Shiara lo estudió. Hablaba como un general aconsejando a un soldado rebelde pero valioso. No había cariño, pero había un reconocimiento tácito de su poder, de su potencial como adversario… o como aliado en esta distorsión.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué obtienes de este… intercambio, aparte de la satisfacción de cobrar una deuda?
Leónidas guardó silencio por un momento, su mirada perdida en los jardines.
—Obtengo un propósito más allá de la venganza —dijo al fin, su voz más baja—. Obtengo un desafío constante. Alguien que me obliga a estar alerta. A no dormirme en los laureles del odio. Y obtengo… —Volvió a mirarla, y su expresión era inescrutable— …la certeza de que no estoy solo en este infierno que construí. Que hay alguien más aquí, quemándose conmigo.
Era una confesión tan oscura, tan cargada de una soledad compartida, que le quitó el aire a Shiara. No era amor. Era algo más profundo, más primitivo. Era compañerismo en la condena.
El zumbido lejano de un helicóptero se acercó, rompiendo el momento.
—Es nuestro transporte —dijo Leónidas, recuperando su máscara de control—. Ve a vestirte. Algo apropiado para viajar. Luciano traerá tu equipaje.
Shiara dio media vuelta para entrar, pero su voz la detuvo.
—Shiara.
Ella se volvió.
—Anoche… —comenzó él, y pareció luchar con las palabras—. Fue una transacción. Pero no fue… desagradable.
No fue un cumplido. Era una evaluación fría. Y sin embargo, en el contexto de su mundo, era casi una admisión de vulnerabilidad.
—Para ti, quizás no —replicó ella, con frialdad—. Para mí fue una violación ritualizada.
Él asintió, aceptando la verdad de sus palabras sin intentar negarla.
—Tal vez la próxima vez sea diferente —dijo, y no sonó como una promesa, sino como una posibilidad. Una posibilidad peligrosa.
Shiara entró en la suite sin responder, cerrando la puerta de la terraza tras de sí. Se apoyó contra la madera, el corazón latiéndole con fuerza. La próxima vez. Las palabras resonaban. Había una "próxima vez" implícita. Su matrimonio no sería un acto de una noche. Sería una sucesión de noches, de días, de intercambios, de batallas.
Se vistió con un conjunto de viaje sencillo y elegante que había sido colgado en el armario: pantalones de seda color crema, una blusa de seda color champán y una chaqueta ligera. Se miró en el espejo. Ya no veía a Shiara Rossi. Vio a una extraña con ojos decididos en un rostro pálido. Vio a la Sra. Ktasaros.
En el helipuerto privado de la finca, el helicóptero negro aguardaba, sus palas girando lentamente. Luciano estaba junto a la puerta abierta. Leónidas ya estaba dentro, hablando por teléfono, absorto.
Shiara subió, sintiendo el viento de las palas agitando su cabello. Se sentó en el asiento opuesto al de él, mirando por la ventana mientras la máquina se elevaba con un rugido. La finca se encogió, la carpa desinflada se convirtió en un pañuelo blanco, y luego todo se fundió en un mosaico de verdes y azules.
Leónidas colgó el teléfono y la miró.
—¿Lista para volver a casa? —preguntó.
Shiara miró la ciudad que se extendía a lo lejos, el océano infinito, y luego a él, su carcelero, su esposo, su único punto de referencia en este nuevo mundo.
—No es mi hogar —dijo.
—Lo será —respondió él, con una certeza absoluta—. Porque es donde estoy yo. Y a partir de ahora, dondequiera que vayas, yo iré contigo. O tú conmigo. Esa es la condena. Y la… oportunidad.
El helicóptero viró hacia el acantilado donde la residencia de acero y cristal esperaba, imponente e inexpugnable. La jaula dorada. El campo de batalla.
Shiara respiró hondo. La guerra doméstica acababa de declararse oficialmente. Y ella, armada con su odio, su inteligencia y el extraño y retorcido respeto de su enemigo, estaba lista para luchar.
Por su alma. Por su libertad. Y tal vez, solo tal vez, por descubrir qué monstruo o qué hombre se escondía realmente tras los ojos grises de Leónidas Ktasaros.