Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 40

Un año y tres meses después

La primavera había explotado sobre la Toscana como un secreto mal guardado. Los campos de girasoles aún no habían nacido, pero las amapolas ya pintaban de rojo los márgenes de los caminos, y los almendros, locos de nieve rosa, parecían haber olvidado que el invierno existió alguna vez.

La casa de piedra caliza con contraventanas azules tenía las ventanas abiertas de par en par, y el aire entraba y salía como si respirara. Dentro, sobre la mesa de la cocina, un sobre de papel verjurado descansaba junto al cesto del pan. No tenía remite. Solo el nombre de Shiara escrito con una caligrafía que ella conocía bien, esa letra temblorosa y firme a la vez, como de quien ha aprendido a escribir con las manos sucias de tierra.

—¿Lo vas a abrir o te vas a quedar mirándolo toda la mañana? —preguntó Gabriella, que se había instalado en la silla de mimbre del porche con su labor de punto, como hacía cada jueves desde que Shiara comenzó a trabajar en la biblioteca.

—Todavía no —dijo Shiara, dando la vuelta al sobre entre sus dedos—. Él no está.

—¿Y necesitas que esté para leer lo que te escribe? ¿Ya no tenéis secretos? Eso es malo, eh. Una pareja sin secretos es como un vino sin cuerpo.

—Tenemos secretos. Pero este no es un secreto. Esto es… —buscó la palabra—. Una ceremonia.

Gabriella arqueó una ceja blanca.

—¿Una ceremonia? ¿Vais a casaros otra vez?

Shiara sonrió sin responder. Ya estaban casados. Se casaron en secreto hace tres meses, en el juzgado del pueblo, con Enzo y Gabriella como testigos y Alessandro dormido en el coche porque había insistido en venir y luego se había quedado frito antes de las firmas. No hubo vestido blanco ni arroz ni viaje de novios. Solo un sí susurrado y un beso que supo a promesa cumplida.

Pero Leónidas había dicho que eso no era suficiente. Que ella merecía algo más. Que él quería darle algo que pudiera guardar.

Y ahora ese sobre estaba sobre la mesa, esperando.

—Mamá, ¿puedo leerlo yo? —Alessandro apareció con los cordones de los zapatos desatados y una mancha de yogur en la camiseta, a pesar de que ya eran las once de la mañana.

—No, mi vida. Esto es para mí.

—¿Por qué todo lo bueno es para ti?

—Porque tú ya tienes los erizos.

—Los erizos no escriben cartas.

—Eso es porque no tienen manos.

Alessandro meditó la respuesta durante tres segundos, que para un niño de siete años es una eternidad.

—Tienen púas —concluyó—. Podrían escribir pinchando el papel.

—Dile eso a un erizo y me cuentas.

Shiara besó la frente de su hijo, lo giró hacia la puerta y le dio un suave empujón.

—Ve con Gabriella. Dile que te ate los cordones.

—¡Gabriella! —gritó el niño, saliendo disparado.

Shiara se quedó sola en la cocina. El sol entraba por la ventana y dibujaba cuadrados de luz sobre la mesa. El sobre, medio iluminado, parecía arder.

Lo abrió.

Dentro no había una carta. Había un papel doblado en tres partes, y dentro de ese papel, algo pequeño y redondo, envuelto en un trozo de tela azul. Lo dejó a un lado sin mirar y desplegó el papel.

La letra de Leónidas llenaba la hoja. Letra de hombre acostumbrado a las prisas, pero que aquella mañana se había tomado su tiempo.

Shiara:

Llevo despierto desde las cinco. No he podido dormir pensando en cómo escribir esto. No se me dan bien las palabras. Tú lo sabes. Tú siempre has sido la que sabe decir las cosas bonitas, la que encuentra la forma de que hasta lo más feo suene soportable.

Yo soy el que se calla. El que planta tomateras. El que mira el horizonte y no dice nada. Creo que por eso tardé tanto en decirte que te quería. No porque no lo sintiera. Sino porque no encontraba las palabras que no sonaran falsas.

Pero esta mañana he salido al jardín antes de que saliera el sol. Hacía frío, pero no ese frío que duele. El frío que limpia. Me he sentado debajo del limonero, el que plantamos el mes que llegamos, y he mirado las estrellas. Todavía quedaban algunas. Y he pensado en todas las noches que pasé sin dormir antes de conocerte. En todas las veces que quise morir y no morí, sin saber que estaba esperando algo.

Te estaba esperando a ti.

No es una frase hecha. No es de esas que se dicen porque quedan bien. Es la verdad más simple que he dicho nunca. Yo no sabía que te estaba esperando, pero estaba vacío, Shiara. Vacío de verdad. No vacío de gente o de cosas. Vacío de dentro. Como una casa sin muebles, pero también sin paredes. Cualquier viento podía derribarme.

Y luego llegaste tú.

No llegaste como los héroes de las películas, con música y luces. Llegaste hecha pedazos. Con un niño asustado cogido de la mano y una historia que no te atrevías a contar. Y yo te vi, y algo dentro de mí dijo "ahí está". No fue un pensamiento. Fue una certeza. Como cuando la tierra está seca y de repente llueve. No piensas "qué bien, está lloviendo". Solo sientes que algo que estaba mal empieza a estar bien.




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