La lancha cortaba las olas del fiordo como un cuchillo desafilado. Leónidas, con las manos aferradas al timón helado, forcejeaba contra el viento que intentaba arrancar la embarcación de su control. La lluvia le azotaba el rostro con la fuerza de mil agujas. Detrás, las luces de la casa de cristal se habían convertido en un parpadeo fantasmal en la penumbra, antes de desaparecer completamente tras un recodo del acantilado.
No había ganado la libertad. Había intercambiado una prisión conocida por un océano de incertidumbre. Y sin embargo, por primera vez desde que despertó con la mente en blanco, sentía una certeza visceral: el niño era suyo. Esa convicción era el único faro en su tormenta personal.
Dos horas después
La lancha, con el motor tosiendo petróleo y la gasolina en la reserva, encalló en una playa de guijarros en la costa continental. Leónidas, entumecido y tiritando, se arrastró fuera, colapsando en la arena fría. El trayecto había sido una batalla contra el mar y sus propios límites. Su cuerpo, debilitado por meses de inactividad controlada, protestaba con cada movimiento.
Sabía que no podía detenerse. Valentina ya habría activado todos sus recursos. Sería una cuestión de horas, quizás minutos, antes de que los hombres de Erik rastrearan la lancha.
Forzándose a levantarse, empezó a trepar por el terraplén hacia la carretera costera. Una débil luz de amanecer empezaba a filtrarse entre las nubes bajas, pintando el mundo de grises húmedos.
Un camión viejo, con los faros empañados, apareció en la curva. Leónidas, actuando por puro instinto, se plantó en medio del carril y extendió los brazos. Los frenos chirriaron y el vehículo se detuvo a escasos centímetros.
La ventanilla del conductor se bajó. Un hombre mayor, con rostro curtido y una gorra de pescador, lo escrutó.
—¡Estás loco, muchacho! ¿Quieres morir atropellado?
—Necesito llegar a Oslo —dijo Leónidas, su voz ronca por el frío y el esfuerzo.
—¿En esto? —el hombre señaló su destartalado camión—. Y ¿vestido como para una expedición polar? ¿Qué te ha pasado?
Leónidas no tenía tiempo para inventar historias elaboradas. La verdad, o una parte de ella, sería su única moneda.
—Mi hijo —dijo, y la palabra resonó con una extraña verdad en el aire frío—. Van a hacerle daño. Necesito llegar a él. En Oslo.
Algo en su tono, en la desesperación absoluta que traslucía su rostro pálido y marcado, convenció al pescador.
—Sube —gruñó el hombre, accionando la apertura de la puerta—. Voy hasta Trondheim. Es lo más lejos que puedo llevarte. Desde allí, tendrás que apañártelas.
Dentro de la cabina, con el calor del motor como único consuelo
—¿Cómo se llama tu hijo? —preguntó el pescador, ofreciéndole un termo de café amargo.
Leónidas se quedó inmóvil. El vacío en su memoria era un abismo doloroso.
—No… no lo recuerdo —confesó, y el sonido de su propia vulnerabilidad lo asustó—. Tuve un accidente. Perdí muchos recuerdos.
El pescador, un hombre llamado Bjørn, lo miró con suspicacia, pero sin hostilidad.
—Eso explica muchas cosas. Y la mujer del niño, ¿dónde está?
—En peligro. Por mi culpa —respondió Leónidas, mirando por la ventanilla el paisaje que se desdibujaba—. Hay alguien… alguien que cree que me posee. Que mi vida le pertenece. Y quiere eliminar cualquier amenaza a esa posesión.
—Suena a una mala novela —murmuró Bjørn, pero su mirada se suavizó—. Yo perdí a mi hijo. En el mar. No hay dolor mayor. Si el tuyo está vivo, y puedes salvarlo, no hay distancia que no valga la pena recorrer.
El viaje se convirtió en un monótono traqueteo de neumáticos sobre asfalto mojado. Leónidas intentó dormir, pero cada vez que cerraba los ojos veía la fotografía: los rizos castaños del niño al viento, la silueta protectora de la mujer. Y sobre esa imagen se superponía la fría mirada de Valentina diciendo "limpieza total".
Mientras tanto, en el Castillo de la Niebla
Valentina, con un moretón en la sien pero una compostura de acero, estaba en el estudio del ala oeste. Frente a ella, en una pantalla, la cara pixelada de un hombre con gafas reflejaba la luz azulada.
—Ha tomado la carretera E6 hacia el sur —informó el hombre—. Iba en un camión de pescado, matrícula delta-golf-uno-cero-siete. Hemos puesto drones en el área. Podemos interceptarlo antes de que llegue a Trondheim.
Valentina negó con la cabeza, un gesto calculado.
—No. Déjenlo llegar a la ciudad.
—¿Señora? —la voz del hombre denotaba sorpresa—. Es un riesgo inaceptable. Cuanto más se adentre en territorio abierto, más difícil será recuperarlo sin… atención no deseada.
—No lo vamos a recuperar en Trondheim —aclaró Valentina, y una sonrisa fría se dibujó en sus labios—. Lo vamos a persuadir. Envíe al equipo Alfa. Que lo sigan, que lo observen. Pero no intervengan hasta que yo lo ordene. Y pónganme en contacto con la clínica de Zúrich. Necesito hablar con el doctor Eklund. Inmediatamente.
En el camión, cerca de Trondheim
—Aquí me quedo —dijo Bjørn, deteniéndose en una estación de servicio en las afueras de la ciudad—. Buena suerte, muchacho. Encuentra a tu hijo.