Matrimonio por Venganza

Capítulo 23

La tregua tensa y cargada que siguió al encuentro con Valentina duró exactamente una semana. Una semana en la que la residencia Ktasaros funcionó con la eficiencia de un reloj suizo, pero cuyo tictac era ahora un murmullo de algo más que obligación. Las cenas ya no eran sólo escaramuzas; a veces eran debates acalorados sobre economía, sobre filosofía, sobre los proyectos de Shiara, en los que Leónidas participaba con una agudeza mordaz y una atención genuina que la desconcertaba. Las noches… las noches habían adquirido una cualidad diferente. Aún había una guerra de voluntades, pero el campo de batalla se había expandido para incluir exploraciones de una intimidad que iba más allá de la mera posesión. Era como si, al reconocerse mutuamente como adversarios dignos y cómplices forzados, hubieran accedido a una capa más profunda, más peligrosa, del conflicto que los unía.

Fue en medio de esta nueva y frágil normalidad cuando el pasado llamó a la puerta, no con una carta anónima, sino con un rostro familiar y destrozado.

Una tarde de lluvia, Shiara trabajaba en su estudio revisando los planos de una nueva guardería en un barrio marginal, cuando Irina apareció en la puerta. Su semblante, normalmente inexpresivo, mostraba una rara incomodidad.

—Señora, hay un… visitante. En la entrada de servicio. Insiste en verla. Dice que es su padre.

Shiara dejó caer el lápiz. Donato. No había vuelto a verlo desde la boda, desde su patética súplica en el salón amarillo. Había rechazado sus llamadas, había devuelto sus cartas sin abrir. La rabia y la decepción seguían siendo demasiado frescas, demasiado afiladas.

—Dile que no estoy —dijo, volviendo su atención a los planos, aunque las líneas ya se habían vuelto borrosas.

—Lo intenté, señora. Pero él… no está bien. —Irina parecía elegir sus palabras con cuidado—. Está empapado. Tembloroso. El guardia de la puerta de servicio dice que parece enfermo. O… desesperado.

Una punzada de algo que no quería reconocer como preocupación atravesó a Shiara. Donato Rossi, el titán, el hombre que nunca mostraba debilidad, empapado y tembloroso en una puerta de servicio.

—¿Dónde está Leónidas? —preguntó, su instinto alertándole de una trampa potencial.

—El señor Ktasaros está en una videoconferencia transatlántica en su estudio. Ha dado órdenes de no ser molestado.

Shiara respiró hondo. Esta era su decisión. Su padre. Su problema.

—Tráelo al salón de recepción este. Que entre por la puerta principal, Irina. No por la de servicio. —Era un gesto pequeño, pero significativo. No permitiría que la humillaran aún más, al menos no en eso.

El salón de recepción este era una estancia más íntima, con vistas a un jardín interior de rocas y musgo. Donato, conducido por Irina, parecía un espectro de su antiguo yo. Su traje, antes impecable, estaba arrugado y manchado por la lluvia. Su rostro estaba pálido y demarcado, con ojeras profundas. Al ver a Shiara, de pie junto a la chimenea fría, sus ojos se humedecieron.

—Shiara —murmuró, su voz ronca—. Gracias por recibirme.

—No tengo mucho tiempo, padre —dijo ella, manteniendo la distancia—. ¿Qué quieres?

Donato se derrumbó en un sillón, como si sus piernas ya no pudieran sostenerlo. Se frotó la cara con las manos, un gesto de agotamiento absoluto.

—Estoy acabado, hija. Realmente acabado esta vez.

—Ya estabas acabado cuando me vendiste —replicó ella, sin piedad, aunque un nudo se le formó en la garganta al verlo así.

—¡No fue una venta! —protestó él, pero la fuerza le faltó de inmediato—. Fue… fue la única salida. Pero ahora… ahora ha cerrado todas las demás. —Alzó la mirada hacia ella, y en sus ojos había un miedo auténtico, primitivo—. Ktasaros no se ha conformado con la empresa, con… contigo. Ha ido a por el resto. Las propiedades que quedaban a nombre de tu madre. La pequeña cartera de inversiones que guardaba como colchón. Incluso… incluso el apartamento de Elena.

Shiara frunció el ceño. —¿El apartamento de Elena? ¿Qué tiene que ver eso contigo?

Una sombra de culpa, más profunda que cualquier otra que hubiera visto en él, cruzó el rostro de Donato.

—Era… era un activo escondido. De los viejos tiempos. A nombre de un testaferro. Lo usaba para… para ciertas transacciones. Ktasaros lo ha encontrado. Lo ha vinculado a mí. Y lo ha embargado. Dice que es parte de la "deuda pendiente". —Su voz se quebró—. Shiara, no me queda nada. Nada. Y no es solo el dinero. Es… la humillación. Ha soltado rumores, documentos anónimos a la prensa financiera… me está despedazando públicamente. Ya nadie me devuelve las llamadas. Los bancos me persiguen. Es una cacería. Y no va a parar.

Shiara escuchaba, un frío helado extendiéndose por su interior. Esto iba más allá de la venganza pactada. Esto era aniquilación. Y usaba el nombre de Elena, la mujer de la carta, como arma. ¿Era esto lo que Leónidas había insinuado cuando habló de "encargarse" de Valentina? ¿Extendiendo su ira hacia todo lo que oliera a Rossi, hacia todos los secretos del pasado?

—¿Y qué quieres que haga yo? —preguntó, su voz fría—. ¿Que le ruegue por ti? ¿Después de lo que hiciste?

—¡No! —Donato se levantó, tambaleándose—. ¡Quiero que huyas conmigo! ¡Ahora, mientras aún podamos! Tengo… tengo un poco de efectivo escondido. Podemos irnos a algún sitio lejano, donde él no nos encuentre. Empezar de nuevo. Tú y yo. Como antes.




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