Han pasado cuatro años desde aquella lluvia primaveral que pareció sellar una paz frágil. Cuatro años desde que Shiara Ktasaros decidió dejar de perseguir fantasmas y construir, ladrillo a ladrillo, una vida nueva sobre las ruinas de la antigua.
El pequeño Alessandro tiene ahora seis años. Sus rizos castaños aún se rebelan contra el peine, pero sus ojos grises ya no solo reflejan la curiosidad infantil; a veces, en cierta luz, muestran una perspicacia inquietante, como si en su memoria celular latieran ecos de historias nunca contadas. Ha empezado a hacer preguntas. Preguntas sobre padres, sobre ausencias, sobre por qué no tienen fotos de su papá en las paredes del ático ampliado que ahora llaman hogar.
Shiara ha mantenido su promesa. Ha construido una red de guarderías y centros comunitarios a través de la fundación que lleva su nombre—el nombre Ktasaros, que una vez fue sinónimo de poder y terror, ahora es asociado con esperanza en ciertos círculos modestos pero significativos. Donato, más frágil pero con una paz genuina en sus ojos, se ha convertido en el narrador oficial de cuentos fantásticos para su nieto, historias donde los villanos a veces se redimen y los héroes llevan cicatrices. Luciano sigue siendo el pilar silencioso, la sombra protectora que ahora enseña a Alessandro a montar en bicicleta y, cuando Shiara no mira, le muestra movimientos básicos de defensa personal "por si acaso".
La guerra, creían, había terminado. Habían enterrado a Leónidas Ktasaros en el altar de la memoria y habían aprendido a vivir con el fantasma.
Pero los fantasmas, cuando son reales, no permanecen quietos.
La primera grieta apareció en forma de un sobre anónimo, sin remitente, entregado en la puerta de la fundación. Dentro, una sola fotografía en blanco y negro, granulada, tomada desde lejos: un hombre sentado en una terraza con vistas a un fiordo noruego, perfil noble, cabello más largo de lo que Leónidas solía llevar, cubierto parcialmente por una manta sobre sus piernas. A su lado, una figura femenina, rubia y elegante, le alcanzaba una taza. En el reverso, una sola palabra escrita a mano: Despertando.
Shiara quemó la foto. Literalmente. Observó cómo las llamas consumían la imagen en el fregadero de la cocina, respirando hondo para calmar el latido salvaje de su corazón. Una provocación, se dijo. Un truco de Valentina, o de algún enemigo remanente del pasado. No le dijo nada a nadie. No quería revivir la esperanza tóxica, ni el dolor, ni la guerra que había aprendido a dejar atrás.
Pero luego llegó el segundo mensaje. Un paquete dirigido a Alessandro. Dentro, un antiguo sonajero de plata, una joya familiar de los Ktasaros que Shiara creía perdida para siempre. Acompañando el objeto, una nota impresa: Él empieza a recordar. Fragmentos. Sueña con un niño que llora. ¿Es tu hijo el que busca a su padre en sus pesadillas?
Esta vez, el miedo fue más fuerte que la determinación. Esta vez, compartió la evidencia con Luciano, cuyos ojos se endurecieron como acero. Donato, al ver el sonajero, palideció como si hubiera visto un espectro.
—No es Valentina —murmuró el viejo Donato, sus manos temblorosas acariciando la plata fría—. Su estilo no es este. Esto es... una intrusión. Alguien más está jugando. Alguien que sabe dónde está él y que sabe dónde estamos nosotros.
La paz se resquebrajó.
Y entonces, hace tres días, ocurrió lo imposible. El sistema de seguridad de la fundación, diseñado por uno de esos hackers legendarios que Shiara alguna vez contrató, fue vulnerado. No para robar, sino para entregar un mensaje. Un archivo de audio, limpio, claro, inconfundible.
Una voz. Rota, ronca, como si no hubiera sido usada en años, arrastrando las sílabas con un deje extraño, pero innegablemente suya. La voz de Leónidas Ktasaros.
Solo decía dos frases, pronunciadas con una confusión desgarradora:
"Shiara... el nombre... me quema en la niebla."
"¿Dónde... está mi hijo?"
El archivo estaba etiquetado con coordenadas y una fecha: un lugar en el archipiélago de Lofoten, Noruega. Dentro de un mes.
Ahora, Shiara mira a Alessandro dormir, sus pestañas oscuras recostadas sobre sus mejillas, el sonajero de plata puesto con cuidado en su estantería de tesoros junto a conchas y piedras pintadas. La lluvia vuelve a golpear los cristales, pero ya no es limpia ni primaveral. Es la lluvia de antes, la que anuncia tormenta.
Todas las viejas preguntas regresan, acrecentadas por nuevas y más urgentes: ¿Quién está enviando los mensajes? ¿Es Leónidas realmente "despertando", o es una trampa elaborada de Valentina? ¿Y si es real? ¿Qué queda del hombre que fue? ¿Un monstruo, un amnésico, un extraño... o un padre?
La decisión que creía haber tomado para siempre dejar atrás la búsqueda, vivir en el presente se desmorona ante el sonido de esa voz. Porque ahora no se trata solo de un fantasma del pasado. Se trata de un hombre que podría estar vivo, preguntando por su hijo. Y de un niño que pronto exigirá respuestas que ya no podrán ser solo cuentos. La guerra no había terminado. Solo había estado durmiendo. Y algo o alguien ha decidido despertarla.