Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 37

El otoño llegó a la Toscana vestido de oro y vino. Los viñedos se incendiaron con tonos que iban del ámbar al granate, y el aire olía a uva madura y a leña quemada. Las mañanas eran frías, pero el sol del mediodía todavía calentaba lo suficiente para tomar café en el porche sin necesidad de chaqueta.

Leónidas había aprendido a reconocer los signos de la estación antes de que llegaran. Sabía cuándo los olivos necesitaban ser regados y cuándo había que dejarlos secar. Sabía que las hormigas anunciaban lluvia y que los pájaros que volaban bajo hacia el sur significaban que el frío se acercaba. Era un conocimiento antiguo, más viejo que él, que la tierra le transmitía directamente a las manos sin pasar por la cabeza.

Y ahora, por primera vez, se enfrentaba a la vendimia.

—No te agobies —le dijo Enzo una tarde, mientras revisaban las cubas en la bodega del pueblo—. La vendimia es como tener un hijo. Piensas que no vas a saber hacerlo, y luego resulta que tu cuerpo lo sabe. Solo tienes que no meter la pata.

—Eso es un poco contradictorio.

—Bienvenido a la agricultura.

Salvatore, el gigante silencioso de la granja de olivos, también había ofrecido su ayuda. Apareció una mañana en la puerta de la casa con un tractor prestado y una expresión que no admitía preguntas.

—Las vides —dijo, señalando la colina—. Hay que podarlas antes de la cosecha. Las he visto. Están desordenadas.

—Lo sé. Estaba esperando...

—No esperes. Las vides no esperan.

Y dicho esto, se puso a trabajar. Leónidas lo imitó en silencio, y durante horas no intercambiaron más que gruñidos de aprobación y algún que otro improperio cuando una rama se resistía.

Shiara los observaba desde la ventana de la cocina, donde preparaba una tortilla para el almuerzo. Alessandro estaba en la escuela, y el silencio de la casa se llenaba con el chasquido de las tijeras de podar y el rumor del viento entre los cipreses.

—Son buena gente —dijo Gabriella, la vecina, apareciendo en la puerta con una cesta de higos—. Los dos. Aunque Salvatore no habla, habla con las manos. Y Enzo habla demasiado, pero dice cosas que merece la pena escuchar.

—Lo sé —respondió Shiara—. Por eso estamos aquí.

Gabriella la miró con esos ojos pequeños y brillantes que lo veían todo.

—¿Y tú? ¿Cuándo vas a dejar de mirar por la ventana y empezar a bajar al pueblo? Te necesitan en la biblioteca. La bibliotecaria está enferma, y nadie sabe organizar los libros como tú.

Shiara se quedó sorprendida.

—¿Cómo sabes que sé organizar libros?

—Porque te he visto en casa. Tienes los estantes ordenados por colores, género y altura. Eso no lo hace cualquiera. Eso lo hace alguien que ama los libros y detesta el caos. La biblioteca está llena de caos. La bibliotecaria es maravillosa, pero tiene las novelas de amor mezcladas con los manuales de fontanería. Es un desastre.

Shiara soltó una risa.

—No puedo trabajar en una biblioteca. No tengo papeles... no tengo los documentos...

—¿Y quién va a pedir papeles en un pueblo de doscientas personas? La alcaldesa es mi prima. Si ella dice que trabajas, trabajas. El resto son trámites que se arreglan con tiempo.

—Gabriella...

—No me des las gracias todavía. Primero acepta, luego me das las gracias, y luego me invitas a cenar. Prefiero la lasaña. La tuya, no la de la tienda.

Shiara cerró los ojos un instante. Sentía cómo algo se abría en su pecho, una puerta que había estado cerrada durante años. Trabajar. En una biblioteca. En un pueblo donde nadie preguntaba de dónde venías.

—Acepto —dijo.

Gabriella sonrió con una amplia sonrisa desdentada.

—Pues ahora ve y diceselo a él —señaló hacia el jardín, donde Leónidas forcejeaba con una vid rebelde—. Y no aceptes un no por respuesta. Los hombres se asustan cuando las mujeres empiezan a tener vida propia. Pero se acostumbran.

—El no es de los que se asustan.

—Todos se asustan, querida. Los que no, están muertos.

Dicho esto, Gabriella dejó la cesta de higos sobre la mesa y se fue tan rápido como había llegado, con su falda larga rozando el suelo de grava y su risa flotando en el aire como una15 promesa.

Leónidas no se asustó. Al menos no exteriormente.

—¿Una biblioteca? —repitió, mientras limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano—. ¿En el pueblo?

—Sí. Gabriella dice que necesitan a alguien. Y yo sé hacerlo. He trabajado en bibliotecas antes, ¿recuerdas? En...

Se interrumpió. Casi dice "en casa de Valentina", pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Valentina tenía una biblioteca inmensa, una habitación entera llena de libros que nunca leía nadie, solo ella, y a veces Shiara, cuando la necesidad de evadirse era más fuerte que el miedo.

—Recuerdo —dijo Leónidas, suavemente—. Y creo que es una excelente idea.

—¿En serio?

—En serio. ¿Por qué no iba a serlo?




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