Match Point

Capítulo 13: El rival

El Ritual del Dolor

El aire acondicionado de la sala de fisioterapia del Foro Itálico zumbaba con una monotonía quirúrgica.

La iluminación blanca y fría de los fluorescentes del techo borraba cualquier rastro de calidez, tiñendo el ambiente de una tensión espesa que parecía una extensión del silencio que traían de la terraza de la noche anterior.

Sobre la mesa metálica, el bote de gel conductor, los rollos de cinta elástica tensada y las bolsas de crioterapia estaban alineados con una precisión fría.

Arturo permanecía sentado en el borde de la camilla de cuero negro, con el torso desnudo y la mirada fija en el linóleo del suelo. Tenía la mandíbula tan apretada que sentía un dolor sordo en los músculos del cuello.

Elena se arrodilló frente a su pierna derecha. No había dicho una sola palabra sobre Sofía, ni sobre las páginas selladas del expediente de la federación, pero la textura del contacto físico había cambiado por completo.

Sus manos, que antes se posaban con una hostilidad defensiva, ahora se movían sobre su articulación con una firmeza protectora, casi posesiva. El contacto de su piel gélida contra el cuádriceps ardiente de Arturo envió una sacudida eléctrica que les recordó que el pacto de guerra ya estaba firmado.

—La rótula presenta un tres por ciento más de inflamación lateral que ayer —dijo ella, su voz clara, configurada de nuevo en su frecuencia profesional, aunque arrastraba un matiz más espeso—. El cartílago desgastado está rozando con el cóndilo femoral. Te he aplicado un vendaje compresivo con doble anclaje para estabilizar el tendón rotuliano, pero el tercer set va a ser un infierno de ácido láctico y dolor sordo, Arturo. Si pívotas mal en un revés cruzado, la articulación cederá.

Arturo soltó una risa seca, una exhalación arrogante que no llegó a sus ojos.

—Mi rodilla aguantará, Vega. Me preocupa más el chico del otro lado de la red.

Elena detuvo el movimiento de sus dedos sobre la cinta neuromuscular. Levantó la cabeza lentamente y le clavó una mirada oscura, cargada de una advertencia implacable que rozaba el pánico.

—Eso es exactamente lo que Héctor Vivanco quiere que pienses —le espetó ella en un susurro denso, inclinándose hacia él—. Gabriel Sanz es su nuevo peón estrella. Vivanco lo ha diseñado a su imagen y semejanza: es un provocador profesional que sabe leer las debilidades del rival. Va a buscar tu cortisol, Arturo. Va a buscar que pierdas los estribos, que tu juego se vuelva mecánico por la rabia y que rompas la disciplina del torneo ante las cámaras.

Si dejas que te meta su veneno en la cabeza, habrás perdido el partido antes de que el juez de silla cante el primer juego. Juega con la telemetría, no con el pecho.

Arturo no respondió. Se limitó a asentir con una rigidez calculada, permitiendo que ella terminara de ajustar la última tira de la venda elástica.

Ocultó debajo de su chándal oficial el hecho de que su furia ya no respondía a los consejos de su entrenadora, sino a un instinto primitivo de demolición.

Elena creía que lo estaba preparando para un partido de octavos de final del Foro Itálico; lo que no sabía era que el Rey acababa de meterse en la armadura, listo para usar cada gramo de su potencia contra el primer peón que se atreviera a disputarle su territorio.

El Pasillo de las Hienas

El túnel que conducía a la pista central del Foro Itálico era un cañón de hormigón crudo, frío y mal iluminado, donde el rugido de las doce mil personas en las gradas reverberaba con una vibración que se sentía en las plantas de los pies.

El aire allí dentro olía a humedad, a tierra batida mojada y al perfume de los patrocinadores que decoraban los paneles oficiales.

Arturo permanecía de pie, apoyado contra la pared de cemento, con el raquetero negro al hombro y los ojos fijos en la boca del túnel.

A su lado, Gabriel Sanz rebotaba una pelota contra el suelo con una mano, manteniendo un ritmo rápido e insolente.

El chico vestía un equipamiento de Nike de colores chillones, llevaba el pelo rapado por los costados y una sonrisa de suficiencia que pretendía ignorar la envergadura física de la leyenda que tenía a menos de un metro.

Detrás de ellos, Sergio revisaba por última vez las acreditaciones junto al oficial de pista de la ATP, mientras Elena avanzaba con paso firme hacia la zona asignada para los entrenadores, con la Tablet sujeta contra el pecho como si fuera una placa de blindaje.

Sanz atrapó la pelota con un movimiento seco, congeló el bote y desvió la mirada de Arturo hacia la figura de Elena que pasaba por el pasillo lateral.

Su sonrisa se volvió más afilada, cargada con el cinismo del circuito moderno. Se inclinó ligeramente hacia Arturo, bajando la voz lo suficiente para que los micrófonos ambientales de la televisión internacional no captaran el sonido, pero asegurándose de que cada palabra se clavara como un bisturí en el orgullo de Valente.

—Lindo chándal lleva tu rehabilitadora, leyenda —murmuró Sanz, con un hilo de voz que destilaba veneno—. Es una lástima que su nombre esté más sucio que la arcilla de este club. En París nos reímos mucho cuando nos enteramos de que habías contratado a la tramposa oficial de la federación. A ver si te inyecta algo bueno en la rodilla antes de que te arrastremos fuera del cuadro.



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En el texto hay: thriller, amor, deporte

Editado: 05.06.2026

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