Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 39

El otoño se instaló en la Toscana como un viejo amigo que no necesita llamar antes de entrar. Los días se acortaron, las noches se alargaron, y los colores del paisaje cambiaron del verde intenso al amarillo ocre, al naranja quemado, al marrón profundo de la tierra cuando llueve.

Leónidas descubrió que le gustaba el ritmo lento de la vendimia terminada. No había más prisas. No había más racimos que cortar antes de que se pudrieran. Solo las cubas en la bodega de Salvatore, respirando como bestias dormidas, transformando el mosto en algo que aún no sabía cómo llamar.

—Los primeros días siempre son los más difíciles —dijo Gabriella una mañana, mientras tomaban café en la cocina. Afuera llovía, una lluvia fina y persistente que empañaba los cristales—. La espera. El no saber si saldrá bien. Luego te olvidas, y un día abres la cuba y ahí está: vino. Como por arte de magia.

—¿Y si quieres vigilarlo? —preguntó Shiara, que pelaba manzanas para una tarta—. ¿Meterte dentro de la cuba y ver qué pasa?

—Eso es justo lo que no hay que hacer. El vino se hace solo. Tú solo le pones las uvas y el tiempo. Luego le das forma, sí, pero la vida la pone él.

Gabriella apuró su café y miró a Leónidas con esos ojos grises que parecían ver siempre un poco más allá de lo evidente.

—Como las personas —añadió—. También nosotros necesitamos nuestro tiempo de cuba. Cerrados, a oscuras, burbujeando sin que nadie nos vea. Y luego salimos. Y somos vino.

Leónidas sostuvo su mirada. Quiso decir algo, pero las palabras se quedaron atascadas en algún punto entre la garganta y la boca. En lugar de eso, asintió. Gabriella asintió también, y el gesto fue suficiente.

Alessandro había empezado la escuela del pueblo. Iba cada mañana en la furgoneta que recogía a los niños de las casas dispersas, y volvía al mediodía con los bolsillos llenos de piedras speciales que nadie más consideraba speciales y la cabeza llena de historias que contaba sin parar mientras comía.

—Hay un niño que se llama Pietro —dijo una tarde, con la boca llena de pan—. Y tiene una rana en una pecera. Pero la rana no hace nada. Solo está ahí. ¿Las ranas no tienen que saltar?

—Las ranas saltan cuando quieren —respondió Shiara—. No cuando les da la gana a los niños.

—¿Y nosotros somos ranas?

Leónidas soltó una carcajada. Shiara lo miró con fingida indignación.

—Tu padre se ríe porque no sabe qué responder.

—No —dijo Leónidas, secándose una lágrima—. Me río porque es la mejor pregunta que he oído en años. Y no, Alessandro. No somos ranas. O quizá sí. Pero no de pecera. Somos ranas de campo. De esas que saltan donde quieren.

El niño pareció satisfecho con la respuesta, aunque probablemente la entendió a medias. Se levantó de la mesa y salió corriendo al jardín, donde la lluvia había formado charcos que pedían a gritos ser pisados con las botas de agua nuevas.

Shiara se quedó mirando a Leónidas. Él seguía sonriendo, una sonrisa que no forzaba, que salía sola, como las burbujas del mosto.

—Te estás convirtiendo en alguien distinto —dijo ella.

—O en el mismo —respondió él—. En el que debí ser siempre.

Ella se inclinó y lo besó. Sabor a café y a manzana. Sabor a futuro.

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Pasaron las semanas. Las hojas cayeron de los árboles. El limonero del jardín dio sus primeros frutos, pequeños y ácidos, pero prometedores. Enzo enseñó a Leónidas a podar las vides, un arte que parecía sencillo pero escondía una sabiduría milenaria.

—Córtale aquí —dijo el anciano, señalando una rama con el dedo arrugado—. Y aquí. Y este sarmiento, déjalo. Mira la dirección. Hacia el este, siempre hacia el este. Así recibe el sol de la mañana.

—¿Y si me equivoco?

—Te equivocarás. Es normal. Y la vid seguirá creciendo. Porque a ella no le importa tanto tu error como tu voluntad. Si vuelves el año que viene, lo harás mejor. Y al siguiente, mejor aún. Hasta que un día ya no necesitas preguntar. Tus manos lo saben antes que tu cabeza.

Leónidas cortó donde Enzo indicaba. Las tijeras eran pesadas, y al cabo de una hora le dolían los dedos. Pero era un dolor bueno. Como había dicho antes. El dolor de los músculos que crecen.

Shiara había encontrado trabajo en la pequeña biblioteca del pueblo. No era un trabajo de verdad, dijo ella la primera vez, con ese pudor que le salía cuando hablaba de dinero. Era solo unas horas, ayudar a la alcaldesa a organizar los libros viejos, leer cuentos a los niños los miércoles por la tarde. Pagaban poco, casi nada.

—Pero es algo —dijo Leónidas.

—Es algo —repitió ella.

Y los dos sabían que ese algo era mucho más que dinero. Era un lugar. Era un nombre en una lista. Era existir para los demás, no solo para sí mismos.

Una tarde de noviembre llegó una carta. No un sobre, no un mensaje de teléfono. Una carta de verdad, escrita a mano, con sello y todo. Estaba en el buzón cuando Leónidas volvió de podar, y la reconoció antes de abrirla.

La letra de Varg.

Se sentó en el escalón de la entrada, con la carta en las manos, y tardó diez minutos en abrirla. No porque dudara. Porque quería sentir el peso del papel, el olor a tinta, la presencia ausente de su amigo en cada pliegue.




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