El salón era un vasto vacío de vidrio y acero suspendido sobre el abismo. El suelo, de cristal templado, ofrecía una vista vertiginosa del fiordo noruego, cuyas aguas gris-azuladas se desgarraban contra las rocas trescientos metros más abajo. No había cuadros en las paredes blancas e inmaculadas, solo la cambiante pintura del cielo ártico y la luz oblicua del sol de verano, que a medianoche apenas rozaba el horizonte antes de comenzar de nuevo su ascenso.
En el centro de este vacío calculado, en un sillón de líneas modernas que parecía más una escultura que un mueble, estaba sentado Leónidas Ktasaros.
No era el Leónidas de los trajes impecables y la presencia electrizante que podía llenar cualquier sala. Este hombre llevaba un suéter de cachemira negra y pantalones sencillos. Estaba más delgado, casi esculpido por el viento y la inactividad. Su cabello, antes siempre perfecto, le caía sobre la frente en ondas castañas más largas, con algunas hebras de plata en las sienes que no estaban allí antes. Pero era su rostro lo que causaba el mayor impacto: la estructura ósea, aquella belleza formidable, seguía ahí, pero despojada de su intensidad característica. Sus ojos, del mismo gris tempestuoso, miraban el fiordo con una extraña lejanía, como si observara un sueño que no lograba entender.
Valentina Sterling entró en la sala sin hacer ruido, sus tacones altos absorbidos por la gruesa alfombra blanca que demarcaba la zona de estar. Llevaba un vestido de lino color helio, un contraste deliberado con la austeridad del entorno y con la oscuridad de él. En sus manos sostenía una bandeja de plata con una tetera y dos tazas de porcelana fina.
—El té de hierbas del doctor Eklund —anunció, su voz un instrumento melodioso y controlado que cortó el silencio como un diamante corta el vidrio—. Dijo que te ayudará con los dolores de cabeza.
Leónidas no se volvió. Continuó mirando el fiordo.
—Los dolores de cabeza son lo de menos —dijo, su voz era un eco áspero de lo que fue. Tenía un arrastre ligero, una falta de fluidez, como si las palabras fueran objetos extraños que debiera sacar de un cajón olvidado—. Es lo que los precede lo que importa. Los… fragmentos.
Valentina colocó la bandera con una precisión milimétrica en la mesa baja de cristal. Se sentó en el sillón frente a él, cruzando las piernas con elegancia.
—Fragmentos de sueños, querido. Nada más. El cerebro, cuando se repara, a veces dispara sinapsis aleatorias. Imágenes sin contexto. Como un ordenador que se reinicia y muestra fotos de un disco duro antiguo y dañado.
—¿Y el nombre? —preguntó él, girando finalmente la cabeza hacia ella. Su mirada se clavó en la de ella, y por un instante, un destello de la antigua fuerza, de aquella capacidad de perforar el alma, brilló en sus ojos—. ¿Shiara? ¿Eso también es un archivo corrupto?
Valentina no parpadeó. Había entrenado para este momento durante cuatro años. Había reconstruido su mente, capa a capa, como se restaura una pintura dañada. Había pintado sobre el lienzo original, suavemente, con paciencia infinita. Pero la pintura original, al parecer, tenía una textura tenaz.
—Shiara era la enfermera principal en la clínica de Suiza —dijo, vertiendo el té con una mano perfectamente estable—. La que te cuidó durante los primeros doce meses, cuando estabas en estado vegetativo. Te hablaba. Leía para ti. Los doctores dicen que a veces, en esos estados, aunque no haya consciencia, el cerebro registra sonidos. Nombres. Ella fue una presencia constante. Una voz. Es comprensible que tu mente, al despertar, asocie esa voz con… algo. Con una sensación. Quizás con incomodidad. Dijiste que el nombre te quema. Tal vez te trae recuerdos del dolor, de la confusión de esos primeros despertares.
Leónidas aceptó la taza que ella le ofrecía, pero no bebió. La sostuvo entre sus manos, como si buscara calor en la porcelana.
—Es una explicación muy lógica, Valentina.
—La verdad suele ser lógica.
—Pero no completa —él dejó la taza en la mesa, sin probarla—. Anoche soñé con un niño. Un niño pequeño, con rizos… rizos castaños. Lloraba. Y en el sueño, yo… yo lloraba también. O algo dentro de mí se desgarraba. No era la pesadilla abstracta de la caída, del coche desbarrancándose. Era específico. Era real. ¿Quién era ese niño?
El corazón de Valentina se convirtió en un puño de hielo en su pecho, pero su rostro era un lago en calma. Se inclinó hacia adelante, su gesto lleno de una compasión estudiada.
—Leónidas, cariño, el mayor trauma de tu vida, antes del accidente, fue la pérdida. Tu padre, tu madre. Tu obsesión por la familia, por un legado. Tu mente, ahora, intenta crear ese legado. Un hijo. Es un deseo profundo, arraigado, que se manifiesta como una imagen onírica. El psiquiatra lo explicó. Es un símbolo, no un recuerdo.
Él se levantó, con un movimiento algo torpe, y caminó hacia la pared de cristal. Apoyó la frente contra el frío vidrio.
—Me hablas de símbolos, de archivos corruptos, de enfermeras. Me cuentas una historia de mi vida, Valentina. Una historia de poder, de negocios, de una ambición fría. De nuestra… asociación. Nuestro compromiso. Una historia que tiene sentido. Que encaja con este lugar, con esta… estética de vacío controlado.
Hizo una pausa, su aliento empañó el cristal.
—Pero ¿por qué no siento nada al escucharla? ¿Por qué cuando me muestras fotos de nuestros viajes, de nuestras cenas, veo a un extraño sonriendo al lado de una mujer hermosa? Veo las pruebas, pero no siento la verdad. Y en cambio, estos fragmentos… el nombre, el niño… aunque sean dolorosos, aunque me quemen… son lo único que siente real.