Seis meses después
El sol de la Toscana caía sobre los viñedos como una bendición líquida, dorándolo todo con esa luz que los pintores del Renacimiento intentaron atrapar sin éxito. Las colinas se ondulaban hasta donde alcanzaba la vista, cubiertas de hileras de vides que parecían costuras verdes en un mantel infinito. En medio de ese paisaje de postal, una casa de piedra caliza con contraventanas azules y un tejado de tejas desgastadas por el tiempo guardaba sus propios secretos.
Leónidas estaba arrodillado entre las tomateras, con las manos enterradas hasta las muñecas en la tierra. Llevaba la camisa remangada hasta los codos, la piel tostada por semanas de trabajo al aire libre, y una expresión de concentración que solo se rompía cuando el viento traía el sonido de la risa de Alessandro desde algún lugar de la casa.
—¡Papá! ¡Papá, mira lo que encontré!
La palabra todavía le atravesaba el pecho cada vez que la oía. Papá. No había sido un acuerdo explícito, no hubo una conversación donde decidieran que empezaría a llamarlo así. Simplemente un día, desayunando, Alessandro había señalado su plato y había dicho "papá, no me gustan las aceitunas", y Leónidas había sentido cómo el suelo se movía bajo sus pies. No se había corregido. Nadie lo había corregido. Y desde entonces, la palabra se había instalado en la casa como una mascota más, a veces ruidosa, a veces silenciosa, pero siempre presente.
—¿Qué has encontrado? —gritó Leónidas, limpiándose las manos en los pantalones.
Alessandro apareció corriendo por el camino de grava, con las mejillas encendidas por la carrera y los ojos brillantes. En sus manos sostenía algo con la delicadeza de quien transporta un tesoro.
—Un erizo —dijo, mostrando la pequeña bola de púas que temblaba entre sus dedos—. Estaba detrás de las macetas. ¿Podemos quedarlo?
—Los erizos no son mascotas, Alessandro. Viven en el campo.
—Pero está solo.
—Los erizos son solitarios. Así son felices.
El niño frunció el ceño, aplicando toda su lógica de seis años al problema.
—¿Y cómo sabes que es feliz si no le preguntas?
Leónidas se incorporó, estirando la espalda. Desde la entrada de la casa, Shiara los observaba con una taza de café en la mano y una sonrisa que no intentaba ocultar. Llevaba el pelo más largo que en el puerto, recogido en una coleta desordenada, y su rostro había perdido esa tensión permanente que la había acompañado durante meses. La Toscana le sentaba bien. La Toscana les sentaba bien a todos.
—Porque —dijo Leónidas, agachándose para quedar a la altura de Alessandro— si no fuera feliz, se habría ido. Los erizos pueden caminar varios kilómetros en una noche. Si este está detrás de las macetas, es porque ahí encuentra comida y refugio. Eso significa que es feliz.
Alessandro miró al erizo, luego a Leónidas, luego al erizo otra vez.
—¿Tú también caminarías varios kilómetros si no fueras feliz?
La pregunta cayó como una piedra en un estanque. Shiara dejó de sonreír. Leónidas sintó cómo algo se movía en su interior, un recuerdo viejo, una herida que aún no terminaba de cicatrizar del todo.
—Antes —dijo, despacio— sí. Antes caminaba mucho. Pero ahora ya no.
—¿Por qué?
—Porque ahora soy feliz.
Alessandro asintió, satisfecho con la respuesta, y volvió a concentrarse en el erizo. Lo dejó en el suelo con la misma delicadeza con que lo había cogido, y observó cómo la pequeña criatura dudaba un segundo antes de desenroscarse y alejarse hacia los arbustos.
—Adiós, erizo feliz —dijo el niño, y luego salió corriendo hacia la casa—. ¡Mamá, quiero galletas!
Shiara lo atrapó al vuelo, lo alzó en brazos y le plantó un beso ruidoso en la mejilla.
—Las galletas se ganan —dijo—. Ayúdame a poner la mesa y hablamos.
—¡Vale!
Desaparecieron dentro de la casa, dejando la puerta abierta. El aroma del café se mezcló con el de la tierra mojada y las hierbas que crecían descontroladas junto a la pared. Leónidas se quedó un momento solo en el jardín, mirando el paisaje, sintiendo el sol en la cara.
Seis meses. Media vuelta al sol. Ciento ochenta días desde que salieron huyendo del puerto viejo, desde que dejaron atrás a Varg y sus advertencias, desde que Valentina desapareció en algún avión con destino desconocido.
No había vuelto a saber de ella. No había vuelto a saber de nadie.
Y esa era, quizá, la mejor noticia de todas.
La cocina olía a pan recién horneado y a albahaca. Shiara había aprendido a hacer masa madre con la vecina de al lado, una mujer llamada Gabriella que hablaba tan rápido que parecía que cantara. Alessandro estaba sentado en una silla demasiado alta para él, con la barbilla apoyada en la mesa, moviendo las piernas mientras esperaba sus galletas.
—Hoy viene el hombre de las aceitunas —dijo Shiara, sirviendo el té en tres tazas de cerámica que habían comprado en el mercado del pueblo—. Dijo que pasaría sobre las once.
—¿El que siempre se queja del precio? —preguntó Leónidas, entrando por la puerta trasera y cerrando los goznes que chirriaban desde que llegaron.