Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 30

La casa del padre de Shiara estaba en lo alto de una colina que miraba al mar, pero daba la espalda a la vista. Todas las ventanas principales se orientaban hacia el interior, hacia el patio de gravilla blanca y los cipreses recortados con precisión militar. Como si el océano, con su inmensidad incontrolable, le resultara ofensivo.

Shiara no había pisado ese lugar en siete años. Y desde la última vez que hablo con su padre y la grandes mentiras de que había cambiado.

El coche de Varg se detuvo frente a la verja de hierro forjado. Un guardia de seguridad con gafas de sol y un auricular que le asomaba como un insecto metálico les hizo un gesto para que bajaran las ventanillas.

—Señorita Shiara —dijo, y su tono era respetuoso pero distante, el tono de quien ha recibido órdenes muy precisas—. Su padre la espera en el estudio. Solo usted.

Leónidas, a su lado, tensó la mandíbula.

—Ella no entra sola.

El guardia lo miró. Luego miró a Shiara. Luego, con un movimiento casi imperceptible, tocó el auricular y murmuró algo que ninguno de ellos pudo oír.

—El señor insiste —dijo finalmente—. La conversación es privada.

Shiara sintió la mano de Leónidas buscar la suya. Estaba caliente, firme, anclada al presente. Miró por la ventanilla hacia la casa. La fachada era de piedra clara, con enredaderas controladas que trepaban por las columnas como si hubieran sido entrenadas para no desordenarse. Todo en aquel lugar respiraba control. Dominio. La voluntad de un hombre que había pasado décadas doblando el mundo a su antojo.

—Voy a entrar —dijo Shiara.

—Shiara...

—Tengo que hacerlo, Leónidas. —Se giró hacia él, y en sus ojos había una determinación que él reconoció porque era la misma que veía en el espejo cada mañana—. No por él. Por mí. Por todo lo que no me ha dicho en tantos años. Por todo lo que me ha ocultado. Por la verdad que me debe.

Leónidas sostuvo su mirada durante un largo momento. Luego, despacio, asintió.

—Estaremos aquí. Varg y yo. Si tardas más de una hora, entramos.

—No hará falta.

—No importa. Entramos igual.

Shiara esbozó una sonrisa triste y se inclinó para rozar sus labios con los de él. Luego abrió la puerta y salió al calor de la tarde.

La verja se abrió con un zumbido eléctrico.

El camino hasta la puerta principal estaba flanqueado por rosales blancos. Rosas perfectas, sin una sola mancha, sin un solo pétalo marchito. Shiara recordó que su madre las odiaba. "Las rosas no deberían ser blancas", decía. "Las rosas deberían ser rojas, como la sangre, como la vida. El blanco es el color de los hospitales y los fantasmas."

Su madre llevaba doce años muerta y nunca le había preguntado a su padre por qué había elegido rosas blancas.

Ahora quizá entendería muchas cosas.

El vestíbulo estaba en penumbra. Las cortinas de terciopelo color vino apenas dejaban pasar la luz, y el aire olía a madera vieja, a cera, a algo ligeramente medicinal que Shiara no recordaba de su infancia.

Una mujer con uniforme de enfermera apareció al final del pasillo.

—Señorita Shiara —dijo con una sonrisa profesional—. Su padre la espera. Por aquí, por favor.

La enfermera la guió por un corredor que Shiara conocía de memoria y que sin embargo le pareció extraño, como visitado en sueños. Los mismos cuadros en las paredes (paisajes marinos que su padre nunca miraba), la misma alfombra persa desgastada en el centro, el mismo reloj de pie que llevaba décadas marcando las tres y cuarto porque nadie se molestaba en darle cuerda.

El estudio estaba al fondo. Una puerta doble de roble oscuro, con tiradores de bronce en forma de leones marinos.

—Adelante —dijo la enfermera, y se retiró en silencio.

Shiara puso la mano en el tirador. El metal estaba frío. Respiró hondo, una vez, dos veces, y empujó.

El hombre que estaba sentado junto a la chimenea apagada no era el padre que recordaba.

O quizá sí. Quizá siempre había sido así y ella no había querido verlo.

Estaba en una silla de ruedas, cubierto con una manta de lana escocesa hasta el pecho. Había perdido peso. Mucho peso. Los pómulos le sobresalían como cuchillas bajo la piel cetrina, y sus manos, apoyadas en los reposabrazos, parecían garras de pájaro envueltas en papel de seda.

Pero los ojos seguían siendo los mismos. Oscuros, intensos, calculadores. Ojos que nunca dejaban de evaluar, de medir, de buscar la debilidad en el interlocutor.

—Has venido —dijo, y su voz era un susurro áspero, como el roce de dos piedras—. No estaba seguro de que lo hicieras.

Shiara cerró la puerta a su espalda y permaneció de pie, sin acercarse.

—Tú pediste verme. Aquí estoy.

El padre esbozó lo que podría haber sido una sonrisa en otro rostro. En el suyo era solo una mueca.

—Siéntate. No voy a morderte. Ya no tengo fuerzas ni para eso.

Shiara avanzó despacio y se sentó en el borde del sillón de cuero frente a él. No se recostó. No se relajó. Cada músculo de su cuerpo estaba en alerta, como un animal que ha entrado en la guarida de un depredador y no sabe si está dormido o acechando.




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