La tormenta los alcanzó cuando faltaban dos horas para Bodø.
Comenzó con pequeños copos que bailaban perezosamente ante el parabrisas, pero en cuestión de minutos se transformó en un muro blanco que borraba el horizonte. Ingrid redujo la velocidad, sus manos tensas sobre el volante, los ojos fijos en la carretera que apenas se adivinaba bajo la nieve acumulada.
—Tenemos que parar —dijo, más para sí misma que para él—. Esto es demasiado peligroso.
Leónidas asintió. A su alrededor, el mundo había desaparecido. Solo existía el habitáculo de la furgoneta, el rumor del motor, el golpeteo de la nieve contra el metal.
Ingrid guió el vehículo hacia un área de descanso, una explanada vacía donde otros coches habían buscado refugio antes que ellos. Formas fantasmales de vehículos se adivinaban entre la cortina blanca, faros encendidos que apenas perforaban la oscuridad.
Apagó el motor. El silencio fue absoluto.
—¿Cuánto puede durar? —preguntó Leónidas.
—Horas. Quizá toda la noche.
Ingrid se giró hacia el asiento trasero y rebuscó entre sus cosas. Extrajo una manta de lana y una bolsa térmica.
—Mi tío siempre prepara esto para los viajes largos. Café, sandwiches, chocolate. Noruego precavido.
Repartieron la comida en silencio. El café estaba aún caliente, y el chocolate fundido endulzaba la boca con su calidez reconfortante. Afuera, el viento aullaba como un animal herido.
—Cuéntame algo de ti —pidió Ingrid, arrebujada en la manta—. De antes de perder la memoria.
Leónidas cerró los ojos, buscando en el vacío de su mente algún fragmento aprovechable.
—Sé que hablo varios idiomas. El español, el inglés, algo de noruego. Sé que puedo manejar un arma. Sé que... —dudó— sé que he hecho cosas malas. Lo sé por cómo reacciona la gente cuando pronuncian mi nombre.
—¿Y eso te parece suficiente para condenarte?
—No lo sé. Pero Shiara... ella debe saberlo. Si fui un monstruo, ella lo sabrá.
Ingrid mordió un trozo de chocolate, masticó lentamente.
—¿Y si no lo fuiste? ¿Y si todo esto es una equivocación, una mentira que alguien te ha hecho creer?
—Entonces tendré que averiguar por qué quisieron borrarme la vida.
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Pasadas dos horas, la tormenta amainó lo suficiente como para que otros vehículos comenzaran a moverse. Ingrid arrancó la furgoneta y se incorporó con cautela a la carretera, ahora cubierta por una capa de nieve fresca que los neumáticos mordían con dificultad.
Llegaron a Bodø cuando el reloj marcaba las once de la noche. El ferry nocturno a las Lofoten tenía salida a la una, y en la taquilla del puerto, Ingrid utilizó su propio carné de identidad para comprar un billete.
—¿Y tú? —preguntó Leónidas mientras ella le entregaba el pasaje.
—Yo me quedo aquí. La furgoneta tiene que volver a Steinkjer.
Leónidas dudó. Había algo en aquella chica, en su generosidad sin condiciones, que le removía por dentro.
—No sé cómo pagarte todo esto.
Ingrid sonrió, y por primera vez pareció una sonrisa genuina, sin la armadura de cinismo que había mostrado hasta entonces.
—Ya me pagó. —Señaló la fotografía de Shiara que asomaba del bolsillo de Leónidas—. Me recordó que la gente que busca a otros no siempre lo hace por obligación. A veces lo hacen por amor. Y eso... eso merece un empujón.
Leónidas sintió que las palabras se le atascaban. Finalmente, logró articular:
—Cuídate, Ingrid.
—Usted también. Y cuando encuentre a su mujer... cuando sepa quién es... no deje que el pasado le robe el presente.
Se dieron un abrazo breve, torpe, el abrazo de dos personas que se han conocido en una tormenta y saben que probablemente no volverán a verse. Luego Ingrid se subió a la furgoneta y se alejó, las luces traseras parpadeando un instante antes de desaparecer entre la nieve.
Leónidas subió al ferry con el billete apretado en la mano y el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado.
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El viaje duró cuatro horas. El ferry atravesaba un mar negro como la tinta, salpicado aquí y allá por las luces de alguna embarcación lejana. Leónidas permaneció en cubierta, desafiando el frío, mirando hacia el norte como si pudiera atraer a Shiara con la fuerza de su mirada.
Cuando el barco atracó en Svolvær, la capital de las Lofoten, el amanecer teñía el horizonte de rosa y naranja. Las montañas se alzaban directamente del mar, picos escarpados cubiertos de nieve que parecían flotar sobre el agua.
Necesitaba llegar al fiordo. A la casa. A ella.
Encontró un taxi en la estación marítima, un hombre mayor con cara de haber visto todos los inviernos del mundo.
—¿Al fiordo de Kabelvåg? —preguntó el taxista, escéptico—. Es caro. Y con la nieve de anoche, la carretera estará complicada.
—Puedo pagar —dijo Leónidas, y era mentira, pero el reloj que había empeñado en Trondheim le daba crédito para unas cuantas mentiras más.