Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 35

El sol aún no había salido cuando Leónidas cerró la puerta del coche con la suavidad de quien no quiere despertar a nadie. Alessandro dormía en el asiento trasero, envuelto en la manta de cuadros que olía a lavanda, con la cabeza apoyada en el regazo de Shiara. Ella miró por la ventanilla la casa de Varg, que se empequeñecía en la distancia como un recuerdo que ya empezaba a desdibujarse.

—¿Crees que volveremos? —preguntó.

Leónidas encendió el motor. El rugido fue un susurro comparado con el silencio que dejaban atrás.

—No —dijo—. No creo.

Varg se había quedado en el porche, con los brazos cruzados y el cigarrillo humeando entre los dedos. No había dicho adiós. Solo había asentido, una vez, como quien acepta que algunas despedidas no necesitan palabras. Les había dado una mochila con víveres, un mapa marcado con una ruta, y un sobre marrón que contenía dinero suficiente para llegar lejos.

—No mires atrás —les había dicho—. La gente que mira atrás tropieza con el futuro.

Shiara no había entendido del todo la frase, pero la guardó igualmente, como se guarda una llave sin saber qué puerta abrirá.

La carretera se extendía ante ellos como una cinta gris que se perdía en el horizonte. A ambos lados, campos de cultivo yermos, postes de electricidad que parecían soldados en formación, y un cielo que pasaba del negro al azul lavado con la lentitud de quien no tiene prisa.

Leónidas conducía con las dos manos en el volante, los ojos fijos en el asfalto, pero su mente viajaba más lejos.

—¿Adónde vamos? —preguntó Shiara.

—Al sur. Varg dijo que hay un pueblo pequeño, cerca de la costa. Gente que no hace preguntas. Casas vacías que se alquilan por casi nada.

—¿Y después?

—Después... no lo sé. Y por primera vez, me parece bien no saberlo.

Shiara sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero real.

—Nunca te había oído decir eso.

—Nunca había tenido motivos para decirlo.

El coche pasó junto a un cartel descolorido que anunciaba la bienvenida a una ciudad que ya no importaba. Leónidas sintió cómo cada kilómetro que avanzaba era un ladrillo más en el muro que separaba su pasado de lo que estaba por venir.

Alessandro se movió en el asiento trasero. Abrió los ojos despacio, como quien emerge de un sueño profundo, y parpadeó varias veces antes de reconocer el techo del coche, el olor a gasolina, la voz de su madre.

—Mamá... —murmuró.

—Estoy aquí, mi vida. Estoy aquí.

—¿Dónde vamos?

—De viaje —respondió Shiara, acariciándole el pelo—. Vamos a ver el mar.

—¿El mar de verdad otra vez?

—Si... De verdad.

El niño se incorporó un poco, restregándose los ojos con los puños. Miró por la ventanilla y vio el paisaje que pasaba veloz, los árboles, las nubes, un tractor aparcado junto a un granero rojo.

—¿Y la señora mala? —preguntó.

Leónidas tensó los hombros. Shiara tardó un segundo en responder.

—La señora mala se fue —dijo—. Se fue muy lejos y no va a volver.

—¿Por qué se fue?

—Porque a veces la gente hace cosas malas, pero luego se da cuenta de que eso no las hace felices. Y entonces se van a buscar otra cosa. Algo que sí las haga felices.

Alessandro frunció el ceño, como si aquello fuera demasiado complicado para sus seis años.

—¿Como cuando yo tiro mis juguetes y luego los recojo porque sin ellos me aburro?

Shiara soltó una risa cortada por la emoción.

—Algo así, sí.

—Pues ojalá que encuentre un juguete muy grande —dijo Alessandro, y volvió a recostarse—. Para que no se aburra y no haga más cosas malas.

Leónidas lo miró por el espejo retrovisor. El niño ya tenía los ojos cerrados de nuevo, con esa facilidad que tienen los pequeños para volver al sueño como quien vuelve a casa. Y en ese gesto tan simple, tan frágil, Leónidas vio todo lo que Valentina no había podido romper.

Tres horas después, se detuvieron en una gasolinera. Un edificio blanco y descascarado, con un letrero de neón que parpadeaba con la "E" fundida. El dependiente, un hombre mayor con gafas de pasta y una chaqueta de cuadros, los miró por encima del periódico pero no dijo nada. Ese era el tipo de lugares que Varg recomendaba: donde la curiosidad era un lujo que nadie podía permitirse.

Leónidas llenó el depósito mientras Shiara compraba agua y galletas. Alessandro se había quedado en el coche, despierto otra vez, dibujando con el dedo sobre el vaho del cristal.

—Mira, mamá —dijo cuando ella volvió—. He hecho un pez.

—Es precioso.

—Los peces viven en el mar. ¿Podré ver uno de verdad?

—Claro que sí. Tal vez hasta podamos montar en un barco.

—¿Un barco grande?

—Todo lo grande que quieras.




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