El insomnio se había apoderado de Leónidas. Al amanecer, se encontró con Erik, el guardaespaldas, en el corredor.
—Erik —dijo Leónidas, con una voz que intentaba sonar firme—. La tormenta de anoche dañó una ventana en el ala norte. Hay vidrios rotos. Valentina quiere que lo revises.
Erik frunció el ceño. —No he recibido ninguna alerta del sistema.
—Está en el punto ciego, junto a los arbustos. Mejor que lo revises antes de que empeore el clima.
Erik dudó solo un momento. —Voy ahora mismo.
Cuando el guardaespaldas se marchó, Leónidas entró en el pequeño despacho de seguridad. El mapa que Valentina había mostrado estaba en una pantalla. El punto que representaba a Shiara seguía en la ciudad mediterránea, pero otro punto ahora estaba estático en Zúrich.
"Ella está en movimiento", murmuró para sí mismo. "Y Valentina lo sabe."
Tomó un llavero con un dispositivo USB y lo guardó.
Horas después, durante su sesión con el doctor Eklund, Leónidas puso en marcha su plan.
—He estado pensando en patrones —dijo Leónidas—. Como los que me mostrabas.
—Es un buen ejercicio cognitivo —respondió Eklund, sacando su portátil—. Te traje nuevas secuencias.
Mientras Eklund introducía su contraseña, Leónidas dejó caer deliberadamente un abrecartas.
—Perdón —murmuró, inclinándose para recogerlo.
—¿Qué es eso? —preguntó Eklund.
—Un recuerdo, creo. Lo encontré en la biblioteca. Me hacía sentir... conectado.
Eklund asintió comprensivamente y volvió al portátil. No vio cómo Leónidas deslizaba el dispositivo USB en un puerto trasero.
Al final de la sesión, Eklund parecía satisfecho. —Hoy has estado particularmente lúcido, Leónidas. Es un buen signo. Hablaré con Valentina sobre ajustar la medicación.
Esa noche, desde un conducto de ventilación, Leónidas escuchó a Valentina hablar por teléfono:
"—Sí, entiendo. Pero la orden sigue en pie. Si ella aborda el vuelo a Oslo, actúen durante la escala en Copenhague."
Una pausa.
"—No, el niño debe sobrevivir. Es... Muy importante. Podría ser útil más adelante. Pero la mujer es prescindible. Un accidente. Un fallo cardíaco, algo creíble."
Otra pausa.
"—En cuanto a Leónidas, el protocolo de reubicación está listo. Partiremos mañana al amanecer. Y esta vez, la dosis será doble. No puedo permitir más... episodios de claridad."
Leónidas retrocedió silenciosamente. Ahora lo sabía todo.
Poco después, mientras intentaba escapar, las luces se encendieron. Valentina estaba al pie de la escalera, con una jeringa en la mano.
—No puedes irte, Leónidas —dijo, su voz suave pero fría—. No estás bien. Necesitas descansar.
—Ya he descansado suficiente, Valentina. Demasiado, quizás.
—Esa mujer te ha envenenado la mente con sus fantasías. Pero yo te cuidaré. Como siempre lo he hecho.
—¿Cuidado? —Leónidas bajó un escalón—. Lo que tú llamas cuidado, yo lo llamo cautiverio.
Valentina subió otro peldaño. —Todo lo que hice, lo hice por ti. Por nosotros. ¿Crees que fue fácil? Verte reducido a eso, a un vegetal en una cama de hospital. Reconstruirte. Crear esta vida...
—¿Para que pudiera sanar? ¿O para que olvidara? —interrumpió Leónidas.
—El hombre que eras no habría querido ese lastre. Un niño con una enfermera... era una debilidad. Te habría destruido.
—Quizás —dijo Leónidas, bajando otro escalón—. Pero es mi debilidad. Mi error. Mi responsabilidad.
—Te daré una última oportunidad —susurró Valentina, mostrando la jeringa—. Vuelve a tu habitación. Descansa. Mañana empezaremos de nuevo, en un lugar nuevo. Olvidaremos todo esto.
—No hay lugar suficientemente lejano, ni pastillas suficientemente fuertes, para hacerme olvidar que tengo un hijo.
Valentina atacó entonces, rápida y eficiente. Pero Leónidas esquivó la aguja, atrapando su muñeca.
—¡Suéltame! —exigió Valentina, forcejeando.
—¿Para qué? ¿Para que me duermas y me lleves a otro lugar? ¿Para que asesines a la madre de mi hijo?
—¡No es tu hijo! ¡Es una obsesa, una enfermera que se aprovechó de ti cuando estabas vulnerable!
Lucharon en la escalera. La jeringa cayó, rodando escalones abajo.
—¡Sin mí, no eres nada! —jadeó Valentina—. ¡Volverás a ser el hombre vacío de la clínica!
Leónidas la miró fijamente. —Prefiero ser nada con la verdad, que algo con tus mentiras.
La soltó. Valentina cayó varios escalones antes de quedar tendida, inconsciente.
Leónidas corrió hacia afuera, hacia la tormenta. La lluvia lo azotó al salir. Corrió hacia el muelle, desató una lancha rápida y saltó a bordo.
El motor arrancó. Miró una última vez hacia la casa. En la ventana del estudio, vio a Valentina, ya consciente, observándolo partir.