JOSHUA
A tres días de nuestra calamitosa reunión, no esperaba recibir una llamada suya, mucho menos a medianoche. Al no tener el número registrado, había decidido ignorarlo, convencido de que se trataba de un molesto spam. Sin embargo, el repiqueteo continuó al menos unas ocho veces y solo hasta que me sentí lo suficientemente molesto, es que decidí responder:
—¿QUÉ?
El silencio posterior me obligó a abrir los ojos por completo para releer el número. Sin poder reconocerlo, volví a pegar el dispositivo a mi oreja y fue entonces cuando percibí una pesada respiración, acompañada de ligeros jadeos.
—Maldito pervertido... —siseé, apretando la mandíbula hasta que dolió—. TE VOY A DENUNCIAR, HIJO DE TU PU...
—Josh.
Mi voz se cortó al reconocer su voz; luego, la sorpresa inicial se vio reemplazada por una ira renovada.
—¿Ezra? ¿Estás llamándome en medio de...? No importa que te conozca, voy a denunciar tu maldito número.
—Yo... —Como si no me hubiese escuchado, continuó hablando—. Estoy afuera de tu casa.
—¿Qué?
Sentí la punta de los dedos enfriarse ante la declaración, antes de que un escalofrío viajara desde la nuca hasta la punta de los pies. Reaccioné tardíamente y me levanté de un salto. No fui consciente del frío de muerte que hacía a esas horas hasta que me detuve para abrir la puerta. Una brisa tan helada como abrir un congelador me hizo estremecer.
—De verdad estás... —me callé, todavía atónito.
Ezra Villalba temblaba de pies a cabeza, abrazándose a sí mismo mientras mantenía una tranquila sonrisa. Su único abrigo eran unos pantalones chándal con una camiseta delgadísima y crocs negros muy sucios.
—Buenas noches —su voz temblorosa me obligó a devolver la mirada al rostro aparentemente sereno, cuando por fin me di cuenta del enrojecimiento evidente en la frente, mejillas y nariz.
—¿Qué haces aquí? ¡Y con estas pintas!
Conduje mi mano a su frente y, mientras él dejó caer su peso en la palma, yo detecté la ligera fiebre.
—Ah, estás calentito —musitó.
Retiré la mano al instante para tomarlo del brazo y obligarlo a entrar al departamento.
—Juro que nunca he conocido a alguien tan descerebrado —murmuré al avanzar, para después volverme hacia él—. Y tú, chitón. No quiero que Fer se despierte.
La suave sonrisa desapareció ante el mandato.
—Otra vez esa mujer —alcancé a oír su protesta, mas decidí ignorarla.
Pude respirar con normalidad una vez que ingresamos a mi habitación y busqué en el cajón del buró hasta toparme con unas pastillas para la fiebre.
—Espérame aquí, te traeré un vaso con agua —indiqué una vez le ofrecí el medicamento.
Asintió, obediente, y yo quise matarlo.
—¿Qué chingados hacías allá afuera? —pregunté una vez regresé, mirándole sin relajar el gesto mientras él se tomaba la pastilla—. No, ¿cuánto tiempo estuviste ahí? Como un perro acosador.
Ante mis murmullos apremiantes, él respondió con una ligera sonrisa.
—Es que... me daba vergüenza llamar, así que lo pensé.
—¿Por cuánto tiempo?
—Unas... ¿tres horas, tal vez?
Dejé caer la mandíbula ante la impresión. No sólo por el tiempo invertido, sino porque ninguno de los vecinos nos advirtió o siquiera se quejó al respecto. Solté el aire caliente de los pulmones. No serviría de nada molestarme; Ezra ya estaba aquí.
Pero no dejaba de ser agotador.
Eché la cabeza para atrás y exhalé. Me encontraba sentado en la cama y de brazos cruzados, al tiempo que él ocupaba la silla acolchada de mi mesita de noche.
—La verdad es que yo —habló quedito, con la mirada puesta en sus manos inquietas— vine a disculparme.
—¿Ah?
—Lo que te hice... no estuvo nada bien. Actué egoístamente, sin pensar ni un momento en cómo te sentirías. Lo siento.
Cada palabra fue pronunciada con un profundo pesar, de tal modo que me hizo creer, al instante, cuán sincero era. Yo, que era bueno intuyendo las intenciones de los demás, no pude encontrar una pizca de engaño en ellas. Todo el estrés acumulado pronto se vio reemplazado por una ligera vergüenza.
—No lo hiciste.
—¿Qué? —Por fin, enfrentó mi mirada.
—Sea por una cosa o la otra, no lo hiciste. No me heriste —dije—. Da igual.
Sin importar cuán indiferente me mostrara, Ezra meneaba la cabeza.
—Todo lo que hice... —Bufó y vaciló un instante—. Lo hice para vengarme de un muerto. —Sus firmes palabras me descolocaron un segundo—. Es patético, lo sé, pero estaba tan furioso con mi padre que no medí las consecuencias de lo que estaba haciendo. —Una sonrisa triste adornó sus labios—. Pero, inclusive cuando estaba centrado en ello, no me di cuenta de que estaba cayendo en mi propia trampa.
Mis cejas fruncidas se inclinaron más ante aquella declaración.