Existe una clase de personas que me hace querer vomitar el desayuno cada vez que se habla de ellos: los mirreyes. Y no hay mirrey más detestable que conozca que no sea Ezra Villalba.
Desde la universidad se la pasaba ostentando sobre el dinero de su familia, sin ocultar el poderío que poseía y malgastándolo en pedas de alta gala.
Siempre me mantuve alejado de aquel círculo que perdía el tiempo y me centré en mí mismo. Creyéndome lo suficientemente invisible, pasé días tranquilos. Entonces, ¿cómo es que ahora resulta que durante todo este tiempo se sintió atraído hacia mí? El mero pensamiento me provocó escalofríos.
Pude sentir que respiraba de nuevo luego de abrir la puerta del apartamento. El familiar aroma a lavanda fue lo primero en recibirme, así como las luces encendidas del recibidor.
—¡Josh!
Una sonrisa se desplegó en mis labios al verla.
—Hola —respondí antes de aclararme la garganta. Fer me recibió con una suave sonrisa. El mandil que llevaba puesto me dio el indicio del nuevo desastre culinario sobre la cocina y, al pisar el umbral, mis ojos lo constataron—. ¿Qué se supone que es eso?
—¡No seas malo! —me reprendió, aunque la debilidad en la última palabra evidenciaba lo poco satisfecha que se encontraba con el resultado—. Es un flan.
El líquido amarillento, que no logró cuajar nunca, escurría de la charola.
—Ah… ¿compramos uno? —sugerí con una sonrisa paciente.
Fernanda no me miró a los ojos, decepcionada por, una vez más, no conseguir el resultado esperado.
—Quería que Rober lo probara —masculló antes de quitarse el delantal.
—¿Por qué no le haces un arroz con leche? Ese te queda muy bien. —Mientras hablaba, me deshice de la creación imperfecta a través del lavabo.
—Está cansado de eso. —Pude oírla suspirar desde la sala. Rendida, había huido directamente al sofá—. Buscaré recetas más sencillas en internet. Seguro me sale mejor a la próxima.
Tras lavar los trates, me eché a su lado. Reprodujo la película de terror que estaba viendo desde antes de que yo llegara. A ella le encantaban. Incluso cuando las actuaciones eran pésimas y los sustos apenas y te hacían parpadear, Fernanda adoraba verlas; era su tipo de comedia oscura donde podía reírse y criticar. O, como a ella le gustaba llamarle: «entretenimiento para apagar el cerebro».
—Llegaste más tarde de lo usual —señaló luego de levantarse para conseguir un par de cervezas. Otro aderezo para disfrutar de la noche de películas.
—Me encontré con un antiguo compañero de la universidad —dije antes de dar el primer sorbo—. Me pidió matrimonio.
Cuando Fernanda escupió su trago me di cuenta de la dimensión del asunto. Incluso si para mí no era la gran cosa, escucharlo debía ser una gran impresión.
—¿Q-q-qué dijiste?
La diversión cambió de una mala película de terror a la patética propuesta recibida. Relaté lo sucedido; sobre cómo el tipo rico de la facultad, con quien nunca antes tuve una conversación de más de tres palabras, de repente soltó que todo ese tiempo estuvo enamorado de mí. Y, por si fuera poco, que desesperadamente pidió que me casara con él. Lo consideré un impulso sin importancia luego de ver su propio rostro atónito tras decirlo.
—¡Y lo cuentas tan tranquilo! —Fer se terminó la primera lata. Las mejillas ya comenzaban a encenderse debido a que era muy débil con el alcohol—. Pobre hombre, seguro que le costó mucho decírtelo y tú lo miraste con esta misma cara.
Me señaló. Tal como dijo, mostraba una indiferencia absoluta.
—Ni siquiera lo conozco —me limité a encogerme de hombros—. Además, ya le dejé bien en claro que no quiero nada con él.
—¿De qué modo? ¿Dónde eres tan directo y tu lengua se afila como un cuchillo?
—¿Un cuchillo? —Me sentí avergonzado—. Qué analogía más rancia.
—Pero cierta.
Alzó la segunda lata para que brindara con ella. Lo hice, todavía apenado por la manera en la que parecía conocerme tan bien, incluso las partes desagradables.
Ezra no tendría ni siquiera una oportunidad.
***
Asumí que las palabras despiadadas lo alejarían de una vez por todas, así que me quedé de piedra a la mañana siguiente. Faltando media cuadra para llegar a la entrada de la empresa, no fue difícil distinguir la figura del hombre que sostenía un enorme ramo de rosas blancas.
—Está loco —el susurro se escapó sin que pudiera contenerlo.
Otros colegas, que pasaban por ahí, no pudieron evitar echarle un vistazo al tipo con traje rojo a medida, zapatos deslumbrantes y colonia cara, quien mantenía la mirada puesta en el teléfono, como si ya llevara un buen tiempo esperando. Aun así, cada tanto alzaba la vista, esperando.
Esperándome.
Sentí el estómago revuelto y, enseguida, me coloqué el bolso sobre la cara. Era una tontería, pero esperaba poder pasar desapercibido. Claro que eso no funcionó y, contrariamente, llamó su intención justo cuando pasaba a dos metros frente a él.
—¡Joshua! —gritó con una sonrisa que casi le llegaba a las orejas.