Match Point

Capítulo 12: La revelación.

Distancia de Seguridad

Las pistas secundarias del Foro Itálico, a las siete de la mañana, parecían flotar sobre un mar de neblina baja que se levantaba de la arcilla húmeda. El aire de Roma era un bloque de humedad fría que se colaba por los pulmones con cada bocanada de esfuerzo.

El silencio en el complejo deportivo era absoluto, roto únicamente por el impacto seco del grafito contra la pelota y el chirrido de las zapatillas de Arturo sobre las líneas de cal.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Arturo encadenó una serie de derechas paralelas con una precisión quirúrgica, siguiendo al milímetro los vectores de aceleración que se le exigían. Sin embargo, su lenguaje corporal era el de un bloque de hielo.

Durante las dos horas de entrenamiento, no buscó la mirada de Elena ni una sola vez. Cuando pasaban cerca de la red para recoger las bolas, Arturo se apartaba con una antelación milimétrica, congelando el espacio común antes de que sus chándales pudieran rozarse.

Cumplía las órdenes técnicas con la frialdad de un autómata, pero su mente estaba atrapada en el pasillo del hotel, en las siglas de la ITIA y en el lazo invisible que amenazaba con cerrarse sobre el cuello de ambos.

Elena permanecía junto al poste de la red, con la Tablet firmemente sujeta entre los brazos cruzados. Arturo no la miraba, pero la sentía. Sabía leer el lenguaje del cuerpo de un rival a doscientos metros de distancia, y la rigidez defensiva de Elena a escasos pasos era evidente.

Su mirada oscura lo seguía con una fijeza analítica que, poco a poco, iba cargándose de una hostilidad sorda.

Al terminar la última serie de saques, Elena bloqueó la pantalla del dispositivo con un chasquido seco. El sonido cortó la niebla de la pista como un latigazo.

—El entrenamiento de carga ha terminado, Valente —sentenció ella, su voz clara, desprovista de cualquier rastro de la urgencia del vestuario—. Has clavado el ángulo de arrastre en dieciocho de los veinte servicios. Biomecánicamente, estás en tu punto óptimo desde la lesión. Profesionalmente, pareces un maldito cadáver que ejecuta órdenes. Entra a vestuarios.

Arturo recogió su raqueta del banco sin mirarla, colgándose el raquetero al hombro con un movimiento lento y controlado. Sentía la imperiosa necesidad de agarrarla, de arrastrarla a un punto ciego de la pista y contarle que el oficial de integridad de la ITIA estaba husmeando en sus horarios de vestuario.

Pero se obligó a tragarse el impulso. Sabía que, si ella entraba en pánico en este punto del torneo, si su máscara de hierro se resquebrajaba frente a Sergio o las cámaras de la federación, la investigación cautelar se activaría antes de que pudieran defenderse.

—Cumplo el reglamento de la pista, Vega. Es lo que querías —respondió Arturo con una monotonía gélida que le supo a ceniza en la boca.

Se dio la vuelta y se encaminó hacia el túnel de hormigón que conducía a las duchas, caminando con la espalda recta e inexpresiva. Elena se quedó inmóvil sobre la arcilla, con los nudillos blancos alrededor del borde de la Tablet.

Arturo no vio su rostro, pero la pesadez del silencio que dejó a su espalda gritaba que ella había interpretado su distancia como el arrepentimiento cobarde del Rey tras haber cruzado la línea.

La brecha entre los dos se había ensanchado de golpe, pero mientras Arturo se adentraba en la penumbra del pasillo, juró para sí mismo que esa distancia técnica era el único escudo que le quedaba para evitar que los destruyeran a ambos antes de París.

La Red de Contactos

El reservado del hotel de concentración a mediodía era un espacio de luz tamizada por persianas venecianas de madera oscura. El zumbido constante del aire acondicionado amortiguaba el tintineo de la vajilla del restaurante principal.

Arturo interceptó a Sergio justo antes de que el mánager cruzara el umbral hacia la reunión con los emisarios de los patrocinios.

Lo agarró del brazo, desviándolo con una presión firme hacia la esquina más apartada de la sala de reuniones privada.

Sergio se soltó con un gesto nervioso, reacomodándose la chaqueta del traje.

—Arturo, no tengo tiempo. Los abogados de Nike están abajo para revisar las cláusulas de rendimiento de Roland Garros y la prensa italiana sigue—

—Olvídate de las marcas por cinco minutos, Sergio —lo cortó Arturo. Su voz era un susurro espeso, un trueno bajo que congeló la prisa de su mánager—. Sé lo de la ITIA. Escuché al oficial de integridad en el pasillo de tu habitación anoche.

Sergio palideció. Miró hacia ambos lados de la sala vacía, asegurándose de que las puertas estuvieran completamente cerradas, antes de dar un paso al frente y bajar la voz al mínimo.

—Te dije que no debías involucrarte con ella, Arturo. Los movimientos inusuales que detectaron... si la agencia encuentra una sola prueba de que hay algo más que telemetría entre ustedes, van a suspender tu licencia de forma cautelar. No te dejarán pisar París. Todo el imperio corporativo que construimos se irá a la basura por un escándalo técnico.

—Nadie va a suspender nada, porque no van a encontrar nada —replicó Arturo, dando un paso adelante, usando su envergadura física para acorralar la lógica de su mánager—. Alguien desde París mandó esa notificación anónima a la ITIA en el segundo exacto en que volví a ganar en Niza. Saben perfectamente que el punto débil de mi equipo es el pasado de Elena y lo están usando para sacarme del cuadro antes de Roland Garros.



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En el texto hay: thriller, amor, deporte

Editado: 05.06.2026

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