Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 3

El viento del fiordo soplaba con un silbido agudo y persistente, filtrándose por los mínimos resquicios de la casa de cristal. Era un sonido que ya formaba parte del silencio de Leónidas. Pero esa noche, el silbido parecía articular palabras, susurrar el nombre que lo atormentaba.

No podía dormir. Las pastillas que Valentina dejaba cada noche en su mesita para los espasmos neuronales, para un descanso reparador permanecían intactas dentro de su frasco de opalino. Una desconfianza instintiva, un resto de su antigua paranoia quizás, le impedía tomarlas. En su lugar, deambulaba por las estancias vacías de la fortaleza moderna, sus pasos amortiguados por las alfombras de lana islandesa.

Llegó a la biblioteca, una habitación que Valentina había creado para él, llena de volúmenes encuadernados en piel sobre estrategia empresarial, historia del arte y filosofía estoica. Libros que, según ella, reflejaban sus antiguos intereses. Los tomaba, pasaba las páginas, buscando una chispa de reconocimiento, una anotación al margen, una marca de uso. Las páginas estaban impecables. Como si nadie las hubiera leído jamás.

Frustrado, se dirigió hacia el ala oeste de la casa, una zona que siempre estaba cerrada con una puerta de seguridad biométrica. Valentina decía que allí estaban los servidores, el centro nervioso de su seguridad y sus comunicaciones, y que su acceso estaba restringido por protocolo. Pero esa noche, la puerta, hecha del mismo acero mate que los marcos de las ventanas, estaba entreabierta. Un fino resplandor azul se filtraba por la rendija.

El corazón de Leónidas, un órgano que a menudo sentía latir con una pesadez ajena, dio un vuelco repentino. No era curiosidad lo que lo impulsó a acercarse y empujar suavemente la puerta. Era algo más profundo, un instinto de cazador que emergía de las brumas.

La habitación no albergaba servidores. Era un estudio, pero de un tipo distinto al suyo. Las paredes estaban cubiertas por pantallas táctiles apagadas. En el centro, una mesa curva de acero sostenía tres terminales con múltiples monitores. Y en una de las paredes, una gigantografía en alta definición dominaba el espacio: era una foto aérea de un ático en una ciudad mediterránea. La imagen era clara, tomada con un teleobjetivo poderoso. En el balcón, apenas visibles, se distinguían dos figuras: una mujer de pelo recogido que sostenía en brazos a un niño pequeño.

Leónidas se acercó como un sonámbulo. El aire en la habitación era más frío, circulado, con olor a ozono y a metal. Sus ojos se clavaron en la imagen. La mujer… no la reconocía. O sí. Había algo en la línea de su mandíbula, en la curva de sus hombros bajo el suéter holgado, que provocaba un eco sordo en su pecho. Pero el niño…

El niño tenía la cabeza apoyada en el hombro de la mujer, sus rizos castaños revoltosos capturados por el viento. No podía verle el rostro, pero la postura, la forma de la cabeza…

Un dolor agudo y brillante le atravesó la sien izquierda. Se llevó una mano a la cabeza, conteniendo un gemido. Ante sus ojos cerrados, no apareció la oscuridad, sino un fogonazo: unos ojos grises, iguales a los suyos pero llenos de lágrimas, mirándolo desde una cuna. Un olor a talco y leche. El sonido gutural y desesperado de un llanto que era suyo y ajeno al mismo tiempo.

Se tambaleó, agarrándose al borde de la mesa de acero. Cuando abrió los ojos, la imagen de la pared seguía allí, inmutable, un testimonio mudo de una realidad que Valentina negaba.

—¿No logras dormir?

La voz de Valentina, serena pero con un filo de tensión, sonó a sus espaldas. Leónidas no se volvió. Siguió mirando la fotografía.

—¿Qué es esto, Valentina?

Ella entró en la habitación. Iba envuelta en un batín de seda color plata, su pelo rubio suelto sobre los hombros. Parecía una aparición, pero sus ojos escrutaban la escena con rapidez: la puerta abierta, él frente a la evidencia.

—Es mi trabajo —dijo, su voz adoptando un tono de explicación paciente, como si hablara con un niño—. Vigilar. Protegernos. Tú eras, eres, un hombre muy poderoso. Tu desaparición generó… ondas. Algunas personas no han aceptado tu retiro. Algunas podrían intentar localizarte. Para explotarte. Para lastimarte.

—¿Y esa mujer? ¿Ese niño? ¿Son una amenaza? —preguntó él, señalando la foto con un dedo que temblaba levemente.

Valentina se acercó más. Su perfume, algo frío y floral, invadió el espacio entre ellos.

—Esa mujer es Shiara Rossi. La antigua enfermera de la que te hablé. Después de que te trasladaron de Suiza, ella… desarrolló una obsesión malsana. Creía tener algún tipo de vínculo contigo. Intentó contactar a los abogados, reclamar derechos de visita. Incluso, en su delirio, llegó a afirmar que el niño era tuyo.

Leónidas sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable. Tuyo. La palabra resonó en el hueco de su memoria como una campana.

—¿Es posible? —la pregunta salió de sus labios antes de que pudiera detenerla, cargada de una esperanza brutal y primitiva.

Valentina soltó un suspiro, una mezcla de pena y exasperación.

—Leónidas, cariño, ¿en qué momento de la historia que te he contado habría tenido cabida una relación con una enfermera? Tú y yo estábamos comprometidos. Construíamos un imperio. Estabas en la cima de tu poder, de tu claridad mental. ¿Crees que habrías tenido un romance clandestino, un hijo, con una empleada de una clínica, y que yo no lo habría sabido? ¿Que tú no lo recordarías, al menos como un hecho, aunque no con emoción?




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