JOSHUA
Mi tormento comenzó así: una lluvia de ramos cada mañana, con rosas de distintos colores.
Primero las blancas. No se quedaron conmigo luego de que se las devolví a Erza, pero, sin lugar a dudas, fueron el inicio de la pesadilla.
Después azules, rojas, moradas e incluso negras. Una tras otra convirtió mi tranquila vida de oficinista en un espectáculo imperdible para mis compañeros de trabajo.
El octavo día hábil fue la gota que derramó el vaso. Rosas amarillas esperaban a pocos metros de la entrada del edificio de PlanaMex. Ezra lucía un traje blanco de pies a cabeza y su peinado relamido fue cambiado por uno más casual, con algunos mechones castaños cayendo sobre la frente. No pude evitar soltar un lánguido suspiro.
—Buenos días, Josh —canturreó con aquel tono meloso que comenzó a adoptar desde el tercer día. Al quinto fue cuando se decidió a llamarme por mi apodo.
Sin importar cuántas veces me negué a recibirlas y mis constantes amenazas de poner una orden de alejamiento en su contra, Ezra no dejó de insistir en que sólo quería tener una cita conmigo y dejarme el ramo de cada mañana, que no pretendía convertirse en un acosador, sino en un pretendiente invencible. «Como en las novelas románticas», señaló al cuarto día.
A decir verdad, la molestia inicial se potenció hasta el sexto día y se apaciguó en el séptimo. El único que perdería tiempo y dinero sería él. Yo, en cambio, ya había aceptado el rumor que se extendía en mi departamento como algo propio. Escuchar preguntas sobre si peleamos o si así era siempre se convirtió en el pan de cada día, y yo me limitaba a asentir antes de sumergirme en el trabajo.
No obstante, aquella mañana lo decidí: esta sería la última.
—Dices que quieres una cita, ¿no?
Él se sorprendió por la pregunta, seguramente preparando el teatro de aquella mañana. La sonrisa se congeló un instante y los brazos que me extendían el presente flaquearon.
—¿Eh?
—¿Con una sola cita bastará?
—Ah, bueno... —Se lo pensó un momento. Supuestamente tenía la intención de conquistarme y desposarme, así que esta era la oportunidad que debía darse si quería iniciar algo. En lo que a mí respecta, esta sería mi único chance de deshacerme de él—. Sí, sí, claro.
Dibujé una pequeña sonrisa. Era tan fácil de leer.
—Bien, salgamos mañana. ¿A las cuatro te parece bien? Yo escojo el lugar.
Apenas poniéndose al corriente de la situación, Ezra asintió varias veces y yo recibí el ramo, sin ocultar la sonrisa diplomática.
—Y... ¿dónde será? —preguntó un tanto desorientado. Por supuesto, no le fascinaba la idea de que yo eligiera, acostumbrado a restaurantes de lujo o viajes por toda Latinoamérica; aun así, lo suficientemente consciente de que yo no le ofrecería algo similar.
—Es una sorpresa. Nos vemos en el kiosco que está cerca de mi casa. Ah, pero dame tu número, no quiero que te pierdas.
El intercambio fue tan rápido que apenas fue consciente de la situación y, tras cruzar las puertas de la entrada, le di una mirada de reojo por mera curiosidad: la incredulidad poco a poco se transformó en una sonrisa de ojos brillantes.
—Lo traes de un ala.
Di un respingo al escucharle hablar a mi lado repentinamente. El director de recursos humanos dio un sorbo a su café de las mañanas.
—Buenos días, señor Ortiz.
En lugar de responder, el hombre achicó la mirada y paladeó el trago reciente.
—Yo lo conozco. A tu novio, me refiero. —Finalmente despegó los ojos y me enfrentó—. ¿Trabaja en la industria?
—¡Ah! —Tragué grueso. Por un momento me olvidé de la popularidad y el poder que tenían los Villalba entre las agencias de viajes; no sólo en la ciudad, sino que en todo el país. Mentira, en todo el continente. Carraspeé antes de negar con la cabeza—. No lo sé... Es decir, trabaja en SEVA, pero...
—¡La competencia! —El señor Ortiz casi escupió en mi cara—. ¿No pudiste conseguir a alguien más? Alguien que no les lama el culo a los Villalba, por ejemplo.
—Él... no se codea con ellos —intenté salvar la situación, pero el jefe de recursos humanos negó mientras chasqueaba la lengua. Yo me encogí en el ramo.
—Sólo avísame cuando renuncies para preparar el papeleo.
Y con ello, desapareció.
Una cosa era que mi rutina se convirtiera en un circo, pero el que ponga en riesgo mi puesto en la empresa... eso ya era excesivo.
Pegué la nariz en una de las rosas y aspiré. El fresco aroma daba indicio de que eran recién cortadas. Por un instante, titubeé. Una parte de mí estaba convencida de que las intenciones de Ezra no eran del todo puras como tanto osaba presumir, pero estos pequeños detalles generaban dudas que no podían disiparse a menos de que le hiciera frente. No obstante, sin importar cuál fuese la verdad, mi determinación se mantendría intacta.
Porque mañana todo este caos terminará.
***
No puse empeño en mi vestuario. Apenas una camiseta ancha de rayas y unas bermudas que le hicieran juego. Pero no podía decirse lo mismo de Ezra Villalba, quien llegó con una camiseta caqui de mangas que llegaban por encima del codo y ceñida a la cintura bajo un pantalón de vestir blanco y unos zapatos cafés. El estilo old-money propio de personas como Ezra, así que no me sorprendió verle de esa forma.