El día amaneció frío y despejado, un cielo de un azul implacable que se reflejaba en el mar inmóvil frente a la residencia Ktasaros. No había ni una nube, como si la naturaleza misma se hubiera puesto del lado de la fachada perfecta. Pero dentro de la casa, la tormenta de la noche anterior aún reverberaba en cada esquina, en cada mirada esquiva del personal, en el silencio sepulcral que envolvía los aposentos de Shiara.
Vivienne y un pequeño ejército de asistentes la prepararon con una eficiencia fúnebre. El vestido, el de columnas de satén marfil con el detalle de encaje negro, colgaba de su cuerpo como una armadura elegante. No llevaba velo. Su cabello fue recogido en un moño tenso y severo, sujeto con unas horquillas de obsidiana que Luciano le había entregado esa mañana con un "De parte del señor Ktasaros". Joyas negras. Para el funeral.
Ninguna de las dos mujeres mencionó la caja negra, la foto, la carta. Pero la sombra de la revelación pesaba en el aire, más opresiva que cualquier perfume. Cuando estuvo lista, Shiara se contempló en el espejo de cuerpo entero. No veía a una novia. Veía a una reina de una corte envenenada, lista para ser coronada en una ceremonia de sangre y cenizas.
La ceremonia civil privada en el invernadero, con solo el juez, dos testigos de Leónidas (Luciano y el jefe de seguridad) y un notario, fue un trámite gélido. Shiara firmó donde le indicaron, su nombre junto al de Leónidas en el registro, uniendo para siempre dos apellidos manchados por el odio y la traición. Él iba de impecable esmoquin negro, su rostro una máscara de granito pulido. Sus ojos, cuando se posaron en ella, eran grises y planos como el acero de una tumba. No hubo sonrisas, ni lágrimas, ni beso para sellar el acto. Solo un apretón de manos del juez y un "Felicitaciones" que sonó obsceno en la quietud del invernadero.
Pero eso era solo el preludio. La verdadera actuación era por la tarde.
La finca de los Ktasaros en las afueras de la ciudad, una mansión de estilo italiano del siglo XIX, había sido transformada para recibir a quinientos de los invitados más poderosos e influyentes del país. Helicópteros privados surcaban el cielo, depositando a sus pasajeros en el helipuerto especialmente habilitado. Una alfombra roja (roja sangre, pensó Shiara) se extendía desde la entrada principal hasta los imponentes jardines donde se había levantado una carpa blanca del tamaño de una catedral.
Dentro, el espectáculo era deslumbrante. Flores blancas (lirios, orquídeas, rosas) crecían en estructuras imposibles, entretejidas con hilos de plata y cristales de Swarovski que capturaban la luz de miles de velas y candelabros. Una orquesta en vivo tocaba una suite clásica de aire solemne. El aire olía a flores caras, a perfume exclusivo y a poder puro.
Shiara hizo su entrada del brazo de su padre. Donato Rossi, vestido con un frac que le quedaba grande, parecía un espectro. Su mano temblaba ligeramente sobre la de ella. No se habían hablado desde su visita a la residencia. Al verla, con su vestido funerario y su expresión de estatua helada, una lágrima solitaria escapó por su mejilla.
—Lo siento, —murmuró, tan bajo que solo ella pudo oírlo. Ella no respondió. Solo apretó levemente su brazo, un gesto que no era de perdón, sino de reconocimiento de su mutua ruina.
Todos los ojos se clavaron en ella. Murmullos de admiración forzada, susurros cargados de morbo, miradas que escudriñaban en busca de grietas en la fachada. Shiara caminó con la cabeza alta, respirando el aire enrarecido, sintiendo el peso de cada diamante negro en su cuello, en sus muñecas, en sus orejas. Eran como grillos de lujo.
Al final del pasillo floral, bajo un dosel de rosas blancas y hiedra negra, estaba Leónidas. De pie, inmóvil, esperando. Su mirada la encontró a diez metros de distancia y no se separó. No había calor en ella. No había triunfo. Había una intensidad tan absoluta, tan concentrada, que era más aterradora que cualquier emoción reconocible. Era la mirada de un hombre que veía el instrumento final de una venganza largamente planeada, ahora complejizada por una verdad más profunda y amarga.
La ceremonia religiosa (una concesión a las apariencias, ninguno de los dos era particularmente devoto) fue un mar de palabras vacías.
—Para bien o para mal… hasta que la muerte los separe… —El sacerdote, bien pagado, pronunció las frases con una solemnidad que no podía ocultar la falsedad de fondo. Cuando llegó el momento de los votos, Leónidas tomó sus manos. Sus palmas estaban secas y calientes, su agarre, firme.
—Yo, Leónidas Ktasaros, —dijo, su voz clara y proyectada para que todos oyeran, —te tomo a ti, Shiara Rossi, como mi esposa. Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, para amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Las palabras eran tradicionales, pero al salir de sus labios, sonaron a juramento de sangre. Respetarte. Esa palabra resonó en los oídos de Shiara. No era amor. Era respeto. El respeto de un guerrero por un adversario digno. Era, quizás, lo más honesto que podía ofrecer.
Luego fue su turno. Ella miró a sus ojos grises, buscando un rastro del hombre de la biblioteca, de la tregua salvaje. Solo encontró al arquitecto de su prisión. Respiró hondo.
—Yo, Shiara Rossi, dijo, su voz sorprendentemente firme, —te tomo a ti, Leónidas Ktasaros, como mi esposo. Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad… —Hizo una pausa imperceptible, y en sus ojos brilló un desafío que solo él pudo ver. —...para desafiarte y recordarte todos los días de mi vida.