Matrimonio no contractual

02: Una oferta imposible de… Olvídalo

La mañana me recibió con los intensos rayos de sol apuntándome directamente a la cara. Un despertar cliché que me motivó por completo. Ahora comprendía por qué todas las películas de los dos mil comenzaban de ese modo.

Levantándome de un salto, no esperé más y me preparé para la batalla. Ni siquiera tomé una ducha y, con sólo una bata de dormir, me abrí paso al despacho de mi padre con la intención de conseguir toda la inspiración que el espíritu de un empresario furioso pudiera brindarme. En vida, Sergio tuvo que firmar cientos de contratos y revisar cientos más, así que él conocía muy bien cómo debía estructurarse uno.

Pasé el resto del día centrado en ello, sin desayunar y olvidándome de la hora de la comida. Para cuando alcé la mirada, la tarde de un sol anaranjado bañaba el interior de la sala. Me quité las gafas de descanso y presioné ambos dedos en el tabique de mi nariz. Pese a todo, seguía teniendo tiempo.

No me sorprendió encontrarme a Martin en el pasillo, esperando. Tras el funeral, no paraba de hacer visitas diarias para preguntarme cómo me encontraba; no obstante, esta vez me olvidé de la cortesía y evadí su inicio de conversación con una breve disculpa que resultó ser un gruñido inentendible.

Tras una profunda ducha, elegí el mejor atuendo que me encontré; no podía considerarse formal o apropiado para una firma de negocios, pero cautivaría a cualquiera que me mirase. Puse especial cuidado en las mangas, acomodándolas por encima de la muñeca. La colonia seleccionada de mi colección era aquella con un aroma cítrico y adictivo.

—Ezra —escuché la voz inquieta de Martín a mi espalda. Al girarme, lo encontré en la entrada de mi habitación con el ceño fruncido—. Llevas todo el día en el despacho y ahora... ¿saldrás?

Yo asentí.

—Voy a encargarme de que la última voluntad de mi padre se cumpla —canturreé.

—¿De qué hablas?

—Voy a ir a una cita.

Entreabrió la boca, con aquella fea expresión de nariz arrugada antes de analizarme de pies a cabeza, como si no pudiese creerlo. Talló sus ojos antes de hablar.

—¿Y por eso te llevarás un maletín?

Señaló aquel que reposaba en la cama.

—Pues claro, debo dar una buena impresión.

—Parece que irás a una junta de negocios en lugar de una cita.

Yo me reí.

—Ay, Martín, tal parece que no me conoces. —Me giré hacia él, después de asegurarme de que mi cabello recogido y atuendo estuviesen perfectos—. Yo siempre he sido muy obediente para con mi padre y esta vez no será la excepción.

Mi sonrisa de oreja a oreja pareció confundirlo todavía más.

—Creo que sí —murmuró antes de menear la cabeza—. Pero, ¿se supone que ya encontraste a la mujer ideal?

Los labios se estiraron todavía más ante la idea.

—Ese es el asunto, mi estimado. Ese es el asunto…

Mis pasos lentos pero seguros lo dejaron atrás. Al bajar los escalones, el repiqueteo de la suela de mis zapatos llenó el vacío creado al interior de la mansión desde el funeral del viejo.

Prefería dejar a Martín con la duda, de lo contrario, desaprobaría al instante mi plan y pondría mil excusas para que yo me dejara de juegos. Lo que él no sabía es que yo estaba seguro de mi éxito y no necesitaba ser llenado de tanta negatividad.

Mientras esperaba a que sacaran mi auto del estacionamiento, me centré en el cielo. Pocas nubes estiradas avanzaban a paso lento y yo esbocé una sonrisa.

—Esta es la revancha, viejo.

***

PlanaMex sabía cómo atraer a sus clientes. A diferencia de SEVA, el edificio poseía una estructura moderna, que daba la impresión de calidez y bienvenida. Daba igual si el interior era otro montón de cubículos grises con personas tristes, donde el único sonido presente era del crujir de los teclados en un compás aterradoramente monótono; lo importante era, en realidad, que la fachada colorida animaba a los transeúntes a ingresar y pedir información sobre sus viajes soñados.

Cuando pudiera cerrar este trato y empezar mi gestión en la dirección general, lo primero que haría sería mejorar nuestra imagen, lo decidí enseguida. Aguardé en la entrada al menos media hora, sin dejar de fijarme en el reloj en mi muñeca. Se supone que la mayoría de godines saldrían a las seis, pero en ningún momento pude verle de entre quienes escapaban del trabajo. Quizá su horario era distinto y salió antes.

Torcí los labios, rezando porque no fuera el caso. Y cuando me dije que lo mejor sería regresar al día siguiente, le encontré. Cruzaba las puertas con un andar recto, distinto a todos aquellos que mantenían la cabeza gacha y caras agotadas. No, la suya era de alguien que recién comenzaría su día.

—¡Joshua! —grité para llamar su atención.

Se detuvo y escrutó los alrededores, confundido. Conforme me acerqué, el reconocimiento pintó su semblante con una mueca de sorpresa.

—¿Ezra? —Su voz tembló un poco—. ¿Qué… haces aquí?

—Vine por ti —dije sin reparos. Si quería llegar a un consenso, lo mejor era ser directo—. ¿Por qué no vamos a cenar a algún buen sitio?



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En el texto hay: boyslove, matrimanio, comediaromatica

Editado: 22.06.2026

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