Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 32

El coche avanzaba por la carretera de vuelta. Las copas de los pinos dibujaban sombras intermitentes sobre el parabrisas, y el sol, ya inclinado hacia el horizonte, teñía el mar de un naranja líquido que parecía irreal.

Shiara no había dicho una palabra desde que subió al vehículo.

Leónidas la miraba de reojo desde el asiento del copiloto. Varg conducía en silencio, los ojos fijos en la carretera, las manos en el volante con una calma que solo podía ser fingida.

Llevaban veinte minutos así.

—Shiara —dijo Leónidas finalmente, rompiendo el silencio con un tono que intentaba ser suave pero que dejaba traslucir la tensión acumulada—. Vas a tener que decir algo en algún momento.

Ella seguía mirando por la ventanilla. El paisaje se deslizaba, indiferente. Casas blancas. Olivos retorcidos. Un perro dormido junto a una verja.

—No sé por dónde empezar —respondió, y su voz sonó extraña, como si no fuera del todo suya.

—Por el principio siempre es buen sitio.

Shiara soltó una risa corta, amarga, que se apagó antes de nacer del todo.

—El principio fue hace años, Leónidas. El principio fue antes de que ninguno de los dos naciera casi. El principio fue cuando nuestros padres se conocieron y decidieron construir un imperio juntos.

Leónidas frunció el ceño.

—¿Nuestros padres? ¿Se conocían?

—Eran socios. —Shiara se volvió hacia él, y en sus ojos había algo que Leónidas no recordaba haberle visto nunca: una mezcla de miedo y determinación, como alguien que está a punto de saltar al vacío—. Tu padre y el mío. Socios en negocios que no eran del todo legales. Cuentas en paraísos fiscales. Sobornos. Tráfico de información. Todo lo suficientemente sucio como para que, si alguien hablaba, los dos se hundieran.

El silencio que siguió fue tan denso que Varg redujo la velocidad casi sin darse cuenta, como si el coche hubiera sentido el peso de las palabras.

—Mi padre —dijo Leónidas despacio, como si estuviera probando cada sílaba—. Mi padre era socio del tuyo.

—Sí.

—¿Y mi madre? ¿Sabía algo de todo eso?

Shiara apretó los labios. Aquí era donde empezaba la parte más difícil. Aquí era donde la verdad se volvía venenosa.

—Tu madre lo sabía todo —dijo—. Según mi padre, fue ella quien llevaba los libros de contabilidad. Ella quien sabía dónde estaba cada dólar, cada transferencia, cada prueba. Tu padre no le ocultaba nada.

Leónidas se reclinó en el asiento. Pasó una mano por su rostro, un gesto cansado, automático, como si intentara borrar una imagen mental que acababa de aparecer.

—Sigue —ordenó, y su voz tenía un filo que Varg reconoció. Era el mismo filo que aparecía en las misiones cuando algo iba mal.

—Tu padre se arrepintió —continuó Shiara, y ahora las palabras salían más rápido, como si hubiera soltado una compuerta—. Tu madre estaba embarazada de ti, y él no quería que heredaras un nombre manchado. Quería confesar. Quería entregarse a la justicia. Quería contar todo lo que sabía para limpiar su conciencia antes de que tú nacieras.

Leónidas cerró los ojos. Sus manos, apoyadas sobre los muslos, se cerraron en puños.

—Y mi padre... mi padre no podía permitirlo.

—No.

—¿Fue él? —La pregunta salió rasposa, apenas un susurro—. ¿Fue tu padre quien mató al mío?

Shiara sintió que las lágrimas volvían a asomarse, pero las contuvo. No podía llorar ahora. No tenía derecho a llorar.

—Sí.

La palabra resonó dentro del coche como un disparo en una habitación vacía.

—Joder. —Leónidas abrió los ojos y miró por el parabrisas, pero no parecía ver la carretera ni los pinos ni el mar.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? —Se giró hacia ella con una brusquedad que hizo crujir el cuero del asiento—. ¿Lo sabes, Shiara? Mi madre se pasó años llorando a mi padre. Años. Y yo la veía y no entendía por qué no podía superarlo. Pensaba que era débil. Pensaba que era dependiente. Y ahora me dices que ella sabía. Que ella llevaba los libros. Que ella sabía que mi padre iba a confesar y que por eso lo mataron. Y ella... ella vivió con ese secreto. Ella me crió con ese secreto.

—Leónidas...

—No. —Levantó una mano, y Shiara se calló—. Déjame terminar. Ella sabía quién lo había matado y no hizo nada. No fue a la policía. No buscó justicia. No me contó nunca la verdad. Me dejó crecer odiando a un fantasma y queriendo a un asesino, porque yo quería a tu padre, Shiara. Yo admiraba a tu padre. Era el único hombre que había en mi vida después de que el mío muriera. El único que me enseñó a pescar. El único que me llevó a los partidos de fútbol. Y todo el tiempo...

Su voz se quebró. Varg, en silencio, apretó el volante con más fuerza.

—Todo el tiempo él había matado a mi padre —susurró Leónidas—. Y mi madre lo sabía y lo permitió.

Shiara esperó. No interrumpió. No intentó consolarlo con palabras vacías. Sabía que aquello no era algo que pudiera consolarse con un "lo siento".




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