Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 8

La línea se cortó y Leónidas se quedó inmóvil en la calle helada de Trondheim, el teléfono satelital aún pegado a la oreja como si pudiera extraer de él algún eco de la conversación, alguna certeza que disipara la niebla que le envolvía el cerebro.

Shiara está en Noruega. Ha ido a buscarlo a usted.

La frase giraba en su cabeza como un pájaro herido, buscando un lugar donde posarse. No entendía por qué. No entendía qué podía mover a una mujer a recorrer medio mundo para encontrar a un hombre que llevaba seis años desaparecido, un hombre al que probablemente había dado por muerto, un hombre que ni siquiera podía recordar su propia boda.

Comenzó a caminar sin rumbo, dejando que el frío le mordisqueara las mejillas. Las calles de Trondheim despertaban lentamente: una panadería abriendo sus puertas, el olor a pan recién horneado mezclándose con el aire gélido; un autobús municipal deslizándose silencioso sobre el asfalto; primeros transeúntes con rostros somnolientos y tazas de café para llevar.

Necesitaba llegar a Lofoten. Necesitaba verla. Necesitaba mirarla a los ojos y descubrir si lo que sentía cuando pensaba en ella era real o simplemente el eco de algo que había dejado de existir hacía mucho tiempo.

Calculó distancias. Trondheim estaba a más de mil kilómetros de las islas Lofoten. En coche, serían al menos doce horas, quizá más con el estado de las carreteras en invierno. En avión, podría volar a Bodø y luego tomar un ferry o un vuelo local, pero necesitaba identificación, dinero, una forma de moverse sin dejar rastro.

El teléfono de la bibliotecaria seguía en su bolsillo.

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—¿Sí?

La voz al otro lado era joven, alerta, como si hubiera estado esperando su llamada.

—Soy el hombre de ayer. De la biblioteca.

Un silencio breve.

—Lo recuerdo. ¿Necesita ayuda?

Leónidas dudó. No sabía si podía confiar en ella, no sabía si su ofrecimiento era genuino o simplemente la cortesía profesional de alguien acostumbrado a tratar con desgraciados. Pero no tenía alternativa.

—Necesito llegar a Lofoten. Y no tengo documentos.

Otro silencio, más largo.

—¿Es usted un fugitivo?

La pregunta, formulada con esa mezcla de curiosidad y cautela típica de los escandinavos, merecía una respuesta honesta.

—No lo sé —admitió Leónidas—. Llevo seis años sin saber quién soy. Esta es la primera vez que intento descubrirlo.

—¿Y por qué Lofoten?

—Porque allí está la única persona que puede decirme la verdad.

El viento sopló con fuerza, helándole los dedos a través de los guantes. Del otro lado de la línea, la bibliotecaria respiró hondo.

—Hay un ferry desde Bodø esta noche. Si puede llegar a Bodø, puedo conseguirle un billete.

—¿Por qué me ayuda?

La pregunta surgió sin filtro, directa desde ese lugar de su cerebro donde la desconfianza anidaba como un animal permanente.

—Porque mi padre desapareció cuando yo tenía siete años —respondió ella—. Y nunca supe qué le pasó. Si alguien hubiera ido a buscarlo, si alguien me hubiera dicho la verdad, quizá mi vida habría sido diferente.

Leónidas sintió un nudo en la garganta.

—¿Cómo te llamas?

—Ingrid.

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Tres horas después, Leónidas estaba sentado en un coche que olía a ambientador de pino y a café derramado. Ingrid conducía con la seguridad de quien ha crecido en aquellas carreteras, sorteando las placas de hielo con la misma naturalidad con que otros esquivan charcos.

—Mi tío tiene una granja cerca de Steinkjer —explicó ella—. Le pediré que nos preste su furgoneta. La tuya... —señaló el vehículo que conducían— no llegaría ni a la mitad del camino.

—No tienes por qué acompañarme. Además el lo único que conseguí.

Ingrid se encogió de hombros.

—Son seis horas hasta Steinkjer. Luego otras cinco hasta Bodø si la carretera está bien. Prefiero asegurarme de que llegas.

Leónidas la observó de reojo. Tendría veinticinco años, quizá menos. El pelo rubio recogido en una coleta descuidada, las manos firmes en el volante, una expresión que intentaba aparentar dureza pero que delataba, en los ojos, una vulnerabilidad mal disimulada.

—No soy un hombre peligroso —dijo él, aunque no estaba completamente seguro de que fuera cierto.

—Ya lo sé —respondió Ingrid—. Los hombres peligrosos no miran las fotografías de niños con esa expresión.

Leónidas desvió la mirada hacia la ventanilla. Los paisajes nevados pasaban como estampas borrosas, bosques de abetos y lagos congelados, granjas aisladas donde el humo de las chimeneas trazaba columnas verticales en el aire inmóvil.

—Tengo un hijo —dijo, y las palabras le supieron a confesión—. Se llama Alessandro. Tiene seis años y no me conoce.

Ingrid no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era suave.




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