Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 29

El viaje de vuelta fue un territorio extraño, suspendido entre lo que acababa de ocurrir y lo que aún no se había dicho.

Varg conducía en silencio, los ojos fijos en la carretera, las manos firmes sobre el volante. De vez en cuando lanzaba una mirada al espejo retrovisor, donde podía ver a Leónidas y Shiara en el asiento trasero, hombro con hombro, sin hablarse. No era un silencio incómodo; era el silencio de dos personas que han sobrevivido juntas a un naufragio y aún no han pisado tierra firme.

Rodrigo asomaba la cabeza verde por el bolsillo de Leónidas, su pequeño cuerno brillando cada vez que un rayo de sol atravesaba la ventanilla.

Fue Shiara quien rompió el silencio primero.

—Mi padre —dijo, y la palabra le supo a cristales rotos—. Todo este tiempo... él mató al tuyo. Y yo no sabía nada, que estaba involucrados en tu accidente.

Leónidas giró la cabeza hacia ella. El perfil de Shiara estaba rígido, la mandíbula apretada, los ojos clavados en el respaldo del asiento delantero como si allí estuviera escrita alguna respuesta.

—Shiara.

—No, déjame terminar. —Respiró hondo, como si estuviera a punto de zambullirse en agua helada—. Cuando Valentina lo dijo, sentí que el mundo se partía. Sentí que todo esto, tú y yo, Rodrigo, la vida que hemos construido, estaba edificada sobre... sobre sangre. Sobre mentiras.

—No fueron nuestras mentiras.

—Pero son nuestra historia. —Ahora sí lo miró, y Leónidas vio en sus ojos algo que reconocía demasiado bien: el vértigo de quien descubre que el pasado no es un país extranjero, sino el sótano de la casa que habitas—. ¿Cómo se sigue adelante después de saber algo así?

El coche tomó una curva suave. A lo lejos, el mar apareció entre las colinas, una línea azul y brillante que prometía horizontes.

—Hace seis años —dijo Leónidas despacio, como si estuviera desenterrando cada palabra—, cuando desperté en el hospital sin saber quién era, sin recordar nada, pensé que eso era lo peor que podía pasarme. Una vida entera borrada. Nada a lo que aferrarme.

Hizo una pausa. Su mano buscó a Rodrigo en el bolsillo, un gesto que se había vuelto automático, casi inconsciente.

—Pero luego, con el tiempo, entendí algo. Entendí que no recordar también era una oportunidad. Podía decidir quién quería ser sin que el pasado me dictara cada paso. Podía elegir.

—Pero ahora ya sabes —insistió Shiara—. Ahora sabes que mi padre...

—Ahora sé que tu padre hizo algo terrible. —La voz de Leónidas era firme, pero no dura—. Algo que le costó la vida a mi padre. Algo que nos puso a los dos en este camino. Pero también sé que tú no eres tu padre. Como yo no soy el hombre que Valentina quería que fuera. Como Rodrigo no será lo que nosotros decidamos que sea, sino lo que él elija ser.

Shiara bajó la mirada. Sus dedos jugaban con el borde de la sudadera, un gesto nervioso que Leónidas conocía bien.

—¿Y si no puedo perdonármelo? —murmuró—. ¿Y si cada vez que te miro, veo lo que mi familia le hizo a la tuya?

Leónidas estiró la mano y cubrió la de ella. La sintió fría, a pesar del calor de la tarde.

—Entonces mírame ahora —dijo—. Y dime qué ves.

Shiara levantó la cabeza. Lo miró. Vio sus ojos oscuros, las pequeñas cicatrices junto a la ceja que aún no habían terminado de desvanecerse, la manera en que sostenía a Rodrigo entre los dedos como si fuera un talismán. Vio al hombre que había aprendido a conocer sin memorias prestadas, sin pasados impuestos, sin nada más que el presente compartido.

—Veo a Leónidas —dijo, y al decirlo se dio cuenta de que era la primera vez que pronunciaba su nombre sin que resonara el eco de todos los que había sido antes—. Veo al padre de mi hijo. Veo a mi esposo.

—Pues eso es lo que importa. —Él apretó su mano—. Lo demás... lo demás lo iremos hablando. Sin prisas. Sin juicios. Sin dejar que los muertos decidan por los vivos.

Varg carraspeó desde el asiento del conductor.

—Siento interrumpir el momento —dijo con su tono áspero de siempre, pero extrañamente suave en los bordes—, pero estamos llegando a casa. Y hay algo que deberían saber.

Shiara y Leónidas se tensaron al unísono.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Mientras estábamos en el almacén, recibí un mensaje. El padre de Shiara... ha pedido verla. Dice que quiere hablar. Que hay cosas que necesita explicar antes de que sea demasiado tarde.

El silencio volvió a llenar el coche, pero esta vez era distinto. No era el silencio de la calma después de la tormenta. Era el silencio eléctrico que precede al rayo.

—¿Demasiado tarde para qué? —preguntó Leónidas.

Varg giró el volante y el coche entró en la urbanización donde vivían. Las palmeras desfilaban a ambos lados, indiferentes a todo.

—Eso es lo que no ha dicho. Solo ha dicho que necesita verla. Y que no le queda mucho tiempo.

Shiara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su padre. El hombre que había orquestado la muerte del padre de Leónidas. El hombre del que había huido durante años. El hombre que ahora, de repente, quería hablar.




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