbula tensa por la falta de descanso, pero se obligó a caminar con paso firme, camuflando el ligero dolor de su rodilla derecha bajo el chándal oficial del torneo. Al salir al recibidor, se detuvo en seco.

Elena ya estaba allí.

Estaba sentada en un sillón de cuero oscuro, con una Tablet apoyada en las piernas y una taza de té humeante sobre la mesa de cristal. Llevaba el uniforme del equipo perfectamente abrochado hasta el cuello, sin una sola arruga, y el pelo recogido en su habitual coleta tirante, un peinado tan impecable que parecía una declaración de intenciones.

Su rostro estaba limpio de cualquier fatiga, configurado de nuevo en esa expresión clínica e imperturbable que Arturo tanto odiaba y respetaba a la vez. La mujer que había jadeado contra su boca unas horas antes había sido sepultada bajo tres capas de disciplina profesional.

Arturo caminó hacia ella, sus zapatillas haciendo un ruido seco contra el mármol. Elena levantó la vista con lentitud. Sus ojos oscuros estaban fijos, vacíos de la urgencia de la tarde anterior.

—Llegas tres minutos antes, Valente —dijo ella. Su voz era clara, fría y desprovista de cualquier rastro de agitación—. Tu informe de variabilidad cardíaca indica que no has alcanzado la fase de sueño profundo. Si sigues recortando tus horas de recuperación metabólica, el entrenamiento de hoy en la pista cuatro será una pérdida de tiempo.

Ella extendió la mano, ofreciéndole una botella de agua ionizada con un movimiento robótico, sin que sus dedos rozaran los de él.

Arturo no tomó la botella de inmediato. Se inclinó hacia adelante, apoyando una mano en el respaldo del sillón de ella, forzando un contacto visual directo que Elena desvió de inmediato hacia los horarios de logística de la pantalla de su Tablet.

—¿Vamos a jugar a los desconocidos, Vega? —soltó Arturo, con la voz más espesa y ronca debido al insomnio—. Ayer casi destrozamos la camilla de fisioterapia de la federación y ahora me hablas de variabilidad cardíaca. Tu máscara de hielo es ridícula.

Elena bloqueó la pantalla de la Tablet con un golpe seco de su pulgar y se puso en pie con una parsimonia estudiada, obligándolo a retroceder un paso. Se colocó a su altura, el chándal rozando ligeramente el pecho de Arturo, pero su mirada seguía siendo un muro de hormigón.

—Ayer hubo una anomalía física en el sistema debido a un pico agudo de cortisol y adrenalina mal gestionados, Arturo —sentenció ella en un susurro gélido, asegurándose de que el recepcionista no escuchara—. Una distracción técnica que no va a volver a repetirse. Bebe el agua. Sergio nos espera en la oficina del club en diez minutos y tienes que estar impecable ante los fotógrafos del Foro Itálico. Muévete.

Elena se dio la vuelta y caminó hacia las puertas automáticas de cristal del hotel con la espalda completamente recta. Arturo apretó los puños a los costados, sintiendo que la rabia y una curiosidad oscura volvían a encenderse bajo su piel.

Ella creía que podía borrar el impacto del beso con una explicación científica, pero Arturo sabía leer la tensión de los cuerpos, y la rigidez de los hombros de Elena al cruzar el umbral del hotel gritaba que el pacto de silencio que estaba intentando imponer era la mentira más peligrosa de todas.

La Frontera del Contrato

La oficina privada del club en el Foro Itálico era un espacio aséptico de cuatro metros cuadrados. Una mesa de melamina blanca, dos sillas de oficina y una estantería metálica con archivadores de la federación.

A través de las persianas americanas entornadas, se escuchaba el murmullo de los primeros espectadores que entraban al complejo de Roma y el golpe lejano de las pelotas en las pistas de calentamiento. El aire acondicionado zumbaba con una insistencia claustrofóbica.

Elena entró primero, giró la llave en la cerradura con un chasquido metálico y arrojó el expediente médico de Arturo sobre la mesa. El impacto del papel grueso contra la melamina sonó como un veredicto.

—Siéntate —ordenó ella, sin mirarlo.

Arturo cerró la puerta a su espalda con el talón y se quedó de pie, apoyando los hombros contra la madera de la hoja. Cruzó los brazos sobre el pecho, su postura de "Rey" inalterada por el ultimátum matutino.

—Prefiero estar de pie. Mi rodilla se engarrota en estas sillas baratas —replicó con una arrogancia estudiada, la voz todavía arrastrando la aspereza del insomnio.

Elena se apoyó contra el borde de la mesa, cruzando los brazos a su vez. La coleta tirante le estiraba las facciones, dándole una expresión quirúrgica. No había rastro de duda en sus ojos oscuros.

—Lo que ocurrió ayer en la sala de fisioterapia fue una infracción directa de la cláusula de profesionalidad de nuestro contrato, Arturo —comenzó ella, su tono era el de un abogado enumerando pérdidas financieras—. Un error técnico que casi nos cuesta la acreditación del torneo. Si Sergio no hubiera tenido retenido al director del Foro Itálico en el pasillo, hoy seríamos el hazmerreír de la prensa italiana y el hazmerreír de Nike.

Arturo soltó una carcajada ronca, un sonido amargo que rebotó en las paredes desnudas de la oficina. Dio un paso al frente, la suela de sus zapatillas chirriando contra el suelo de linóleo.



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En el texto hay: thriller, amor, deporte

Editado: 05.06.2026

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