Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 7

El móvil de Luciano vibró. Miró la pantalla y frunció el ceño.

—Es su padre Donato.

Shiara sintió un vacío instantáneo en el estómago. Las llamadas de su padre Donato, en circunstancias normales, eran para contar alguna travesura de Alessandro o para pedir consejo sobre las plantas del jardín. Una llamada ahora, sabiendo dónde estaban y por qué, solo podía significar una cosa.

—Dime —respondió Luciano, activando el altavoz.

—Ha pasado algo —la voz de Donato sonaba tensa, más envejecida que nunca—. No es Alessandro, está bien, está conmigo en casa. Pero esta mañana, cuando fui a abrir la fundación, me encontré algo pegado en la puerta.

Un silencio.

—Es una foto. De Shiara. En el aeropuerto de Barcelona, justo antes de embarcar hacia Oslo. Y al lado, otra foto. De Alessandro. Jugando en el patio del colegio el viernes pasado.

El mundo se contrajo. Shiara apoyó las manos en el borde de la mesa para no caer.

—¿Hay algún mensaje? —preguntó Luciano, su voz de acero.

—Solo una palabra, escrita con rotulador rojo. Dice: Despertando.

La misma palabra que en el reverso de aquella primera fotografía. La misma caligrafía, probablemente la misma mano.

—Padre. —la voz de Shiara salió ronca, apenas un hilo—. No saques a Alessandro de casa. No lo lleves al colegio. Quédate con él, no abras la puerta a nadie que no conozcas. Voy a llamar a Marcos, el de seguridad, para que mande un par de hombres.

—¿Qué está pasando, Shiara? —la angustia de Donato atravesaba el teléfono—. ¿Qué han encontrado allí?

—No lo sé todavía —respondió ella—. Pero voy a averiguarlo.

Cortó la comunicación y se quedó inmóvil, mirando la fotografía de la doctora rubia en su marco de plata. Tres años cuidando a Leónidas. Tres años, quizá, observándolos también a ellos. Y ahora, de repente, Leónidas desaparecía y las amenazas se multiplicaban.

—No encaja —dijo Luciano, pensando en voz alta—. Si ella fuera la amenaza, si quisiera hacerles daño, ¿por qué enviar las coordenadas? ¿Por qué avisar? Habría podido mantenerlo oculto para siempre.

—A menos que ya no pudiera controlarlo —Shiara se giró hacia él—. A menos que él haya despertado por sí mismo. A menos que ella estuviera preparándonos, documentándonos, porque sabía que este momento iba a llegar.

—¿Preparándos para qué?

—Para cuando él empezara a preguntar.

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En Trondheim, la tarde caía con la lentitud del norte.

Leónidas había encontrado refugio en una biblioteca pública, ese santuario laico donde los desposeídos pueden fingir pertenencia. Sentado en un rincón apartado, con las manos aún temblorosas por el frío y la fatiga, había logrado acceder a un ordenador de uso público.

Tardó más de una hora en encontrar lo que buscaba. Su mente funcionaba a trompicones, fragmentos de conocimiento que emergían sin contexto: cómo rastrear servidores, cómo eludir cortafuegos básicos, cómo buscar en archivos judiciales. Sabía hacerlo, aunque no recordaba dónde ni cuándo había aprendido.

Shiara Ktasaros. Fundación Ktasaros. Barcelona.

La información fluyó ante sus ojos: proyectos sociales, guarderías, centros comunitarios. Una mujer hermosa en fotografías de actos benéficos, sonriendo junto a niños y ancianos, recibiendo premios, inaugurando espacios luminosos. Nada en esas imágenes correspondía al rostro que él veía cuando cerraba los ojos, esa mezcla de furia y ternura que lo visitaba en las pesadillas. O quizá sí. Quizá esa sonrisa pública era el caparazón que protegía a la mujer que él había conocido.

Encontró también la referencia, escueta, a un hijo: Alessandro Ktasaros, nacido en Barcelona, seis años. Sin fotografías, sin detalles. La fundación protegía celosamente la privacidad de sus beneficiarios, incluido el heredero de su propio apellido.

Alessandro.

El nombre resonó en su pecho como un disparo. Lo repitió en silencio, sintiendo cada sílaba en su lengua, buscando el eco de algún recuerdo enterrado. No encontró nada. Solo esa certeza visceral, ese dolor sin origen.

Mi hijo se llama Alessandro.

Buscó más. Encontró artículos más antiguos, de hacía casi cinco años, que mencionaban a Shiara Ktasaros en contextos muy diferentes: heredera de un imperio en ruinas, viuda de un hombre del que apenas se atrevían a escribir el nombre, superviviente de una guerra que los periódicos llamaban eufemísticamente conflicto corporativo.

Leónidas Ktasaros. Su propio nombre, asociado a palabras como polémico, investigado, desaparecido. Nada sobre su muerte. Nada sobre su vida. Un vacío que la prensa había respetado o que alguien había silenciado.

Cerró los ojos y por un instante vio la escena con claridad aterradora: una terraza iluminada, una mujer embarazada, disparos, fuego, alguien gritando su nombre. Luego la oscuridad. Luego nada durante cuatro años.

—¿Se encuentra bien?

Una bibliotecaria, joven, con gafas redondas y expresión preocupada, se inclinaba hacia él.

—Sí —mintió Leónidas—. Solo estoy... cansado.




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