La única conexión que tienes con un pasado verificable. Lo demás… son fantasmas. Y aferrarse a fantasmas impedirá que construyas un futuro.
Él cerró los ojos, una mueca de dolor surcando su rostro.
—¿Y si los fantasmas son lo único real que me queda?
—Entonces estarás condenado a vivir entre sombras —dijo ella, su voz perdiendo por primera vez un ápice de su control, endureciéndose como el acero de las vigas que sostenían la casa—. Y yo no he invertido cuatro años de mi vida, he gastado una fortuna en médicos, en terapias, en esto —hizo un gesto amplio que abarcaba la casa de cristal— para que vivas entre sombras. Te saqué de la oscuridad. Te reconstruí. Te traje aquí, lejos del ruido, del caos, de las personas que solo querían explotar lo que quedaba de ti. ¿Y ahora dudas de mi palabra? ¿Prefieres los ecos de un sueño a la mujer que está aquí, contigo, en la carne?
Leónidas abrió los ojos. Los giró hacia ella. Los estudió, como si buscara una grieta en el mármol perfecto de su argumento.
—Recibiste un mensaje ayer —dijo, cambiando abruptamente de tema—. En el terminal seguro. Te vi reaccionar. No fue el doctor Eklund.
Valentina sintió un escalofrío. Lo había visto. Aún observaba. Aún era peligrosamente perceptivo.
—Fue el agente de seguridad —mintió con fluidez—. Un informe de rutina sobre un intento de intrusión en el perímetro. Un periodista curioso, tal vez. Nada de qué preocuparse.
—¿Un periodista? ¿Aquí? En medio de la nada noruega —su tono era plano, pero cargado de escepticismo.
—Tu desaparición fue… notoria, Leónidas. Aunque tu imperio se haya desvanecido, tu leyenda persiste. Para algunos, eres el fantasma de los negocios. Un mito. Los mitos atraen a los cazadores de sombras.
Él asintió lentamente, pero no parecía convencido. Se alejó de la ventana y regresó a su sillón, pero su postura ya no era la de un paciente resignado. Era la de un hombre que empezaba a ejercitar músculos atrofiados: los músculos de la sospecha.
—Quiero ver los informes médicos completos —dijo, sin mirarla—. Los de Suiza. Los de la transferencia aquí. Todo.
—Por supuesto —respondió Valentina demasiado rápido, y lo supo—. Pero el doctor Eklund recomienda que la exposición a ese período, a las imágenes clínicas, puede ser retroceso traumático. Debemos ir paso a paso.
—Mi mente ya está en retroceso, Valentina —replicó él, con una frialdad repentina que hizo que ella contuviera la respiración—. Retrocede hacia algo que tú insistes en llamar fantasmas. Quizás necesito enfrentarlos para entender qué son. O para disiparlos. Trae los informes. Mañana.
Fue una orden. La primera orden verdadera que le daba en cuatro años. No la petición de un convaleciente, sino la instrucción clara de un hombre acostumbrado a mandar.
Valentina inclinó la cabeza en una sumisión perfecta.
—Como desees.
Mientras salía de la sala, su andar era tan elegante y seguro como siempre, pero su mente trabajaba a toda velocidad. El sonajero. La foto. El audio. Alguien estaba jugando un juego muy peligroso, acercándose desde dos frentes: sembrando dudas en Leónidas y enviando pruebas a Shiara. Era una pinza. Y la habían forzado a acelerar su plan.
Llegó a su estudio, una habitación blindada detrás de una puerta disimulada en el panel de madera de teka. Cerró la puerta y activó el sistema de interferencia. Luego, marcó un número desde un terminal encriptado.
La línea se conectó después de varios tonos.
—Ha dado una orden —dijo Valentina, sin preámbulos—. Quiere ver toda la documentación. Los informes falsos no resistirán un escrutinio detallado si insiste. Sabe que algo no encaja. Los "fragmentos" se están volviendo más persistentes.
La voz al otro lado era masculina, neutra, con un ligero acento eslavo.
—El sujeto ha sido notificado. El encuentro está programado. Pero es una variable impredecible. Usted pidió que no se usara la fuerza, que fuera orgánico. Eso requiere tiempo que quizás ya no tengamos.
—No puede ser orgánico ahora —susurró Valentina, mirando por la ventana de su estudio hacia la sala de cristal, donde la figura solitaria de Leónidas seguía sentada, mirando al vacío—. La situación ha cambiado. Nuestro amigo ha forzado nuestra mano. Procedan con la Opción Gamma. Pero recuerden: él debe venir por voluntad propia. O lo más parecido a eso que podamos lograr. El daño neurológico es nuestra cobertura, pero no puede mostrar signos de coerción física. ¿Entendido?
—Entendido. La Opción Gamma se ejecutará en setenta y dos horas. ¿Y la otra parte? ¿La mujer y el niño?
Valentina apretó los puños. Shiara. Había tenido la oportunidad de desaparecer, de vivir su pequeña vida mediocre con el bastardo. Pero no. Alguien la estaba azuzando, dirigiendo su atención hacia el norte.
—Vigílalas —ordenó, cada palabra cargada de veneno—. Pero no actúen. No todavía. Si ella viene… si es tan tonta como para seguir las migajas de pan que alguien está dejando… entonces se resolverán dos problemas de una vez. En el mismo lugar remoto. En el mismo momento.
Colgó. Se acercó a un gabinete y extrajo un grueso dossier. En la portada, una foto antigua de Leónidas, tomada años atrás, su mirada intensa y despiadada. Ella pasó los dedos por la imagen.