La hoja le temblaba en sus manos. Las palabras de Shiara bailaban ante sus ojos, y por un instante el mundo se redujo a aquella página, a aquella tinta que confirmaba lo que ya sospechaba: habían vuelto a cruzarse.
Despertó. Salió de aquí solo. Fue hacia Trondheim.
Trondheim. La ciudad de la que acababa de llegar. La ciudad donde Ingrid le había dado cobijo, donde había empeñado su reloj, donde había empezado a creer que tal vez, solo tal vez, encontraría respuestas.
—Iba detrás de mí —susurró, y su voz resonó en la casa vacía—. Todo el tiempo íbamos el uno detrás del otro.
Dejó el cuaderno sobre la mesa y recorrió la estancia con la mirada. Era una casa pequeña, de las que los pescadores usaban en temporada, ahora vacía de todo excepto de los fantasmas de quienes la habitaron. En la chimenea, restos de ceniza aún conservaban algo de calor. Shiara había estado allí. Había dormido en aquel sofá. Había bebido café en aquella taza.
Leónidas se acercó a la ventana que miraba al fiordo. El sol de la mañana teñía el agua de un azul imposible, y las montañas al otro lado parecían recién pintadas sobre el cielo. Un lugar demasiado hermoso para albergar tanto desencuentro.
Algo en el borde de la mesa llamó su atención. Un papel doblado, que había pasado por alto al fijarse en el cuaderno. Lo desplegó con cuidado.
Era una nota. Letra diferente, más temblorosa, como escrita con prisa o con miedo.
Señora:
No es seguro que vuelva aquí. Hay gente preguntando por usted y por el hombre que busca. Gente que no hace preguntas amables. Si lee esto, no espere. Váyase. Y si él aparece, dígale que no confíe en nadie que diga conocerlo.
Una amiga.
Leónidas leyó la nota tres veces. Luego la dobló con lentitud, como si el papel pudiera romperse con el solo roce de sus dedos.
No confíe en nadie que diga conocerlo.
¿Quién era esa gente? ¿Los mismos que le habían borrado la memoria? ¿Los que pronunciaban su nombre con miedo? ¿O acaso alguien nuevo, alguien que se sumaba a la partida sin que él conociera las reglas?
Salió de la casa y caminó hasta el borde del fiordo. El aire helado le mordió las mejillas, le limpió la mente. Necesitaba pensar con claridad.
Shiara había ido a Trondheim. Él acababa de llegar de Trondheim. Ahora ella estaba de nuevo en movimiento, hacia el oeste, había dicho el taxista. ¿Hacia el oeste? Las Lofoten terminaban en el oeste, en el mar abierto, en el fin del mundo.
A menos que...
—El ferry —murmuró—. El ferry a Bodø.
Ella también podía haber tomado un ferry. Y si había salido temprano, si había cogido el primer barco de la mañana, entonces ahora mismo estaba cruzando el Vestfjord en dirección contraria a la que él había venido.
Estaban condenados a perseguirse.
Regresó a la casa con una determinación nueva. Buscaría algo, cualquier cosa, que le dijera adónde pensaba ir Shiara después. Revisó los cajones de la cocina, vacíos. El dormitorio, donde solo encontró sábanas revueltas y una almohada que aún conservaba la hendidura de una cabeza. El cuarto de baño, con una toalla húmeda colgada del radiador.
Nada. Ninguna pista sobre su próximo destino.
Volvió a la mesa, al cuaderno. Pasó las páginas con cuidado. Eran anotaciones, fechas, lugares. Un diario de su búsqueda.
Oslo. Me dijeron que lo vieron en una comisaría, pero cuando llegué ya se había ido.
Bergen. Un hombre en un bar dijo que le había vendido un reloj. Un reloj caro, de los que solo alguien con dinero podría tener. Me describió sus ojos.
Trondheim. Alguien lo reconoció en una gasolinera. Iba con una chica joven, morena, en una furgoneta blanca. La chica preguntó por las Lofoten.
Ingrid. Hablaba de Ingrid.
Tengo que darme prisa. Ella también lo busca. Y si ella lo encuentra primero...
La frase se interrumpía ahí. Debajo, solo un garabato nervioso, como si hubiera cerrado el cuaderno de golpe.
—¿Quién es ella? —preguntó Leónidas al vacío—. ¿Quién es Shiara y ese niño?
El silencio le devolvió la pregunta sin respuesta.
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Decidió esperar. Era una locura, lo sabía. Cada minuto que pasaba quieto era un minuto que Shiara se alejaba más. Pero si ella había ido a Trondheim y luego había regresado, si estaba yendo hacia el oeste sin un destino claro, entonces tal vez también regresaría a la casa. Tal vez aquel era su punto de encuentro, el lugar al que ambos volvían instintivamente.
O tal vez solo estaba perdiendo el tiempo mientras ella se escapaba para siempre.
Las horas pasaron lentas. Leónidas encendió la chimenea con la leña apilada junto a ella y se sentó en el suelo, la espalda contra el sofá, los ojos fijos en la puerta. El viento golpeaba las ventanas y el fiordo se oscurecía conforme el sol descendía tras las montañas.
Cayó la noche.
Y entonces, pasadas las diez, unos faros barrieron la fachada de la casa. Leónidas se puso en pie de un salto, el corazón desbocado. Se acercó a la ventana con cautela, asomándose apenas. Un coche se detenía junto a la puerta. Un todoterreno negro, de alquiler, de los que se usan para las carreteras difíciles. La puerta del conductor se abrió y una figura emergió en la penumbra.