Matrimonio por Venganza

Capítulo 20

Leónidas se inclinó. Su rostro se acercó al de ella. El aliento de Shiara se cortó. Esto no era parte del guión de la biblioteca. Esto era público. Esto era para el mundo. Sus labios se encontraron. No fue un beso de pasión, ni de ternura. Fue un sello. Un sello de posesión, de victoria, de una deuda consumada. Fue breve, seco, y electrizante en su intensidad contenida. Cuando se separó, Shiara sintió que el sabor de él, mezclado con la mentira pública, le quemaba los labios.

La explosión de aplausos fue ensordecedora. Flashazos de cámaras iluminaron la carpa como relámpagos. Sonrisas forzadas por todas partes. La pareja se dio la vuelta, enfrentando al mar de rostros. Y fue entonces cuando Shiara la vio.

Entre la multitud, cerca del pasillo, de pie y sin aplaudir, con un vestido de seda rojo sangre que desentonaba brutalmente con la paleta blanca y plateada, estaba Valentina Sterling. No sonreía. Observaba con una intensidad glacial, sus ojos azules fijos en Leónidas con una mezcla de odio antiguo y… ¿triunfo? ¿Había sido ella? ¿La que envió la caja? Su mirada se desvió hacia Shiara, y una sonrisa lenta, cruel y satisfecha se dibujó en sus labios pintados de rojo. Lo sabes, parecían decir esos labios. Y ahora él también. Y míralos. Atrapados en su propia obra de teatro.

Leónidas siguió la mirada de Shiara. Sus ojos se encontraron con los de Valentina. No hubo sorpresa en su rostro. Solo un frío reconocimiento, y una promesa silenciosa de represalias que hizo que la sonrisa de Valentina se congelara por un instante.

La recepción fue un interminable desfile de felicitaciones huecas. Banqueros que le estrechaban la mano a Leónidas mientras calculaban cómo sacar provecho de la alianza. Damas de la alta sociedad que besaban la mejilla de Shiara murmurando qué valiente o qué vestido más original, mientras sus ojos parloteaban sobre el escándalo, la ruina, la venta. Shiara sonreía, asentía, agradecía, mientras por dentro sentía cómo se le helaba el alma.

En un momento de relativa calma, junto a la pista de baile donde una orquesta jazz tocaba algo suave, Shiara y Leónidas se encontraron momentáneamente a solas, una isla en medio del bullicio.

—Ella está aquí, —dijo Shiara en voz baja, sin mirarlo.

—Lo sé, —respondió él, tomando dos copas de champán de la bandera de un camarero y ofreciéndole una. —Esperaba que lo estuviera.

—¿Por qué?

—Para estar seguros, —dijo él, dando un sorbo. —Para saber que la tenemos a la vista. Las serpientes son más peligrosas cuando se esconden en la hierba.

—¿Fue ella? ¿La caja?

—Sin duda. Solo ella tenía acceso a ciertos… recuerdos de mi padre. Y el rencor necesario. —Su mirada recorrió la sala, localizando a Valentina, que conversaba animadamente con un grupo de hombres mayores. —Pero cometió un error.

—¿Cuál?

—Pensó que la verdad me alejaría de ti. Que me haría retroceder. —Por fin, la miró. Su expresión seguía siendo impasible, pero en sus ojos, muy en el fondo, había un destello de aquella intensidad brutal de la biblioteca. —En su lugar, me ha atado a ti con una cadena aún más fuerte. Ya no eres solo el pago de una deuda comercial. Eres la compensación por un corazón roto. Eres mi responsabilidad absoluta. Mi cruz. Y mi… única posesión verdadera en este circo de mentiras.

Las palabras eran oscuras, posesivas, enfermizas. Pero Shiara, contra toda lógica, sintió un extraño alivio. En la distorsión moral de Leónidas, esa responsabilidad absoluta era una forma de compromiso. Un compromiso retorcido, nacido del odio y la venganza, pero un compromiso al fin y al cabo. Era algo sólido a lo que aferrarse en el mar de falsedades que los rodeaba.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella.

—Ahora, —dijo él, dejando su copa en una mesa cercana, —bailemos. Es lo que se espera. Y esta noche… —Su voz bajó a un susurro que le erizó la piel. —...consumaremos algo más que un acuerdo. Consumaremos la deuda. En mi cama. Donde perteneces.

No era una invitación. Era una orden. Una parte de su pago.

Shiara asintió, sin poder hablar. Él la tomó de la mano y la guió a la pista. El vals que comenzó era lento, solemne. Sus cuerpos se acercaron, esta vez sin la excusa de un beso nupcial. La mano de él en su espalda era firme, posesiva. El de ella, sobre su hombro, temblaba ligeramente.

—¿Tienes miedo? —murmuró él contra su pelo.

—Sí, —admitió ella, con una honestidad que los sorprendió a ambos.

—Bien, —dijo él, y su voz tenía un deje de algo que podía ser… satisfacción. —El miedo es respeto a la realidad. Y nuestra realidad, a partir de esta noche, será esto. Tú y yo. Encerrados en esta danza. Para siempre.

Giraron sobre la pista, el vestido blanco y negro de ella ondeando, el esmoquin negro de él fundiéndose con la penumbra de los bordes de la carpa. Quinientos pares de ojos los observaban, viendo la pareja poderosa, la fusión de imperios, el cuento de hadas moderno.

Solo ellos sabían la verdad. Solo ellos sentían el peso de los grilletes que acababan de forjarse, más fuertes que cualquier anillo de boda. No eran marido y mujer. Eran carcelero y prisionera. Deudor y acreedor. Víctima y verdugo. Y, en la más extraña y peligrosa de las paradojas, los únicos aliados reales en un mundo de enemigos.

La música ascendió hacia su finale. Leónidas la detuvo, su cuerpo aún cerca del suyo.




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