El coche se deslizó hacia la noche como un animal herido que busca su guarida. Los faros cortaban la oscuridad, pero no podían con el peso que llevaban dentro.
Las seis horas siguientes se convirtieron en una cuenta atrás grabada en cada latido.
En un motel de las afueras, Leónidas preparó su equipo. No llevaba armas. No llevaba chaleco. Solo llevaba la certeza de que aquello acabaría de una forma u otra. Varg desplegó a sus hombres como sombras entre las sombras, cada uno con una radio y una fotografía de Alessandro. Shiara repasó el mapa del puerto viejo, trazando rutas, memorizando salidas, construyendo el laberinto que la llevaría hasta su hijo.
Ninguno durmió.
Cuando el reloj marcó las once y media, Leónidas se puso en pie. Su reflejo en el espejo roto del cuarto de baño le devolvió la mirada de un hombre que ya había perdido demasiado como para permitirse perder nada más.
—¿Listo? —preguntó Shiara.
—No. —Ajustó el cinturón—. Pero da igual.
Antes de salir, se volvió hacia ella. Un segundo. Solo uno. El tiempo justo para reconocer en sus ojos el mismo miedo que sentía en los suyos.
—Cuida de él —dijo.
—Siempre.
El puerto viejo olía a salitre y a abandono. Los almacenes se alzaban como esqueletos de hormigón, sus ventanas rotas como cuencas vacías. Leónidas aparcó el coche a doscientos metros, tal como indicaban las instrucciones. Caminó solo. El crujido de sus pasos sobre la grava parecía el eco de un disparo.
La puerta del almacén número cuatro estaba entreabierta. Una luz amarillenta y temblorosa se filtraba por la rendija.
Entró.
El interior olía a humedad y a óxido. Contenedores apilados dibujaban pasillos que se perdían en la penumbra. En el centro, una silla. En la silla, Alessandro, con los ojos vendados y las manos atadas. Pero vivo. Respirando. Su pecho subía y bajaba con un ritmo que era música para los oídos de Leónidas.
—Has venido —dijo una voz desde las sombras.
Valentina apareció entre dos contenedores como un fantasma de sí misma. Llevaba el mismo abrigo negro de la última vez, pero su rostro había cambiado. Ya no era la mujer fría y calculadora que Leónidas recordaba. Había algo roto en ella, algo que la había desatado. Sus ojos brillaban con un fulgor febril.
—Suelta a mi hijo —dijo Leónidas. Su voz no tembló, aunque por dentro todo temblaba.
—Primero hablemos.
—No hay nada que hablar.
—Oh, pero sí. —Valentina dio un paso adelante, y la luz la iluminó a medias—. Quiero oírte decir que lo sientes. Quiero oírte decir que entiendes por qué hice lo que hice. Que yo también perdí algo. Que tú también destruiste algo.
Leónidas la miró. Y en esa mirada hubo algo que Valentina no esperaba: no odio, no rabia. Comprensión.
—Lo siento —dijo—. Lo siento por lo que te hicieron. Lo siento por lo que te convirtieron. Pero no voy a pedir perdón por querer a Shiara. No voy a pedir perdón por haber seguido adelante.
Valentina parpadeó. El fulgor en sus ojos se intensificó, pero también apareció algo más: desconcierto.
—¿Crees que con palabras me vas a...
—No voy a pelearte, Valentina. No voy a darte lo que quieres.
—¿Y si mato al niño?
—No lo harás.
—¿Qué te hace tan seguro?
—Porque entonces perderías la única cosa que te queda. —Leónidas dio un paso hacia ella—. La última cosa que te hace sentir que tienes poder sobre alguien. Si lo matas, te quedas vacía. Y ya estás bastante vacía.
El silencio se hizo denso. Valentina abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Fue entonces cuando Shiara apareció.
No por los túneles, no siguiendo el plan. Simplemente se materializó detrás de Alessandro, como si hubiera estado allí siempre, y comenzó a desatarle las manos. Con la calma de quien sabe que el tiempo se ha acabado.
—No —susurró Valentina—. Dijiste que irías solo.
—Mentí —dijo Leónidas.
Valentina rió. Una risa rota, que se quebraba como el hielo en primavera.
—Siempre lo hiciste —dijo—. Desde el principio. Me mentiste con la mirada, con las promesas, con el silencio. Me hiciste creer que era especial.
—Eras especial. Pero no suficiente.
La verdad siempre duele más que cualquier mentira.
Valentina metió la mano en el bolsillo de su abrigo. Varg, desde algún punto del almacén, amartilló un arma. El sonido fue seco, inconfundible.
—No lo hagas —dijo Leónidas—. No termines así.
—¿Cómo voy a terminar? —preguntó Valentina, y por primera vez su voz sonó pequeña, casi humana—. ¿En una cárcel? ¿En una tumba sin nombre? ¿O viva, pero sabiendo que nunca fui la primera opción de nadie?
Nadie respondió.
Valentina sacó la mano del bolsillo. En ella no había un arma, sino una llave. La arrojó al suelo. Sonó como un último latido.