Matrimonio por Venganza

Capítulo 21

La luz del amanecer se filtró a través de las pesadas cortinas de terciopelo de la suite nupcial, trazando líneas doradas sobre el desastre de sábanas arrugadas y pétalos de rosa marchitos. Shiara no había dormido. Permaneció despierta toda la noche, envuelta en el kimono negro, observando cómo las sombras danzaban en el techo y cómo el fuego de las velas se consumía hasta convertirse en charcos de cera solidificada. El eco físico de Leónidas aún habitaba su cuerpo, una sensación extraña de invasión y, para su vergüenza, de un conocimiento íntimo que no podía borrar.

A las nueve en punto, tal como había anunciado, un suave golpe en la puerta precedió la entrada de una doncella, una mujer joven de rostro serio, que empujaba un carrito con desayuno. No hizo contacto visual, colocó el carrito en la terraza privada anexa a la suite y se retiró con una reverencia.

Shiara salió a la terraza. La mañana era fresca, el aire olía a sal y a flores de los jardines de abajo. La mesa para dos estaba puesta con porcelana fina, cubiertos de plata y un despliegue de frutas, bollería, y una cafetera de plata. Solo había una silla.

Ella se sirvió café, negro y fuerte, y observó la finca desde las alturas. La carpa blanca de la boda, desinflada ahora y siendo desmontada por un ejército de trabajadores, parecía el cadáver de un animal fantástico. El mundo seguía girando. Su vida, sin embargo, se había detenido en un punto de no retorno.

La puerta de la habitación contigua se abrió. Leónidas salió a la terraza. Estaba impecablemente vestido con pantalones de lino claro y una camisa blanca abierta en el cuello, el pelo húmedo por la ducha. Parecía descansado, en control, como si la noche anterior hubiera sido una simple reunión de negocios más. Su mirada pasó por encima de ella, evaluando el desayuno intacto en el otro lado de la mesa.

—No tengas hambre —comentó, sirviéndose café.

—No tengo ganas de teatro doméstico —replicó ella, sin mirarlo.

—No es teatro. Es rutina. Y la rutina será importante. —Se sentó en la silla que había sido colocada para él, aunque no estaba puesta. Tomó un sorbo de café—. A las once, el helicóptero. He dado instrucciones para que tus pertenencias sean trasladadas de la suite del hotel a la residencia. Tu estudio, junto al mío, está listo.

—¿Mi estudio? —Shiara lo miró por fin.

—Necesitarás un espacio para trabajar en tu fundación. Y para… otras cosas. —Su tono era práctico—. Vivienne te presentará tu nueva agenda esta tarde. Hay compromisos esta semana. Una cena con el embajador de Francia el jueves. Una subasta benéfica el viernes donde serás la anfitriona.

—No soy una marioneta para tu agenda social.

—Eres la Sra. Ktasaros —dijo él, poniendo la taza sobre el platillo con un clic preciso—. Y como tal, tienes responsabilidades. Parte de tu… contribución a esta alianza es proyectar la imagen correcta. Fuerza. Unidad. Elegancia. No miseria conyugal.

—¿Y qué hago con la miseria conyugal real? —preguntó Shiara, su voz cargada de sarcasmo—. ¿La guardo en un cajón hasta la próxima función?

Leónidas la miró, y por primera vez esa mañana, algo de la intensidad de la noche anterior reapareció en sus ojos.

—La miseria conyugal —dijo, lentamente— es un lujo que no podemos permitirnos en público. En privado… puedes repartirla como quieras. Conmigo. Es parte de nuestro… intercambio.

—¿Intercambio? ¿Crees que esto es un intercambio? —Ella se levantó, el kimono ondeando—. Tú tomas. Yo doy. Esa no es la definición de intercambio.

—Tú das tu presencia, tu obediencia pública, tu… participación física —enumeró él, sin alterarse—. Yo doy seguridad financiera, protección, una plataforma para tu trabajo filantrópico, y… —hizo una pausa— …un oponente digno. Alguien contra quien definirte. Alguien que nunca te subestimaré. Eso tiene valor.

Shiara soltó una risa amarga. —¿Así que ahora eres mi benefactor? ¿Mi entrenador personal en la guerra de la vida?

—Soy tu realidad —replicó él, también poniéndose de pie. La mesa los separaba, pero la tensión los unía—. Y la realidad es que estamos atados, Shiara. Por papeles, por deudas, por historia, y ahora, por lo que pasó anoche. Puedes lamentarlo, puedes odiarme por ello, pero no puedes ignorarlo. Así que deja de forcejear contra las cadenas y aprende a moverte con ellas. Es el primer paso para ser libre dentro de tu prisión.

—¿Libre? ¿Aquí?

—La única libertad que importa es la de la mente —dijo él, y sonó tan sincero que a Shiara le sorprendió—. Y tu mente es tuya. Por mucho que anoche intentara reclamar también eso… es tu fortaleza. Úsala. Usa esta posición, este nombre, este… acceso que tienes a mí y a mi mundo, para hacer lo que quieras. Pero hazlo inteligentemente. No como una niña que patalea.




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