Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 33

El coche volvió a ponerse en marcha cuando el sol ya era solo una línea naranja en el horizonte. Varg condujo en silencio durante los primeros kilómetros, respetando la burbuja de intimidad que se había formado en el asiento trasero, donde Leónidas y Shiara permanecían en un silencio que no era tenso ni incómodo, sino el silencio de dos personas que han compartido demasiado y necesitan procesarlo.

Fue Shiara quien habló primero.

—Hay algo más que necesitas saber.

Leónidas giró la cabeza hacia ella. En sus ojos ya no había sorpresa, solo una especie de cansancio profundo, como si hubiera envejecido diez años en la última hora.

—¿Puede ser peor que lo que ya me has contado?

—No lo sé. —Shiara se mordió el labio inferior—. Es diferente. No tiene que ver con el pasado. Tiene que ver con el presente.

—Dime.

—Valentina.

El nombre cayó entre ellos como una piedra en un estanque. Leónidas sintió cómo todos los músculos de su cuerpo se tensaban.

—¿Qué pasa con Valentina?

Shiara sacó el teléfono de su bolsillo. Sus manos temblaban ligeramente mientras desbloqueaba la pantalla y buscaba un mensaje. Se lo tendió a Leónidas.

—Recibí esto hace unos minutos. Mientras tú estabas... mientras procesabas todo lo de tu madre.

Leónidas tomó el teléfono. Leyó. Y el poco color que le quedaba en el rostro desapareció por completo.

El mensaje decía:

"Dile a Leónidas que tengo algo que le pertenece. Algo más valioso que cualquier imperio. Algo que él dejó abandonado mientras jugaba a ser héroe. Si quiere recuperarlo, que venga solo. Sin su sombra noruega. Sin su perra arrepentida. Mañana. Medianoche. El almacén número cuatro del puerto viejo. Llegue tarde, y lo que encuentre no será bonito."

Debajo, una fotografía.

Alessandro.

Su hijo, sentado en una silla de plástico, con los ojos abiertos y una expresión que no era de miedo exactamente, sino de confusión. Como un niño que no entiende por qué está donde está. En la imagen se veía detrás de él una pared de ladrillo visto y una ventana empañada. Y en la esquina inferior derecha, la sombra de quien tomaba la fotografía: una mujer delgada, de pelo oscuro, con una mano enguantada sosteniendo el teléfono.

Leónidas apretó el móvil con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Cuánto hace de esto?

—Unos minuros antes de ella irse—repitió Shiara—. Lo he estado pensando mientras... mientras hablábamos. No sabía cómo decírtelo. No sabía si era el momento.

—¿El momento? —La voz de Leónidas era un hilo de hielo—. Shiara, han secuestrado a mi hijo. A nuestro hijo. Y me lo dices ahora.

—Tenías derecho a saber la verdad sobre tus padres antes de...

—¡Mi hijo está en peligro! —Leónidas casi gritó, y Varg pisó el freno por reflejo, el coche derrapando ligeramente antes de detenerse en el arcén—. Nada de lo demás importa. Nada. ¿Entiendes? Podrían estar haciéndole daño ahora mismo. Podrían...

—No van a hacerle daño. —Shiara le puso una mano en el brazo, y aunque él intentó apartarse, ella mantuvo el agarre con una fuerza que le sorprendió—. Escúchame. Valentina no quiere hacerle daño a Alessandro. No es su estilo. Ella quiere hacerte daño a ti. Y la única manera de hacerte daño a ti es usando a nuestro hijo como cebo. Pero si lo lastima, pierde su ventaja. Lo sabe. Es demasiado inteligente para eso.

—¿Inteligente? ¿Defiendes a esa mujer?

—No la defiendo. La conozco. —Shiara sostuvo su mirada—. He estado en su lugar, Leónidas. He sido la mujer que utiliza todo lo que tiene para herir a quien la ha herido. Y te digo que Alessandro está a salvo. Por ahora. Pero tenemos que movernos con cabeza. No con el corazón. Porque si vamos con el corazón, Valentina ya ha ganado.

Leónidas respiró hondo. Contó hasta diez mentalmente. Luego hasta veinte.

—Tienes razón —dijo al final, y la calma en su voz era más aterradora que cualquier grito—. Tienes razón. Pero si algo le pasa a mi hijo, si ese niño tiene un solo rasguño, te juro por Dios que no voy a parar hasta que Valentina no sepa lo que es estar viva.

—Lo sé. —Shiara le devolvió la mirada sin pestañear—. Y te ayudaré.

—No. —Leónidas negó con la cabeza—. Dijo que fuera solo. Sin Varg. Y sin ti.

—Y tú vas a obedecerla.

—No voy a arriesgar la vida de mi hijo por orgullo.

—No es orgullo. Es sentido común. —Shiara soltó su brazo y se reclinó en el asiento—. Valentina no va a cumplir su palabra. Nunca lo hace. Te hará ir solo, te tendrá a su merced, y luego te matará. O te torturará.

—Entonces, ¿qué sugieres?

Shiara se quedó en silencio unos segundos. Fuera, el viento mecía los pinos. Las primeras estrellas comenzaban a asomarse en un cielo que pasaba del naranja al violeta.

—Que vayas —dijo finalmente—. Pero que no vayas solo.

—Acabas de decir que exige que vaya solo.




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