JOSHUA
Exhalé largo y tendido, sintiendo la hoja de papel entre los dedos como si fuera un fósforo a punto de encenderse. Repasé las letras doradas una y otra vez, grabando el mensaje de manera superficial sobre mis ojos, pues mi cerebro se negaba a aceptar aquella nueva información.
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Te invitamos a
NUESTRA BODA
Roberto & Fernanda
Sábado 22 de agosto | 4:30 p.m.
En el salón María Concepción
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Un nuevo suspiro que retumbó al interior de mi habitación.
Faltaba poco para la medianoche, así que la lámpara sobre mi buró era lo único que me ayudaba a distinguir las letras.
Se va a casar. De verdad lo hará.
Giré sobre mí mismo hasta quedar recostado de lado. Desde siempre supe que Fernanda no tenía espacio en su corazón más que para su prometido, pero aun así me atreví a fijarme en ella. En cada momento tuve en claro que su trato conmigo no era distinto al de una hermana mayor con su pequeño y difícil hermanito menor, pero ¿cómo podía detener la atracción que sentía? Si hubiera un remedio para ello, lo habría tomado de inmediato. Roberto era un buen hombre y me llevaba bien con él, así que no podía siquiera intentar robarme a la novia.
—Supongo que perdí —dije tras suspirar.
***
Mi día no comenzó precisamente del mejor modo, por lo que había pronosticado huir de cualquier interacción que amenazara con volverse profunda. No obstante, como casi nunca iba bien en mi vida últimamente, eso también fracasó. Al llegar a PlanaMex, lo primero en recibirme fue el rostro alegre de Lourdes.
—¡Buenos días, compañero!
—Hola.
Quise evadirla e irme directamente a mi asiento, pero ella me persiguió con la voz escandalosa que la caracterizaba.
—Estas semanas no hemos visto a tu novio —habló cual reportera de chismes—. Debe tener asuntos que atender, eso es lo que todos pensamos. Por un momento, hubo un pequeño rumor de que se habían separado, pero eso es imposible. Se ven tan enamorados...
—Se acabó —interrumpí su perorata con dicha sentencia.
—¿E-eh? —Ella apenas pudo parpadear.
—Él y yo no somos novios.
Nunca lo fuimos, me tragué eso último. No quería hacer más leña del árbol caído.
El incómodo silencio arrasó por todo el departamento. El monótono sonido de los teclados se calló, seguido de un eco estremecedor, y sentí diversas miradas lacerar mi rostro.
—O-oh. —Volvió a emitir un ruidito, cual si su alma estuviese desprendiéndose del cuerpo.
Sin lugar a duda, aquellos que no conocieron la situación real fueron quienes mayor dolor sintieron. Respecto a mí, no había nada. Claro, al principio la marca de la humillación amargó cualesquiera que haya sido aquel sentimiento que comenzaba a nacer en el pecho. El tipo de sentimiento que no logré descifrar, pues no me dio tiempo de saborearlo siquiera. Quizá florecería la compasión por un hombre que no se rendía ante el rechazo, localmente enamorado sin ser correspondido. Por el bien de mi dignidad, decidí que se trataba de eso.
No esperé más preguntas y me dirigí a mi asiento. Quienes se sentaban a mi lado murmuraron un breve y superficial «lo lamento» antes de continuar con su labor. Pero yo mantuve mi sonrisa.
Sí, no hay nada por lo cual lamentarse.
Una vez más, la humillación se infiltró para presionar mi corazón y arrebatarme el aire, sin embargo, tras menear la cabeza, recuperé la compostura.
Las horas transcurrieron en completa calma. Centrarme en el trabajo me ayudó a espabilar cualquier pensamiento negativo.
Ah... habría sido bueno que el día terminara de ese modo, pero tuvo que llegarme aquel mensaje.
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¡Josh, te necesito!
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Exhalé en espera del resto.
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¿Verdad que serás mi caballero de honor?
Rober insiste en que estarás de su parte, pero ¡no es justo!
Fuiste mi amigo antes que de él.
¿Verdad? ¿Verdad?
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Me separé de la computadora para reclinarme en el asiento giratorio con un dolor agudo en el cuello. Solté todo el aire contenido y apreté el tabique de mi nariz con los dedos.
—Tener un corazón roto en silencio es horrible —murmuré para mí mismo, mas las agudas miradas de mis vecinas me hicieron saber que escucharon. Avergonzado, cubrí la cara con ambas manos y me preparé para regresar a casa.
Imaginé recostarme tan pronto pusiera un pie en la habitación, aliviado porque Fernanda estaría ocupada con los preparativos de la boda o en una cita con su prometido. Sin embargo, aquella ligera calma que llegó al imaginarme a solas y descansando, fue brutalmente arrancada cuando me percaté de la silueta que esperaba por mí en la entrada de la compañía.