EZRA
Martín analizó cada rincón con los ojos brillantes antes de soltar un silbido.
—Te conseguiste un buen lugar —aseveró sin dejar de contemplar la sala, donde una pantalla enorme ocupaba la mayor parte de la pared. Después, escrutó la cocina y el comedor, de sobrios tonos grises.
—Deja de decir eso cada vez que vienes, me estresa —dije desde mi cómodo lugar en el sofá. Pausé el partido por este imbécil que no paraba de halagar el departamento que adquirí tres meses atrás.
—Es que es demasiado bueno... no te lo mereces.
—Gracias —ironicé antes de continuar con lo mío.
Escuché las pisadas de Martín merodeando por los alrededores y de reojo pude ver que examinaba las pinturas recién empotradas en la pared. No era fanático de las obras de arte, pero las paredes coral necesitaban una ligera chispa llamativa.
—Esta me da miedito.
Señaló el cuadro más colorido donde una cara deforme y con tonalidades rojas, amarillas y anaranjadas parecía derretirse.
—Estaba en oferta —dije con los hombros encogidos, atento cuando el comentarista del partido gritó «gol» por error, pues el balón impactó contra la esquina de la portería y salió volando. Maldije por lo bajo.
—Ugh, ¿desde cuándo te fijas en las ofertas? —Como no le respondí, se acercó al sofá y me observó sin pestañear. Lo supe porque sentí la mirada pesada hasta calentar mi oído.
—¿Qué? —Me rasqué la oreja.
—¡Oye! —gritó para que despegara la vista de la pantalla. Mantenía las cejas bien fruncidas y las manos en jarra, mientras dudaba antes de coger aire—. Joshua y tú... ya no hay nada, ¿verdad?
Exhalé largo y tendido. De por sí, mi humor no era del todo bueno por la escandalosa presencia de Martín... No, estaba mal desde hace trece semanas, un poco antes de conseguirme este lugar. Como no quería ser grosero con Cata, le dije que lo mejor sería irme un tiempo de casa, pero que la visitaría algún día. Y, hasta el momento, sólo fui una vez, pero no me quedé por más de dos horas.
—¡Pregunto en serio!, no por chingar.
Meneé la cabeza, rendido.
—¿Eso significa que renunciaste a la herencia definitivamente?
—Quién sabe. Después de todo, me va mejor como un vago, ¿no crees?
—Hasta lo dudas.
Le eché una mala mirada antes de sonreír, sobre todo porque aún no quería hablar sobre mis planes a futuro con este sujeto. Sabía de antemano que enloquecería en cuanto hablara al respecto.
—A menos que quieras casarte conmigo —le dije y pude ver cómo su rostro palidecía en el acto.
—No, gracias. Amo mucho a mi esposa.
—Tch, yo podría mantenerte mejor.
—No digas cosas tan asquerosas —habló con una seriedad tan impresionante que logró sacarme una carcajada.
Tal como lo dijo, renuncié a mi posición a la herencia y Catalina se hizo cargo. Ella aseguraba que comenzaba a adaptarse, pero yo no lo creía del todo. Aun así, no me preocupé demasiado porque la secretaria del viejo seguía pendiente para ayudar, en cualquier caso. Quizá la mejor opción de liderar sería aquella mujer cincuentona.
La conversación murió en cuanto el equipo rival metió el primer gol y yo solté una maldición. Martín se limitó a reírse de mí, mientras se tomaba un trago de la cerveza que, sin darme cuenta, robó de mi nevera.
Incluso si hubiese preferido quedarme a solas, no puedo negar que la presencia de alguien más me ayudaba a sentirme mejor, para no pensar en cómo fui un imbécil con el único hombre del que en verdad me había enamorado.
Ah, aceptarlo una y otra vez sólo hace que duela más.
Al término del partido, eché la cabeza hacia atrás. Habría deseado tener un cigarro en ese mismo instante.
—Ya es hora.
Mi ceja se elevó cuando eché un vistazo a mi lado para encontrarme con que Martín no paraba de observar la pantalla de su celular con gesto severo. Tecleó un par de veces antes de atreverse a mirarme.
—Me tengo que ir.
—¿Tan temprano? —pregunté porque de verdad me pareció extraño. Cada vez que venía no se iba hasta que el sol estuviera a punto de desaparecer. Y ahora no era ni media tarde.
—Tengo cosas que hacer. —Se levantó de un salto, enérgico—. Y tú... qué malas pintas llevas.
Fruncí el ceño ante su inesperada crítica y, casi por reflejo, analicé la camiseta manchada con una gota de cátsup. ¿Qué había comido el día anterior?... Unas sincronizadas. Muy buenas, por cierto.
Meneé la cabeza para espabilar.
—¿Qué tiene de malo mi ropa?
—Te vas a arrepentir por ser un vago —me señaló con el dedo mientras se acercaba a la puerta principal. Aunque yo no deseaba levantarme, los modales básicos firmemente implementados en mi cabeza hicieron que el cuerpo actuara en automático.
—Tú nunca te has arrepentido, incluso después de casarte...
Pero incluso con mi defensa, él no abandonó la sonrisa burlona en los labios.