Matrimonio por Venganza

Capítulo 24

La puerta del salón se abrió de golpe.

Leónidas estaba en el umbral. No llevaba chaqueta, las mangas de la camisa blanca remangadas, el pelo ligeramente despeinado como si se lo hubiera pasado la mano en medio de la frustración. Sus ojos grises, al tomar la escena—Donato, desencajado y gritando, Shiara, pálida y tensa— se enfriaron hasta el punto de congelación.

—Parece que la reunión familiar ha comenzado sin mí —dijo, su voz serena como la calma antes de un tornado—. Donato. No recuerdo haber extendido una invitación.

Donato se volvió hacia él, y todo su miedo se transformó en un odio puro y viejo.

—¡Tú! ¡Maldito buitre! ¿No es suficiente? ¿Tienes que arrancar hasta la última migaja?

—Las migajas —replicó Leónidas, entrando en la habitación y cerrando la puerta tras de sí con un clic suave— son lo que sobra después del banquete. Y yo, Donato, sólo estoy recogiendo lo que se derramó del tuyo. Un banquete que pagaste con el honor y la vida de mi padre, y con la felicidad de Elena.

Al oír el nombre, Donato palideció aún más. —Eso… eso es asunto entre tu padre y yo.

—¡Ya no! —tronó Leónidas, y por primera vez, Shiara vio la furia desnuda, la que normalmente mantenía bajo una capa de hielo, estallando a la superficie—. ¡Cuando usaste a Elena como moneda de cambio, cuando la envenenaste contra mi padre y la dejaste morir de un corazón roto, hiciste que ese asunto fuera mío! ¡Y ahora, cada respiro que das, cada techo bajo el que duermes, cada recuerdo que tienes, es mío para reclamar o para destruir! ¡Has venido a mi casa a pedirle a mi esposa que huya contigo? ¿Te has vuelto loco, o es que la desesperación te ha robado hasta el último ápice de sentido común?

Shiara se interpuso entre ellos, sintiendo la electricidad mortal que cruzaba la habitación.

—¡Basta! —gritó, su voz cortando el aire—. ¡Los dos! ¡Basta ya!

Ambos hombres la miraron, sorprendidos por el estallido.

—Padre —dijo ella, dirigiéndose a Donato—, no voy a huir contigo. Tu guerra con él es tuya. Yo tengo la mía propia. Y esta es mi casa ahora. Lo quieras o no.

Donato la miró como si no la reconociera. —¿Tu casa? ¿Después de lo que te ha hecho? ¿Después de lo que te está haciendo a mí?

—¡Lo que me hiciste tú primero! —le espetó Shiara, la rabia acumulada por fin encontrando una salida clara—. ¡Tú me pusiste en este camino! ¡Tú firmaste el contrato! ¡Tú me entregaste! Así que no vengas ahora, roto y derrotado, a ofrecerme una huida cobarde. ¡Yo no huyo! ¡Me quedo y lucho! ¡Con él, contra él, a través de él! ¡Pero me quedo!

El silencio que siguió fue absoluto. Donato parecía haberse encogido físicamente, reducido a la sombra del hombre que era. Leónidas la observaba a ella, y en sus ojos había un torbellino de emociones: asombro, una feroz satisfacción, y algo que parecía… orgullo.

—Ya lo has oído, Donato —dijo Leónidas, su voz recuperando su peligrosa calma—. Tu hija ha elegido su campo de batalla. Y no eres bienvenido en él. Luciano lo acompañará a la salida. —Hizo una pausa, y su siguiente frase fue un cuchillo de hielo—. Y por cierto, ese "efectivo escondido" del que hablabas. La cuenta en las Islas Caimán. Ya está congelada. Considera que es la última cuota. Por ahora.

Donato emitió un sonido entre un gemido y un gruñido. Miró a Shiara una última vez, con una mezcla de dolor, decepción y una comprensión tardía de que la había perdido para siempre. Luego, con los hombros hundidos, se dejó guiar por Luciano, que había aparecido silenciosamente en la puerta.

Cuando se fueron, el silencio en el salón era denso, cargado de las ruinas de un padre y de la nueva lealtad retorcida de una hija.

Leónidas se acercó a Shiara. Ella no retrocedió.

—¿El apartamento de Elena? —preguntó, su voz baja—. ¿Era parte de tu venganza? ¿O sólo un descubrimiento casual?

—Fue parte de la red —admitió él, sin disculparse—. Una red que él tejío para esconder sus robos. Sí, lo usé. Para mostrarle que no hay rincón, ni secreto, ni santuario al que pueda escapar. Para que lo supiera tú también.

—¿Para que supiera que no puedo confiar en él? —preguntó Shiara, sintiendo una fatiga repentina—. Ya lo sabía.

—No. Para que supieras que puedes confiar en mí para ser implacable —corrigió él—. Para que no albergaras ninguna ilusión sobre la naturaleza de nuestro acuerdo, o sobre la mía. Soy tu enemigo, Shiara. Y un enemigo honesto es el único aliado en el que puedes confiar ciegamente.

Era la verdad más pura que le había dicho. Y en ese momento, rodeada por los escombros humeantes de su lealtad filial, Shiara lo comprendió. Él era su roca. Una roca afilada y peligrosa en la que podía cortarse, pero en la que también podía apoyarse. Era su constante. Su guerra perpetua. Su verdad.

—No lo mates —dijo ella, mirándole a los ojos.

—¿A tu padre? —preguntó Leónidas, sorprendido.

—No físicamente. Déjalo vivir. En la miseria que se ha ganado. Pero vivo. Para que pueda ver. Para que pueda recordar. —Hizo una pausa—. Es un castigo peor.

Leónidas la estudió, y una lenta sonrisa, no de triunfo, sino de reconocimiento profundo, se dibujó en sus labios.




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