Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 38

Tres días enteros de cortar racimos, llenar cajas, transportarlas cuesta abajo con el riesgo constante de resbalar en el barro. Los vecinos del pueblo se volcaron: familias enteras aparecieron con sus propias tijeras y sus propios cestos, y el trabajo que debía durar una semana se hizo en tres días.

—Así es aquí —explicó Enzo, mientras descansaban bajo la sombra de un pino—. Cuando uno necesita ayuda, todos ayudan. Cuando todos necesitan ayuda, uno ayuda. Es un equilibrio. Como el de la tierra.

Alessandro y Marco se encargaron de recoger las uvas que caían al suelo, compitiendo para ver quién llenaba primero su cubo. Perdieron varios cubos por el camino, y al final del segundo día tenían más barro en la ropa que uvas en las manos, pero nadie les riñó.

—Que sean niños —dijo Salvatore, con su voz grave y pausada—. Que ensucien. Que se cansen. Que duerman bien. Eso es lo importante.

La noche del último día, cuando todas las uvas estaban ya en la bodega y las manos temblaban de cansancio, encendieron una hoguera en el jardín. Alguien trajo vino de la cosecha del año anterior. Alguien más trajo pan y queso y embutidos. Los niños corrieron alrededor del fuego hasta que se durmieron en una manta, abrazados como cachorros.

Shiara estaba sentada entre Gabriella y la alcaldesa, que resultó ser una mujer menuda con gafas de concha y un carácter de hierro forjado. Hablaban de la biblioteca, de los libros que faltaban, de los niños que necesitaban cuentos nuevos. Leónidas la observaba desde el otro lado de la hoguera, con una copa de vino en la mano y una sensación extraña en el pecho.

No solía sentir orgullo. El orgullo era una emoción peligrosa, pensaba, hermana mayor de la soberbia y prima del desastre. Pero aquella noche, viendo a Shiara reír con esas mujeres que apenas conocía, sintió algo que se parecía mucho al orgullo.

O al amor. O a la mezcla de ambos.

Enzo se sentó a su lado con un gemido de huesos cansados.

—Buena cosecha —dijo.

—Buena cosecha.

—El año que viene será mejor. La tierra ya os conoce. Ahora sois suyos.

Leónidas bebió un sorbo de vino.

—¿Duele? —preguntó Enzo de repente.

—¿El qué?

—Dejar de huir. Duele, ¿verdad? Como dejar una droga. Al principio necesitas la carrera, la adrenalina, el no saber qué pasará mañana. Luego te quedas quieto y el cuerpo te pide movimiento. Duele.

Leónidas lo miró. El anciano tenía los ojos fijos en el fuego, y su perfil se recortaba contra las llamas como un acantilado.

—Sí —dijo—. Duele. Pero es un dolor bueno. Como el de los músculos después de trabajar. Sabes que duele porque está creciendo.

—Así es. —Enzo asintió—. Así es. Y ahora dime: ¿sigues esperando que vuelva?

La pregunta cayó como un latigazo. El fuego crepitó. Alguien rió al otro lado. Alessandro se movió en su sueño y murmuró algo ininteligible.

—No —respondió Leónidas, después de un largo silencio—. Hace semanas que no pienso en ella.

—¿Y tu amigo? ¿El que llamó? ¿Varg?

—Tampoco. Corté el teléfono. Cambié el número. Si alguien quiere encontrarme, que me encuentre. Yo no voy a poner las cosas fáciles.

Enzo se volvió a mirarlo. Sus ojos brillaban con la luz del fuego.

—El mundo es pequeño, Leónidas. Más de lo que crees. Pero también es grande. También es grande. Y si tú decides que aquí está tu sitio, aquí te quedas. La gente que te busca te encontrará si quiere. Y si no, no. Así de simple.

—¿Eso es todo? ¿Así de simple?

—Es todo. Lo complicado lo inventamos nosotros. La tierra, el fuego, el vino... eso es simple. Siempre lo ha sido.

El anciano se levantó con esfuerzo, estiró la espalda y se acercó a la hoguera para echar otro tronco. Las chispas subieron al cielo como pequeñas estrellas fugaces.

—Mañana —dijo, sin mirarlo— empieza la molienda. Las uvas esperan. Y tú también. Todos esperamos algo, Leónidas. Hasta los que han dejado de huir. La diferencia es lo que esperamos.

La molienda duró dos días más. La bodega de Salvatore olía a levadura y a futuro, ese olor espeso y dulce que tienen las cosas que aún no son pero serán. Las uvas pasaron por la máquina despalilladora, luego por la prensa, y el mosto comenzó a burbujear en las cubas de acero inoxidable.

—Ahora toca esperar —dijo Salvatore, cerrando la tapa de la última cuba—. La paciencia. Lo más difícil para los que no saben esperar.

Leónidas se quedó mirando las cubas. Treinta días, cuarenta, tal vez más. El tiempo que el azúcar se convirtiera en alcohol, que el mosto se hiciera vino.

—¿Y si sale mal? —preguntó.

—No sale mal. Sale diferente. Cada cosecha es diferente. A veces mejor, a veces peor, pero nunca mala. Porque es tuya. Porque la has hecho tú. Porque has puesto las manos en la tierra y has esperado. Eso ya es bastante.

Salvatore le dio una palmada en el hombro. Fue un gesto torpe, como de oso intentando ser delicado, pero significó más que mil palabras.

—Ahora vete —dijo—. Descansa. Que tienes una familia esperándote. Eso también es cosecha. La más importante.




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