Match Point

Capítulo 11: Entrenamiento invisible.

El Lenguaje de la Raqueta

La luz crepuscular teñía de un tono violáceo la arcilla de la pista central de entrenamiento del Foro Itálico.

A esa hora, el calor asfixiante de Roma daba paso a una brisa ligera que levantaba remolinos de polvo rojo sobre las líneas de cal. Arturo Valente estaba ejecutando un tenis que rozaba la crueldad.

Al otro lado de la red, un sparring del top 80, contratado expresamente para exigirle velocidad, corría de lado a lado de la pista, jadeando, incapaz de descifrar la trayectoria de la bola.

Arturo se movía con una agilidad felina que nadie en el circuito habría augurado un mes atrás. No había rastro de la rigidez en su rodilla derecha; su cuerpo funcionaba como una máquina perfectamente calibrada.

Deslizó su zapatilla sobre la arcilla, frenó en seco absorbiendo el impacto con la cadera y descargó un revés paralelo fulminante que besó la línea lateral.

¡Pum!

—Juego —anunció el sparring, dejando caer los hombros en una señal de rendición absoluta mientras se secaba el sudor con la camiseta.

Desde la grada alta, Sergio observaba la escena con los brazos apoyados en la barandilla. El mánager tenía una sonrisa dibujada en el rostro, frotándose las manos al ver que su inversión millonaria volvía a comportarse como el número uno.

Arturo, sin embargo, ignoró por completo los aplausos solitarios de su agente. No buscaba la validación de las marcas, ni la de los patrocinadores, ni la del público que empezaba a agolparse tras la verja perimetral.

Giró la cabeza hacia el lateral de la pista.

Elena permanecía allí, inmóvil, con el chándal oficial abrochado y los brazos cruzados sobre el pecho. No gesticulaba, no gritaba consignas de aliento baratas, pero Arturo vio perfectamente cómo sus ojos oscuros seguían de forma obsesiva cada milímetro del movimiento de sus piernas.

Cada ace, cada derecha invertida cargada de un efecto indomable era un mensaje directo hacia ella.

Como las reglas le prohibían hablarle fuera de los protocolos clínicos, Arturo estaba usando la raqueta para decirle lo que tenía estrictamente vetado verbalizar. El tenis se había convertido en su lenguaje secreto, en un juego previo de alta intensidad.

Arturo caminó hacia la red para recoger las pelotas, sosteniéndole la mirada. Vio el ritmo acelerado del pecho de Elena bajo la tela del chándal y la tensión en su mandíbula.

Ella anotó un par de datos de telemetría en la Tablet con un toque de pulgar demasiado brusco, delatando que su pulso no respondía a las estadísticas, sino a la demostración de poder físico que acababa de presenciar.

Su "entrenamiento invisible" acababa de empezar, y la arcilla de Roma era el escenario perfecto para demostrarle que, por mucho que ella reescribiera las normas en papel, en la pista la atracción seguía dictando las reglas del juego.

El Primer Encuentro Furtivo

El vestuario de jugadores a las 9:30 PM era una caverna de baldosas grises y hileras de taquillas metálicas que olía a vapor de agua, Reflex y al jabón neutro del complejo deportivo.

La mayoría de los tenistas ya se habían retirado a sus hoteles, y el silencio de la sala solo se rompía por el goteo lejano de una ducha mal cerrada y el zumbido sordo de las máquinas limpiadoras de suelo que trabajaban en los pasillos exteriores.

Arturo se estaba abrochando los pantalones del chándal frente al espejo, con el torso desnudo y el pelo oscuro aún húmedo por la ducha. El eco de sus propias pulsaciones todavía le vibraba en los oídos.

La puerta de doble hoja se abrió con un gemido hidráulico. Arturo no giró la cabeza; vio su reflejo en el cristal.

Elena entró en el vestuario, sosteniendo una carpeta de plástico con el plan nutricional y los gráficos de recuperación del día siguiente. Cumplía al pie de la letra el reglamento logístico que ella misma había redactado.

Sin embargo, en cuanto la puerta se cerró a su espalda y el pestillo magnético encajó con un golpe seco, el aire de la sala pareció quedarse sin oxígeno.

—Sergio me ha pedido que te entregue esto antes de que salgamos hacia el hotel —dijo ella, pero su voz no tenía la firmeza clínica de la mañana. Era un susurro espeso que delató que ella también llevaba la adrenalina del entrenamiento en la sangre.

Arturo se giró con lentitud. Caminó hacia ella, descalzo sobre el suelo técnico, acortando la distancia con esa zancada felina que ella le había devuelto.

Elena no retrocedió, pero sus ojos oscuros descendieron una fracción de segundo por los músculos tensos de su abdomen antes de clavarse en sus pupilas.

—Has dicho que no habría roces fuera de los protocolos, Vega —soltó Arturo, deteniéndose a escasos centímetros, bloqueándole el paso hacia la salida. Su voz era un trueno bajo que rebotó en el metal de las taquillas.

—Esto es logística oficial, Valente. Firma el recibí y—

Arturo no la dejó terminar. Le quitó la carpeta de las manos con un movimiento seco y la arrojó sobre el banco de madera.

En el mismo segundo, la agarró por la cintura y la empujó contra la hilera de taquillas de acero. El impacto del metal resonó en el vestuario vacío como un disparo sordo.



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En el texto hay: thriller, amor, deporte

Editado: 05.06.2026

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