«El viejo se fue con Satanás».
El siniestro pensamiento me arrebató una sonrisa. Entre mi regocijo, el texto de la funeraria mostraba más respeto por el culo del hombre que yo. Y, siendo honesto, no me apenaba en lo más mínimo.
Con profunda tristeza, se le comunica al señor
Ezra D. Villalba Cuevas sobre el deceso
de Sergio E. Villalba Estrada, su amado padre…
No necesité leer más allá de eso para que una risotada se escapara de entre los labios. Es que, puta madre, ya era hora. Hubo días en los que llegué a preguntarme con horror genuino si iba a durar más de los ochenta. Bendito Dios, apenas pisó los sesenta.
Me permití celebrar en el interior de la camioneta que me conduciría hacia la funeraria, sin siquiera fijarme en si el chofer me veía con reproche o resignación. Debía deshacerme de toda la dopamina, para después presentar el largo discurso de cuánta falta me haría su presencia. No sólo a mí, en realidad, pues debía incluir a todos los socios de la empresa, aquellos vejestorios de caras estiradas y miradas hambrientas con elevadas expectativas sobre lo que el heredero diría. Después de todo, más que una despedida sentimental, la perorata sería vista como mi sermón de introducción al mundo de los negocios.
Si debía reconocer una cosa de mi padre era que al menos me dio una educación decente para presentarme con dignidad en sociedad. Así que, tal como se esperaba, me planté en el podio instalado justo al lado del féretro y agradecí la asistencia de cada uno. Carajo, hasta eché a llorar dos o tres lágrimas con un enrojecimiento evidente en la nariz y los ojos, sin perder la compostura.
Al momento de hablar sobre las virtudes del viejo, un nudo se formó en la garganta, obligándome a tomar una pausa. Era difícil mentir tanto y por tanto tiempo, pues ninguna de las que escribí en las notas era cierta.
—No sólo fue un padre amoroso —casi me reí—, sino que también doy fe del profundo amor que sentía por su mujer. —Mi mirada recayó en Catalina, la última esposa: se cubría la nariz con un pañuelo y tenía los ojos inyectados en sangre. A ella sí podía creerle lo devastada que se encontraba. Pese a mi inicial descontento por su matrimonio, siempre aparentó amarlo.
Quizá no era tan loco pensarlo. Sergio Villalba encontró un poco de consciencia en cuanto la conoció, como si toda la ira se desvaneciera por echarle el ojo a una mujer treinta años menor.
Concluí con un breve: «te extrañaremos» e hice una mueca al percatarme de lo seco que sonó aquello, pero no hice acopio de corregirme y bajé, con la mirada gacha como si eso me ayudara a simular el dolor.
—El discurso fue muy emotivo —Enríquez, uno de los socios más importantes, palmeó mi espalda con una sonrisa modesta.
—Muchas gracias. —Incliné un poco la cabeza.
Más socios se acercaron para darme sus condolencias y, en parte, desearme suerte. Todos sabían que, tras la lectura del testamento, yo ocuparía el asiento de cuero donde el culo de mi padre se la pasó más de la mitad de su vida.
Me retorcí las manos ante el pensamiento. ¿Cómo iba a hacerme cargo de la empresa? Nunca me interesé por los asuntos más allá de los eventos a los que mi padre me obligaba a asistir, como aniversarios o actos de beneficencia. Pero ¿manejo directivo? Ni por asomo.
—Ezra —la voz quebrada de Catalina me trajo devuelta a la realidad y tomó mi mano—, yo…
Los ojos que no habían parado de llorar desde la noticia volvieron a humedecerse y yo le ofrecí un pañuelo. Agradeció en voz baja antes de secarse.
—No sé qué voy a hacer. Todo... No soy tan fuerte —confesó en voz baja.
Yo podía sentir fácilmente las miradas inquisidoras de quienes continuaron ahí, seguramente esperando difundir una noticia picante sobre cómo la mujer no desaprovecharía su oportunidad para meterse con el hijo de su difundo marido. Era el tipo de noticias que rondaban cada vez que uno de esos prehispánicos ejecutivos estiraba la pata.
—Tranquila —en mi voz intenté infundirle toda la calma que sentía—. Estaremos bien sin él, ya lo verás.
Supe que metí la pata en cuanto paró de llorar y me observó como si no pudiera creer mis palabras.
—¿Cómo puedes estar tan sereno? —inquirió antes de pasarse la lengua por los labios resecos. El ceño fruncido me hizo sentir ligeramente culpable.
—Es... no lo sé —confesé en un intento por sonreír, pero nada salió. Cuando alguien te miraba como si no fueras un igual, daba la sensación de que perdías toda humanidad.
Nunca me negaría a mí mismo el alivio que sentía por la ausencia del viejo, pero hasta yo tenía un corazón, ¿no es cierto? ¿O es que las chingas lograron desensibilizarme por completo?
Ese tipo de reflexiones tuvieron que parar tan pronto como fui convocado a la matriz de SEVA, nuestra empresa. Incluso cuando la lectura del testamento se estaba tomando su tiempo debido a un error administrativo en la notaría, mi responsabilidad era dar frente como director provisional. Afortunadamente la secretaria de mi padre seguía ahí y me ayudó en lo indispensable. Incluso respondió las preguntas más básicas, ocultando el desagrado que debía sentir por quien apenas y sabía dónde se encontraba su nueva oficina.