El padre de Shiara sostuvo su mirada. Aquella sílaba seguía flotando en el aire como una sentencia.
—Pero no fue así como crees —añadió, y su voz se volvió aún más rasposa, como si las palabras le arañaran la garganta al salir—. El accidente de Leónidas... no fue lo que tú llamas un accidente. No fue un coche contra otro en una carretera mojada. Fue un mensaje.
Shiara sintió que la sangre se le helaba.
—Un mensaje —repitió, y su voz apenas era un susurro—. ¿De quién?
—Mío.
El silencio se volvió sólido, denso, irrespirable. La chimenea apagada pareció más fría. Las cortinas de terciopelo, más pesadas. Hasta el aire medicinal que impregnaba la habitación se volvió espeso, como si el propio tiempo se hubiera detenido para escuchar.
—Tú... —Shiara no podía terminar la frase. Las palabras se le quedaban atascadas en la lengua como espinas—. Tú ordenaste el accidente de Leónidas.
—No. —El padre levantó una mano temblorosa, y por primera vez algo parecido a la urgencia brilló en sus ojos—. No, Shiara. Escúchame bien. Yo ordené el accidente del padre de Leónidas. Eso lo hice. Eso lo asumo. Pero el accidente de tu esposo... eso no fui yo. Eso fue otra persona.
—¿Qué otra persona?
—Alguien que quería enviarme un mensaje a mí. Alguien que descubrió lo que había hecho veinticinco años atrás y decidió que era hora de cobrarse la deuda. De la misma manera que yo le quité un padre a Leónidas, esa persona... esa persona intentó quitarle un hijo a él.
Shiara se puso de pie de un salto. El sillón de cuero chilló al liberarse de su peso.
—No me vengas con acertijos, papá. No me vengas con medias verdades después de veinticinco años de mentiras. ¿Quién fue?
El padre cerró los ojos. Por un instante pareció más viejo que la propia piedra de la casa, más gastado que la alfombra persa, más roto que el reloj del pasillo.
—La madre de Leónidas —dijo.
La palabra cayó como un martillo.
—Isabel.
Shiara negó con la cabeza. Una, dos, tres veces.
—No. No es posible. Isabel murió hace años. Murió de cáncer. Leónidas me lo contó. Estuvo con ella hasta el final.
—Isabel murió —asintió el padre, y ahora sus ojos se abrieron y la miraron con una claridad terrible, sin sombras, sin cálculo—. Pero no de cáncer. Isabel murió porque yo la maté. Y ella lo sabía. Y antes de morir, se aseguró de que su hijo pagara por lo que yo le había hecho a su esposo.
Shiara dio un paso atrás. La espalda chocó contra la estantería de roble, y un libro cayó al suelo con un golpe sordo.
—Estás loco —susurró—. Estás completamente loco.
—Quizá. —El padre sonrió, y aquella sonrisa era un espejo roto de la que Shiara recordaba de su infancia—. Pero la locura no cambia los hechos. El accidente de Leónidas lo planeó Isabel. Pagó a los hombres que cortaron los frenos de su coche. Eligió la curva. Eligió la noche. Eligió cada detalle. Y yo lo supe desde el primer momento. Y no hice nada para detenerlo.
—¿Por qué? —La voz de Shiara era un aullido contenido, un grito ahogado que apenas encontraba salida—. ¿Por qué no hiciste nada?
—Porque —el padre hizo una pausa, y por primera vez sus ojos se humedecieron— porque creí que merecía que su hijo muriera. Creí que el dolor que yo había causado merecía ser devuelto. Creí que si Leónidas moría, la deuda quedaría saldada. Pero no murió. Sobrevivió. Y entonces... entonces apareciste tú.
Shiara sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—Aparecí yo.
—Te enamoraste de él. Y él de ti. Y supe que no podía protegerte. Supe que si seguías a su lado, el círculo de violencia no se cerraría nunca. Por eso me alejé. Por eso dejé que te fueras. Porque pensé que si te alejabas de mí, también te alejarías de él.
—Pero no fue así —dijo Shiara, y ahora las lágrimas rodaban por sus mejillas sin que pudiera detenerlas—. No fue así, papá. Él me encontró. Nos encontramos. Y ahora tenemos un hijo. Y ahora sé todo esto. ¿Y qué se supone que hago con todo esto?
El padre extendió una mano temblorosa hacia ella. Un gesto de súplica. De rendición.
—Lo que quieras, hija. Lo que siempre has hecho. Vivir. Ser feliz. Romper la cadena. Eres la única que puede hacerlo. La única que ha tenido el valor de mirar todo este horror a la cara y decir "no más".
Shiara lo miró largamente. A aquel hombre que había sido su padre. A aquel monstruo que había matado a dos personas y casi a una tercera. A aquel anciano frágil que temblaba bajo una manta escocesa.
—No más —repitió ella, despacio, como probando el sabor de las palabras—. No más mentiras. No más secretos. No más muertes. —Se secó las mejillas con el dorso de la mano y enderezó la espalda—. Voy a decírselo todo a Leónidas. Todo. Lo que hiciste a su padre. Lo que Isabel le hizo a él. Todo. Y él decidirá qué hacer con esta verdad. Y yo lo apoyaré. Como siempre debí hacerlo.
El padre asintió. En sus ojos ya no había cálculo. Solo cansancio. Un cansancio que parecía venir de muy lejos, de muy atrás, de todos los años que había pasado construyendo un imperio sobre huesos y mentiras.